
























En el momento en que Pedro S�nchez estaba intentando apa�ar la votaci�n en el Comit� Federal del PSOE con una urna tras una cortina, cuyo feliz documento visual hemos podido ver estos d�as en el v�deo publicado por The Objective, la regeneraci�n era uno de los temas estrella de la pol�tica espa�ola. La gran crisis hab�a agitado un intenso debate sobre la necesidad de mejorar nuestra democracia, que abarcaba temas muy diversos: la reforma de la Ley Electoral, la reducci�n de cargos p�blicos, la supresi�n de organismos ineficientes, la democracia interna de los partidos, la limitaci�n de mandatos, los aforamientos, la transparencia, las puertas giratorias...
Una d�cada despu�s, y con la �nica excepci�n de la regeneraci�n de la Corona con Felipe VI, todo aquello ha sido enterrado. Las grandes convicciones se quedaron en promesas, las promesas en intenciones y las intenciones en inc�modos recuerdos.
El acceso de S�nchez al poder cambi� muchas cosas, tambi�n en esto. El impulso regenerador se diluy� entre l�neas rojas cruzadas y pactos inconfesables. Ning�n atisbo de mejora democr�tica se ve hoy en quien gobierna de espaldas al Congreso, no presenta presupuestos y aspira a eternizarse en el poder. Y en ning�n lugar como en la corrupci�n se contempla mejor el declive.
El Juicio, con may�scula, entra hoy en su semana final con las declaraciones de �balos y Koldo este mi�rcoles. La pareja inenarrable ha asistido a las sesiones en el Supremo con pasividad unos d�as, risas nerviosas otras y frustraci�n, real o figurada, de vez en cuando. El ex ministro con mirada perdida y chaqueta con la que sostener la dignidad. El ex asesor con una barba imposible y el abrigo puesto, con aspecto como de venir del cementerio por la noche.
El desfile de testigos ha dejado una sensaci�n que oscila entre la incredulidad y el torrentismo. Siempre es desconcertante comprobar la facilidad con la que la corrupci�n se instala en el epicentro del poder. En el pa�s de G�rtel, los ERE o los Pujol, sigue siendo tan sencillo como que un ministro ordene ama�ar un contrato o enchufar a una churri para que, simplemente, se haga.
En el Supremo no ha sido descrita una compleja trama de estructuras indescifrables, capaz de burlar f�rreos controles anticorrupci�n. M�s bien, aquello se hac�a a la vista de todo quisque sin que se generara mayor alarma.
Koldo se desempe�aba como los viejos secretarios de los dictadores, controlando el acceso al ministro m�s poderoso del Gobierno y sacando tajada de ello. "Necesito hablar con �l", le escrib�a con premura toda una presidenta auton�mica como Francina Armengol, hoy tercera autoridad del Estado. Mientras, Aldama se paseaba por el Ministerio de Transportes como si fuera su jard�n y su presencia, como mucho, "chocaba a los funcionarios", a decir de una presidenta de Adif como Isabel Pardo de Vera. Y una tal Patriciaacud�a a Ferraz a recoger sobres con cash como quien visita a su prima el s�bado por la tarde, sin que tampoco aquello provocara mayor inquietud en los trabajadores de la sede central del PSOE.
Nadie pudo o quiso pararlo. El caso se investig�, recu�rdese, por una denuncia del PP de Madrid, no por ninguna delaci�n interna. No existe, o no se quiere que exista, la posibilidad de que alguien pueda decir no a un ministro sin tener que afrontar graves consecuencias, como le ocurri� a ese director gerente que se empe�� en que Miss Asturias hiciera algo m�s que leer libros de trenes y fue cesado ipso facto. No funcionan tampoco los canales para denunciar comportamientos sospechosos. No, aqu� se hace lo que dice el de arriba. Y punto.
En el juicio coet�neo de Kitchen, con otro ex ministro sentado en el banquillo, asistimos a una din�mica parecida, en la que un Gobierno ordena supuestamente robar y destruir pruebas de un caso de corrupci�n y va y se hace. Cuatro comisarios y tres inspectores jefe de la Polic�a acompa�an a Jorge Fern�ndez D�az como acusados. Ninguno, parece ser, consider� necesario decirle que eso no se pod�a hacer.

Luis B�rcenas, declarando en el juicio de Kitchen el pasado d�a 20. Detr�s, el ex ministro Jorge Fern�ndez D�az.E. M.
Hasta un fiscal tan motivado como el que pide el archivo de la investigaci�n a Bego�a G�mez se ve obligado a admitir en su �ltimo escrito que "hay determinadas cuestiones que pueden no resultar �ticas ni deseables en un Estado democr�tico y una Administraci�n transparente". �Ay, la transparencia! Aqu� tampoco crey� nadie conveniente advertir de que no se pod�a montar un gabinete de negocios en La Moncloa y usar la agenda del marido como lista de contactos.
Ante todo esto, la reacci�n es siempre la misma: la negaci�n. Nada hay que debatir ni mucho menos que arreglar, porque no hay nada que est� mal. En unos casos se fabrica una teor�a de la conspiraci�n de jueces, periodistas y pol�ticos contra el Gobierno, que siempre habr� un juez Peinado al que zarandear para no tener que afrontar el fondo del asunto. En otros, se formula la f�bula de las manzanas podridas, seg�n la cual son solo casos aislados dentro de un cesto impoluto, dando igual tanto el n�mero de manzanas como el fondo del cesto.
En este r�quiem por la regeneraci�n, el Gobierno present� un Plan por la Democracia (sic) para que jueces y polic�as no se pasen investigando al poder pol�tico, y los periodistas dejen de publicar tantas cosas inc�modas. Hoy nos conformamos ya con que se cumplan las leyes, se respete el trabajo de los jueces, no se cercene el derecho a la informaci�n y quede alguna instituci�n independiente. La degeneraci�n era esto: rebajar tanto las expectativas que, para muchos, lo an�malo, como lo es el Juicio en el Supremo, haya terminado siendo lo normal.
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