























Desde que sal� del quir�fano y abr� los ojos en la UCI, not� que todo hab�a cambiado. Me pareci� un milagro. Llegu� de una manera y me fui de otra completamente diferente". As� recuerda Marta Lafuente su paso por cuidados intensivos -tres d�as llena de cables, con una sonda g�strica y drenajes por todas partes-, tras el doble trasplante de ri��n y p�ncreas al que se someti� en el Hospital 12 de Octubre de Madrid en febrero del a�o pasado. Hoy, 15 meses despu�s, habla de la vida, de donaci�n y de trasplantes a trav�s de conferencias y encuentros en universidades en colaboraci�n con la Organizaci�n Nacional de Trasplantes (ONT) y desde su perfil de Instagram (marta.hablando.de.trasplantes), el lugar donde cuenta su historia "para que nadie viva solo" lo mismo que ella vivi�. Doble trasplantada, Marta es una de las 103 personas que desde 2025 han recibido un p�ncreas, seg�n la ONT, la mayor�a de ellas tambi�n un ri��n de forma simult�nea, en la misma intervenci�n. Es una cifra que supone un incremento del 6% con respecto al a�o anterior, pero aun as�, dista mucho de cubrir las necesidades. "Cada d�a unas 5.000 personas est�n en lista de espera", afirman fuente de la ONT y se da la paradoja de que nuestro pa�s, l�der en trasplantes con un total de 6.335 intervenciones en 2025 y 129 operaciones por cada mill�n de habitantes, afronta hoy el hecho de que el 90% de los j�venes menores de 35 a�os rechaza la idea de convertirse en donante.
Pero un trasplante no es s�lo cirug�a, "es una vida que contin�a", dice Marta Lafuente, "y es hora de animar a los j�venes a donar". A trav�s de su propia experiencia: "Estoy aqu� para devolver toda la generosidad que he recibido", a�ade.
La historia de Marta Lafuente comenz� cuando ten�a s�lo cinco a�os; una grav�sima subida de glucosa que la llev� al hospital fue su manera de debutar en una enfermedad, la diabetes, que ha condicionado por completo toda su vida durante 40 a�os. Ahora, con 46, todav�a lo hace, porque incluso tras el trasplante, ahora que ya no la sufre, sigue comiendo "como un diab�tico, cosas con sacarina, yogures desnatados, verduras, mucha prote�na... El cerebro no te permite tomar az�car y estar tranquila; despu�s de tanto tiempo es muy dif�cil reeducar el cuerpo y la mente", asegura. Compartir una tarta de queso sin estr�s, como hizo d�as atr�s con sus amigos, es un acontecimiento.
Para Marta la insulina ya no es un problema; ahora, tras el trasplante, cuenta con un p�ncreas que funciona. En realidad, su cuerpo tiene dos, porque el equipo m�dico ha mantenido el suyo original, que sigue siendo �til para hacer la digesti�n. Tambi�n le han dejado sus propios ri�ones, "porque aunque est�n atrofiados y no funcionan es mejor no extirparlos si puede evitarse; a los m�dicos no les gusta cortar m�s de lo necesario", bromea. As�, su peque�o abdomen porta ahora tres ri�ones y dos p�ncreas, con los �rganos injertados situados en la parte frontal de su vientre, "un p�ncreas a la izquierda, otro a la derecha y delante de ellos el nuevo ri��n", explica.

