























A las 22.55 (hora peninsular) del 11 de julio de 2010, William Kentridge hizo exactamente lo mismo que varios millones de españoles: celebrar el gol deAndrés Iniesta en el Mundial de Sudáfrica. El artista de Johannesburgo lo gozó en su ciudad natal, en la grada del Soccer City Stadium, legendario desde entonces. «Diseñé un póster para la organización por el que me iban a pagar no demasiado y dije que prefería un par de entradas para la final, así que la vi en directo con mi hija. Fue un momento fantástico», cuenta sobre el desenlace de un torneo -el único del balompié global celebrado hasta hoy en el continente africano- que pretendió trascender lo deportivo y proyectar al anfitrión fuera del mapa del tercer mundo. «Se creó mucha infraestructura y, además, se convirtió en una gran fiesta de seis semanas para todo el país. Representó, en cierto modo, una culminación. Después vino la cuesta abajo».
Kentridge (70 años) es uno de los creadores contemporáneos más influyentes y cotizados del mundo. Expone desde hace varias décadas en el MoMA de Nueva York, la Tate Modern de Londres y alrededores. Le avala tanto su labor multidisciplinar (dibujos sobre páginas de enciclopedia y diccionarios, collages, ensamblajes textiles, maquetas, esculturas, cortometrajes de animación, escenografías teatrales y operísticas, performances de gran formato al aire libre, etc.) como su oposición contra el apartheid y cualquier otra política discriminatoria. Recibió el Princesa de Asturias de las Artes en 2017. Tiene tres doctorados honoris causa y un aire a Simon Peres por culpa de las canas y las entradas. Viste siempre camisa blanca y pantalones negros como un barman. A veces se deja retratar muy serio con las gafas caídas sobre la nariz. Ha hecho de la ferretería popular -la cafetera, la escalera, el megáfono- una galería de fetiches. Da cada vez menos entrevistas. Y en las que concede, lejos de denunciar las políticas de Fulano o Mengano con el índice tieso, de hablar de memoria histórica y herencia colonial arrugando la frente, expone su universo de papeles y su idea del trabajo como una diplomacia envolvente.
La publicación en castellano del ensayo Una historia natural del estudio (Ed. Anagrama) y la inauguración de la exposición The Battle Between Yes and No (Kunsthalle Praha, hasta el 7 de septiembre) en la misma semana quizá no sea sólo una coincidencia. Casi parece la reivindicación de un autor empeñado en inspirar en estos tiempos de discursos frentistas y fronteras blindadas. En ser palanca en una época de porras.
«La lucha contra el apartheid en Sudáfrica nos enseñó a desconfiar profundamente de toda política identitaria. Ese régimen se basaba en la idea de que los blancos tenían una identidad y los negros, otra. Ya sabe: Mozart y pintura al óleo para unos, jazz y figuritas de madera para otros», recuerda el hijo de un matrimonio de abogados que defendió gratis a víctimas del racismo institucionalizado como Nelson Mandela, Desmond Tutu y Albert Luthuli. Tres futuros Nobel de la Paz a los que, de niño, se encontraba en el salón de casa. «Siempre me he opuesto al esencialismo de la identidad. A mí me interesa lo mestizo. Se me puede retratar como varón judío sudafricano, y sería correcto. Pero faltaría algo. Somos un collage en construcción a lo largo de la vida. Uno no decide, sino que descubre quién es», añade horas antes de la apertura de su muestra en un despacho del museo y en una ciudad, Praga, que es precisamente eso: un mecano construido con el legado imperial austrohúngaro, la tradición judeocristiana, el pasado soviético y las tendencias turbocapitalistas.
Una historia natural del estudio reúne las seis conferencias que Kentridge leyó en la Universidad de Oxford a principios de 2024. Generoso en anécdotas, mitad manual de instrucciones-mitad autobiografía, sus páginas presentan al maestro como improvisador tenaz, arquitecto de proyectos en equipo y humorista no declarado. «Cuando tenía tres años, quería ser un elefante. No lo conseguí. No me quedó más remedio que hacerme artista», bromeaba en su película Self-Portrait as a Coffee Pot el tipo que estudió Políticas en Johannesburgo y Teatro en París antes de decidir que mejor se dedicaría a dibujar. «Pensaba que cada semana iba a interpretar a un personaje diferente... pero a mí me salía siempre el mismo. Mi fracaso me salvó», admite. Tenía 34 años, dos hijos y toda la familia vivía del sueldo de su cónyuge.

