





















Quien tenga la suerte de hallarse en el hemisferio norte puede alzar la vista al cielo en una noche estrellada y atisbar dos osas en forma de constelaciones. La Osa Mayor, alias el Carro, es, para quien decida creer en la mitología griega, la ninfa Calisto, convertida en osa por Hera y situada en el cielo por Zeus. La Osa Menor, se dice, es Arcas, hijo de la propia Calisto, también relegado al firmamento por su padre, Zeus. Osos y humanos hemos gozado de imaginarios compartidos, de leyendas y mitos en los que convivimos. Los matagi, cazadores tradicionales japoneses, mantenían un profundo respeto por el oso, considerándolo un regalo de la montaña y el antepasado espiritual de su grupo.
En el folclore siberiano el oso personifica a menudo al hombre y el culto incluye rituales destinados a complacer al animal y, en la Península Ibérica, el pardo ha sido protagonista como figura de veneración religiosa y totémica en culturas mesolíticas y neolíticas hasta convertirse en un símbolo de fuerza y trofeo en la Edad Media. La idolatría del oso parece ser una constante en la historia de aquellos humanos que han tenido la fortuna -aunque para algunos, desventura- de compartir territorio con este animal.
Quizá sea porque es uno de los grandes mamíferos con mayor distribución geográfica del mundo: en los bosques nubosos de Ecuador, donde habita el oso de anteojos; en la India, de donde es autóctono el oso perezoso; en Alaska, donde el oso kodiak, subespecie del oso pardo, campa a sus anchas cazando salmones; o en el norte de nuestra península. El oso habita cuatro de los seis continentes y, en toda su majestuosidad, padece también demasiadas amenazas que ponen en jaque su futuro como uno de los carnívoros terrestres más grandes y espléndidos del planeta.
Humanos y osos llevan milenios compartiendo territorio. Convivir es otra historia. En culturas nativoamericanas, el oso aparece como un animal de suma importancia que representa fuerza, coraje e incluso parentesco. Muchas de estas culturas contemplaban al oso como familia directa -hermanos y hermanas- y veneraban su espíritu.
El animal más querido y maltratado por igual tiene ahora su propia suerte de enciclopedia: Ocho osos (Errata naturae), un libro escrito por la periodista medioambiental Gloria Dickie que detalla las características y los peligros que acechan a cada una de las ocho especies de úrsidos que habitan el globo.
"La conservación es compleja: ¿cómo convences a alguien para que quiera salvar a un animal que le puede matar?"
Gloria Dickie, autora del libro 'Ocho osos'
"A la gente le fascinan los osos porque, por un lado, son animales realmente bonitos y tiernos y, a la par, estamos obsesionados con el hecho de que también pueden matarnos", dice la autora. Nuestra fascinación por el úrsido va mucho más allá y arrastra un inmenso y profundo peso simbólico e imaginario. Para empezar, nos parecemos a ellos mucho más de lo que pensamos. "Nos gustan los osos porque nos recuerdan a nosotros", explica Dickie. "Son animales muy curiosos. Usan herramientas, pueden reconocerse en el espejo, resuelven acertijos... son increíblemente inteligentes. Todas estas son características muy humanas. Aunque, personalmente, lo que más me cautiva, creo, es que son muy conscientes de lo que les pasa. Cuando están en una granja de bilis son muy conscientes de su entorno, lo que es bastante desgarrador".
En su disposición a investigar y escribir sobre todas las especies de úrsidos, la canadiense se adentró en los territorios en los que cada especie está presente: empezando por los bosques nubosos de Ecuador, donde los osos de anteojos -¡Paddington!- mantienen un pulso constante con la minería y la deforestación; pasando por la India, donde los osos perezosos -¡Baloo!- pierden hábitat a velocidades desproporcionadas (un estudio de 2016 ya advertía de un posible descenso de más del 30% en tres décadas); hasta llegar a Estados Unidos o Vietnam, donde el oso negro asiático es sistemáticamente torturado y condenado a una vida entre rejas con tal de recolectar su bilis, utilizada con fines medicinales. "Lo que más me costó fue saber que son animales longevos, y que por eso pueden pasarse 30 años encerrados en cajas de hierro", dice la periodista.
Ocho osos sirve de guía básica para entender de dónde viene cada especie y qué riesgos acechan a cada una, pero también plantea una pregunta inevitable: ¿de qué se habla cuando se habla de conservación? ¿Es posible hablar de convivencia? El animal que ha formado parte de nuestra cultura colectiva desde los principios de la humanidad parece, hoy, enfrentarse a un futuro incierto.
