Es imposible aislar a China porque su peso es ya estructural, pero, al mismo tiempo, su poderío avasallador pone en riesgo el porvenir de nuestras industrias locales

Dos robots realizan una danza durante las celebraciones del Año Nuevo Lunar, en Pekín.
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En la segunda mitad del siglo XVI, España abre China al mundo a través del galeón de Manila. Su puerto sirve de punto de contacto en la primera globalización moderna: la plata de la América española, que China ansía, se cambia por los refinados productos de provincias como Fujian o Cantón. La porcelana o la seda -el mantón de Manila- llegan a Europa vía Acapulco, en el Pacífico, y Veracruz, en el Atlántico.
China era entonces una gran nación muy desarrollada, pero encerrada en sí misma. Cuatro siglos más tarde, vuelca todo su ingenio y capacidad en cada rincón del planeta. Controla terminales portuarias en todos los continentes y planifica la construcción de fábricas en Sudáfrica, Brasil o España.
Esa explosión se ha producido en tiempo récord: apenas un cuarto de siglo. A partir de 2001, con la entrada de China en la Organización Mundial del Comercio, millones de trabajadores de ese país se incorporaron al mercado global. Occidente vio el desembarco de productos baratos, con efectos directos sobre la producción de muchas fábricas. Cientos de miles de trabajadores perdieron su empleo y tuvieron que reconvertirse. Las estimaciones de los expertos hablan de la destrucción de un millón de puestos de trabajo solo en el sector manufacturero de los EEUU.
Ahora, una segunda ola de exportaciones masivas y baratas, un China Shock 2.0, hace temblar al mundo, y especialmente a Europa, porque China ocupa una posición muy distinta de la que tenía en 2001. Si a comienzos de siglo inundó el mundo de muebles, juguetes, textil y electrónica básica a bajo precio, ahora lo hace también con productos de vanguardia: coches eléctricos, baterías, paneles solares, inteligencia artificial y robótica, capaces de generar una enorme dependencia y de desplazar a la industria europea que aporta valor añadido. China ya no solo compite en los escalones más bajos de la cadena de valor, sino que además lidera o disputa la primera posición en los sectores de futuro. A diferencia de hace veinticinco años, sus excesos exportadores no van acompañados de un aumento de las importaciones, que se han hecho cada vez más raquíticas.
El sistema chino de competición interna entre provincias y compañías se ha llevado al extremo mediante una lluvia de subvenciones y ofertas de suelo barato para las empresas. A cambio, los gobiernos locales disparan su recaudación fiscal y sus cifras de crecimiento, mientras la sobreproducción desborda la capacidad de consumo del mercado, hunde los precios y los márgenes de beneficio y deja a las empresas europeas fuera de juego. Nadie parece capaz de romper esa dinámica tóxica.
El fenómeno queda resumido en la palabra china neijuan (involución), que describe una lucha destinada a destruir a los rivales aunque eso suponga entrar en pérdidas o seguir con vida artificialmente gracias al dinero público. La OCDE estima que las compañías chinas reciben entre tres y nueve veces más subsidios que sus rivales en Occidente.
El dilema europeo -y español- es extremadamente complejo. Es imposible aislar a China porque su peso es ya estructural, pero, al mismo tiempo, su poderío avasallador pone en riesgo el porvenir de nuestras industrias locales, fundamentales para una mayor autonomía estratégica. El nuevo modelo, condicionado por los aranceles y unas políticas europeas más restrictivas, obliga a China a instalar parte de sus centros de producción en territorio de la UE. La duda es si esas inversiones y empleos supondrán una transferencia real del conocimiento de vanguardia o si se convertirán en simples plantas de ensamblaje de piezas de alto valor diseñadas en China por ingenieros chinos. Es decir, veremos si nos aprovechamos de China para nuestra reindustrialización o pasamos a ser una pieza más de su entramado productivo.




