Una parodia del mariscal Pétain (derecha) y otros personajes de la videoinstalación 'To Cross One More Sea', en el Kunsthalle Praha.
Comisariada por Christelle Havranek y distribuida en dos plantas del Kunsthalle Praha, The Battle Between Yes and No presenta por primera vez al público checo el repertorio cosquilleante del sudafricano de orígenes lituanos (el apellido de su bisabuelo era Kantorovich). En el primer piso pueden verse sus primeras películas (Drawings for Projection), realizadas a finales de los 80 y reconocibles por su trazo vigoroso y espontáneo; la monumental videoinstalación To Cross One More Sea, en la que recrea el interior de un carguero y embarca a André Breton, Josephine Baker y otros intelectuales en una odisea surrealista de Marsella a Martinica para escapar de la Francia de Vichy; y un diorama específicamente creado para la ocasión, A Letter To Felice, con el que homenajea a su admirado Franz Kafka y a genios locales del stop motion como Jan ¦vankmajer.
El proceso no podía ser más artesanal. Kentridge hacía un dibujo, lo fotografiaba, lo modificaba borrando o añadiendo trazos, volvía a fotografiarlo, lo manipulaba de nuevo y otra vez lo fotografiaba. Un minuto de película requería 1.500 fotografías. Su producción fílmica hasta la fecha suma 90 minutos. Haga la cuenta.
«Cuando empecé a hacer películas me resultaba mucho más fácil que ahora, porque no sabía lo que estaba haciendo. Ahora me cuesta más descubrir cosas nuevas. Estoy trabajando en mi decimosegunda película. ¿De qué va? Hay un gato bailando y secuencias de ruinas. Las imágenes de edificios destruidos le resultarán familiares a quien vea noticias sobre Gaza o Teherán. De momento, eso es todo», adelanta el padre de dos personajes de ficción cartoonera que ejercen de álter egos: Soho Eckstein, un avaricioso magnate minero sudafricano con traje de raya diplomática y corbata, y Felix Teitelbaum, contrapunto vulnerable y símbolo de desnudez frente a los desmanes del apartheid.
En el segundo piso de Kunsthalle Praha, la antigua subestación eléctrica Zenger, el visitante puede perderse en una réplica del estudio de Kentridge, explorar la idea de jardín como laberinto inspirador y testar su capacidad para la puesta en escena teatral en piezas caleidoscópicas como Right Into Her Arms y O Sentimental Machine. En definitiva, un itinerario que plantea cuestiones que resuenan en la actualidad como el desarraigo, la tiranía, el deseo o la fragilidad de la esperanza. Y que nadie debería caer en el error de considerar un chimpún.

Detalle de la segunda planta de la muestra de Kentridge en el museo checo.
«No tengo una lista de proyectos en mente, ninguna lista de cosas por hacer antes de morir, de grandes temas o historias específicas. Ninguna lista de propuestas, ninguna que incluya Fidelio o El anillo del nibelungo, unas memorias o, peor aún, una novela. En el lugar que debería ocupar esa lista yo diría que hay un vacío, una nada, o siendo generoso, una apertura», rechaza quien, curiosamente, escribe sin parar inventarios de tareas igual que otros coetáneos completan crucigramas. «Hacer listas es para mí una manera tranquilizadora de trabajar. Un neurótico repitiendo sus síntomas, como si repetir un problema fuera una manera de resolverlo. A veces, así es».
A Kentridge le gusta:
-El helado de melocotón.
-La poesía inesperada del día a día («Una máquina de escribir también es un árbol»).
-Cualquier sugerencia que le haga Anne, su mujer.
-La palabra alemana Torschlusspanik: pánico a que la puerta se cierre, usada para referirse a las posibilidades que desaparecen al tomar una decisión.

Uno de los reconocibles dibujos al carboncillo del artista sudafricano.
Constata en su libro que el algoritmo se ha convertido en el oráculo de la contemporaneidad. Hasta el punto de que las entidades bancarias lo utilizan para conceder o denegar préstamos. Está estadísticamente probado -argumenta- que si el solicitante menciona términos como Dios, promesa o familia tendrá menos posibilidades de obtener uno que si emplea universidad. «Debemos dejar un espacio para aquello no computable, aquello que el algoritmo no puede poseer», se rebela. Su obra es una celebración atronadora de lo manual. No hay día que este hombre multiplicado no coja el lápiz, las tijeras o la regla para entenderse mejor a sí mismo y a todo lo que le rodea.
«Mi madre siempre decía que uno debe mancharse las manos al menos una vez al día, ya sea en el jardín, en la cocina o en la mesa de dibujo, y yo he procurado no olvidarlo», confiesa. «El contacto del carboncillo y el papel, la fisicidad, es lo que hace que mi cerebro funcione. Si me siento delante del teclado de un ordenador o espero simplemente a que me venga una idea, no consigo nada».
El Museo Reina Sofía (Madrid), el CCCB y el Macba (Barcelona) o el CAC Málaga han expuesto en la última década y media la obra de un artista que apenas usa el color y que ha ennoblecido el tachón y el pastiche. «Mis manos son como muñones batiendo mayonesa. Usar principalmente la monocromía del carboncillo o la tinta no fue una elección formal ni ética. Descubrir el carboncillo y el grabado supuso una bocanada de aire fresco; el gran placer de un medio con el que podía crear una imagen y, al mismo tiempo, en el que podía pensar», comparte Kentridge, la mar de sincero, en su ensayo.
Al mismo tiempo, sus visitas a nuestro país le han permitido extasiarse in situ con la obra de referentes de su adolescencia como Velázquez y Goya. Asomarse con su camisa blanca a Los fusilamientos del 3 de mayo debió de parecer un juego de espejos.
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