Winnie the Pooh, Paddington y Baloo. Los tres osos más célebres del imaginario popular comparten algo esencial: despiertan ternura, proyectan humanidad y se comportan como nosotros. Son criaturas profundamente antropomorfizadas, reflejos literarios y cinematográficos de nuestra necesidad de dulzura e inocencia. Pero la historia de nuestra relación con los osos está atravesada también por el miedo, la explotación y la violencia. Durante décadas, en India y otras regiones del sur de Asia, los osos perezosos (Melursus ursinus) fueron capturados siendo crías, separados brutalmente de sus madres y entrenados con métodos crueles para bailar ante turistas. La práctica, conocida como dancing bears, implicaba perforarles el hocico y pasarles una cuerda por la herida para obligarlos a moverse al ritmo de la música. Tras campañas de conservación y rescate -como la de la organización Wildlife SOS-, el último oso bailarín fue liberado en 2009, poniendo fin a una tradición de siglos. Hoy los osos enfrentan nuevos tipos de amenaza. Los osos polares (Ursus maritimus) son víctimas directas del deshielo del Ártico: los expertos estiman que su población podría reducirse más de un 30% para 2050 debido a la pérdida de hielo marino y la dificultad de acceso a alimento. En Estados Unidos, los osos negros (Ursus americanus) están modificando sus patrones de hibernación: se despiertan antes o incluso permanecen activos todo el invierno debido al aumento de temperaturas y la abundancia de desechos humanos, que convierten los contenedores de basura en despensas improvisadas. En Alaska, los osos kodiak (Ursus arctos middendorffi), una de las subespecies más grandes del planeta, siguen siendo objeto de caza furtiva, mientras que en Sudamérica el oso andino o de anteojos (Tremarctos ornatus), el único oso nativo de esta región, pierde territorio por la expansión minera y la deforestación.
Ahora bien: en la India se registran alrededor de 40 a 50 ataques graves de osos al año. Un oso pardo es capaz de destrozar una sartén de hierro de un único mordisco. ¿Cómo se puede abogar por la protección de un animal salvaje que pone en riesgo la vida de miles a diario? Dickie, no ajena a estos matices y contradicciones, hace hincapié en la complejidad de la conservación: "Contemplar a estos animales bajo el prisma romántico es un lujo". Y sigue: "Es incómodo tener este tipo de conversaciones con personas que realmente comparten territorio y están forzadas a coexistir con ellos. Porque, ¿cómo convences a alguien para que quiera salvar a un animal que le puede matar?". Alcanzar un punto de acuerdo, de coexistencia, acaba siendo, en ocasiones, prácticamente imposible.
"Algunos osos están dejando de ser salvajes, se están adaptando al humano, pero están perdiendo su esencia al hacerlo"
Gloria Dickie, periodista medioambiental
Pasa incluso con las especies más populares, como el mítico grizzly o el oso negro americano, que campan tanto por las orillas del lago Yellowstone, por el Valle Hayden y cada vez más frecuentemente por los barrios de Alaska, Montana, Wyoming, Idaho o Washington. En estos casos, la pregunta sobre coexistencia se tiñe de un tono aún más complejo que va mucho más allá de un simple proteger o no proteger. "Los grizzlies y los osos americanos se están adaptando, pero están perdiendo su estado salvaje y su esencia en esa adaptación. La gente no quiere ver a un oso comiendo de la basura de vacaciones, ¿verdad? Queremos ver un oso con montañas detrás, con el bosque. No queremos tomar fotos de un oso como un mapache o una rata en un contenedor", reflexiona la autora. Y lanza una cuestión: ¿hasta qué punto podemos tolerar que un animal pierda su estado salvaje?
"La pregunta que siempre le hago a la gente es: ¿cuántos osos? ¿Cuántos osos son suficientes? ¿Con cuántos osos podrías coexistir? Porque probablemente podrías coexistir con 100 osos pardos, pero en el caso de Rumanía, tienen 13.000 en un país bastante pequeño. ¿Cómo coexistir con 13.000 osos pardos sin que haya superposiciones, conflictos y ataques?". Dickie mantiene que la respuesta se reduce a cómo definimos el número de osos que estamos dispuestos a tener como vecinos. "Y eso varía de un lugar a otro. Hay muchos lugares en Canadá que han hecho un buen trabajo en defender la coexistencia. Han hecho sus comunidades a prueba de osos. Los osos se están volviendo salvajes de nuevo. Cambian sus comportamientos para volver a la vida salvaje. Vuelven a las montañas y no a los pueblos. Pero, de nuevo, eso requiere que haya naturaleza disponible para que vayan. Y si nos estamos deshaciendo de eso...".Mientras en la Tierra debatimos cómo convivir con los osos -entre la fascinación, el miedo y la necesidad de conservarlos-, en el firmamento siguen siendo símbolo, relato compartido y memoria cultural.En el cielo, la ninfa Calisto, transformada en osa por Hera y elevada al firmamento por Zeus junto a su hijo Arcas, sigue dibujando las constelaciones de la Osa Mayor y la Osa Menor. Mientras en la Tierra debatimos cómo convivir con los osos, esas figuras continúan recordando que nuestra relación con ellos es tan antigua como ambivalente.
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