






















En un rodaje con escenas íntimas nada se deja al azar. Se pacta qué se toca, cómo se toca, cuánto dura y qué ocurre después. Existe una figura, la coordinadora de intimidad, que garantiza consentimiento, límites claros y cuidado emocional. En casa, en cambio, damos por hecho que el amor sustituye al acuerdo y que la confianza reemplaza a la negociación, pero quizá necesitemos algo más.
Pero si una coordinadora de intimidad entrara en la habitación de una pareja que se quiere y no se considera problemática, ¿qué detectaría? Y ¿si entrase en la tuya?
Erika Lust es una cineasta, creadora y directora creativa de ERIKALUST, que lleva años trabajando con coordinación de intimidad en sus producciones. No como reacción a un escándalo, sino como principio y siendo coherente con las necesidades que sus producciones requieren; y que, por desgracia, han sido obviadas a lo largo de la historia del cine. "No creo que necesitemos a una coordinadora de intimidad en nuestra cama... pero sí algo que ella representa: conciencia", señala Lust.
Porque, aunque no lo sepamos, nuestra intimidad ya está coreografiada. "Aprendimos a desear viendo, repitiendo, imitando, y hay gestos, ritmos, incluso silencios que heredamos sin cuestionarlos", explica la cineasta. "Una figura como la coordinadora no vendría a decirnos qué hacer, sino a preguntarnos si eso que hacemos nos excita de verdad o si responde a una expectativa", añade la directora de cine para adultos.
Garantizar los derechos sexuales, la salud mental y sexual, y marcar los límites de cualquier sistema social es esencial y obligatorio, tanto el cine como en la calle o los hogares. En el medio audiovisual, por la exposición e invasión de la intimidad de los actores, vemos coherente esa intervención. Pues la desnudez, el contacto físico o las prácticas sexuales pueden mostrar deseo o excitación; pero también esconder abuso si no se contempla ni garantiza esa intervención. Pero en el ámbito privado, ¿quién nos coordina?
Históricamente, los cuerpos de las actrices fueron los que sufrieron mayor invasión y abuso durante los rodajes; hay historias conocidas verdaderamente dramáticas. Para proteger los derechos personales y sexuales del equipo actoral, se puede indicar que, en determinadas escenas, gran parte del equipo técnico salga del plató. ¡Nada de mirones!
Durante años, en los rodajes, esta figura no existía. Y eso dejó una huella. "Cuando no hay coordinación, los límites se vuelven difusos y el consentimiento se da por hecho en lugar de hablarse", apunta la directora. "Muchas personas pueden sentirse presionadas a hacer cosas que no habían elegido realmente".
Fuera de cámara ocurre algo parecido; esperamos que el otro intuya, que adivine, que entienda sin que tengamos que decirlo. La "lectura de mente" es una práctica muy habitual en las relaciones de pareja, que genera mucho malestar y confusión.
El deseo no funciona así. "El consentimiento no es estático; se construye, cambia, se negocia y se habla. Y cuando esas conversaciones se vuelven visibles, todo se transforma", concluye Lust.
Para Anarella Martínez-Madrid, coordinadora de intimidad en ERIKALUST, la clave no está en "corregir", sino en abrir espacio. "La mayoría de las parejas no tienen conflictos porque lo hagan mal, sino porque no han aprendido a comunicar deseo, límites o incomodidades con claridad", explica la coordinadora.
Ahí aparece un problema estructural, que no es otro que la falta de educación sexoafectiva. "Nos hemos educado con referencias fragmentadas, pornografía, cultura pop, experiencias, pero sin herramientas para gestionar emociones o negociar consentimiento", añade.
¿La aportación real de esta figura en casa? Algo aparentemente simple: "Lenguaje. Ayudar a poner palabras a lo que sentimos, a lo que queremos y a lo que no. Y eso cambia la dinámica por completo", matiza la experta.
Si una coordinadora, o terapeuta de pareja, analizara la vida sexual de muchas parejas, probablemente identificaría tres zonas:
Zona verde: intimidad consciente. Consentimiento explícito, posibilidad de parar, comunicación abierta y cuidado posterior.
Zona amarilla: normalización del malestar. Sexo por inercia, o por complacer a la otra parte, diferencias de deseo no habladas y silencios incómodos.
Zona roja: límites difusos. Insistencia, presión emocional, dificultad para decir que no o para cambiar de opinión.
Mientras la industria audiovisual avanza en la protección de sus intérpretes, incorporando figuras como la coordinación de intimidad, en nuestras casas seguimos funcionando con inercias mucho menos conscientes.
Como psicóloga y sexóloga, observo con frecuencia cómo en la intimidad doméstica se reproducen dinámicas donde el consentimiento se da por hecho y el deseo se presupone. A veces, desde quien sobrepasa límites; otras, desde quien, por necesidad de complacer, deja de respetarse.
Porque la presión no siempre es explícita. También aparece en forma de expectativas, como rendir, estar a la altura, no fallar. Y eso no sólo afecta a las mujeres, aunque las cifras de violencia sexual siguen señalándonos, también impacta en muchos hombres que sienten que deben responder a un modelo de desempeño constante. El resultado, en ambos lados, puede ser el mismo: desconexión, inseguridad y una pérdida progresiva del autocuidado y del cuidado del otro.
Probablemente no. Pero sí necesitamos lo que representa. Porque muchas de las dinámicas que hoy consideramos normales en la intimidad, como la falta de conversación, el consentimiento implícito o la presión sutil serían inaceptables en un rodaje. No por moral, sino por cuidado. No creo que necesitemos una coordinadora en la mesilla. Solo necesitamos aprender a coordinarnos y querernos mejor.
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