Javier Barbancho
Hasta el trasplante, la diabetes condicion� completamente la vida de Marta. "Se la conoce como la enfermedad mortal del siglo XXI, un mal silencioso que te consume por dentro aunque por fuera se te vea bien. Yo siempre era la rara, una anciana prematura que con 16 a�os no pod�a seguir el ritmo de mis amigos ni sus planes. Dej� de salir y pas� una adolescencia terrible porque las hormonas lo descontrolaban todo por m�s cuidado que ten�a", dice. Mucho antes de esa etapa, recuerda la verg�enza que le produc�a comprar las jeringuillas en la farmacia siendo una ni�a: "Pensaba que me ve�an como a una drogadicta", confiesa. Aprendi� a vivir midiendo cada bocado que inger�a, cada vaso de agua, cada ejercicio, pero sus precaciones no evitaron que estuviera a punto de perder un pie debido a las microfracturas que le provocaba el simple hecho de caminar. "Lo ten�a negro como una cebolla y estuvieron a punto de amput�rmelo, pero consegu� que me atendieran en una de las pocas unidades de pie diab�tico de la Comunidad de Madrid. Me cost� estar un a�o en silla de ruedas con una bota ortop�dica y mucho tratamiento, pero logr� salvarlo. No es justo que esto dependa de la suerte de vivir en un lugar u otro", explica. Fue un tiempo duro que Marta compagin� con un trabajo que tambi�n lo es; desde hace 14 a�os es asistente personal de un directivo del Ibex 35. Fue la antesala de lo que le esperaba: la di�lisis, su salvaci�n y los peores a�os de su vida. "Una revisi�n rutinaria detect� que mis ri�ones estaban fallando. Tras una biopsia se confirm� que sufr�a nefrotpat�a diab�tica y que necesitaba enchufarme a la m�quina cinco d�as a la semana. La di�lisis me mantuvo atada a la vida, pero tamb�n la hipotec�, la detuvo por completo", asegura.
Para evitar pasar los d�as en el hospital, Marta habilit� una habitaci�n medicalizada en su casa, como si fuera la unidad de di�lisis del centro, y le colocaron un cat�ter dentro del abdomen para que ella misma pudiera limpiar su sangre tres veces al d�a siguiendo un minucioso proceso que le ocupaba la tarde o la ma�ana. Pero no funcion� y tuvo que someterse a cuatro laparoscopias en apenas seis meses. La opci�n siguiente fue insertar el cat�ter en el pecho, conect�ndolo a la vena yugular, lo que le permit�a conectarse a la m�quina sin salir de casa. "Lo hac�a a las 05.30 de la ma�ana, hasta las 08.00. Luego me duchaba y me iba a trabajar, llegaba agotada, fatal, pero disimulaba para que nadie supiera lo que estaba pasando. No quer�a contarlo porque no soportaba que miraran de forma diferente, no quir�a dar pena", cuenta. Buscando un poco de respiro de lunes a viernes, comenz� a conectarse los fines de semana, y se acab� la vida. "Estaba atada a la m�quina, no pod�a hacer ning�n plan. Fue una etapa muy dura, no s�lo para m�, tambi�n para mi pareja", cuenta.

Javier Barbancho
La llamada que cambi� su vida lleg� un viernes a las siete de la tarde, mientras hac�a la compra semanal en el supermercado. Desde que entras en la lista de trasplantes no puedes separarte del tel�fono y ella llevaba un a�o y ocho meses esperando la frase que escuch� de la coordinadora de trasplantes: "Marta, el helic�ptero acaba de salir a buscar �rganos que podr�an ser para ti". "Termino aqu�, dejo la nevera organizada y voy al hospital, respond� nerviosa. Cuando llegu� al centro estuve ocho horas esperando en una sala, para saber si los �rganos eran v�lidos. Se confirm� que eran para m� de madrugada y en apenas una hora entr� en el quir�fano rodeada por un mont�n de personas, como en una coreograf�a perfecta, todos sin hablar, cada uno sabiendo lo que ten�a que hacer. En ese momento tienes sentimientos encontrados: sabes que es lo que quieres y necesitas, pero son 14 horas de cirug�a y da mucho miedo. Yo s�lo pensaba: 'No estoy lista para morir'. S� que el p�ncreas es muy complicado de trasplantar. Mi �ltimo recuerdo es la pregunta del anestesista: �a d�nde quieres ir?", confiesa.
Sus nuevos �rganos, de un chico sano de 36 a�os, le han dado una vida completamente diferente, libre. "Es cierto que me cuido bastante, que como muy sano y hago mucho deporte: camino, corro, hago ballet... y ya no llevo un sobre de glucosa a todas partes. Dejar la di�lisis ha sido empezar a vivir", afirma. La recuperaci�n no fue f�cil, sobre todo por una cuesti�n de cabeza: "La primera comida que me dieron fue una sopa cargada de pasta y un caf� con az�car. No me lo beb� y apenas com�; me cost� mucho tiempo convencerme de que el p�ncreas funcionaba", sostiene.

Marta guarda en su vientre las cicatrices de la operaci�n.
Su abdomen guarda su historia cosida con casi 150 puntos, unas cicatrices que le gusta ense�ar como muestra de su nueva vida. "Recuerdo el primer d�a que sal� a caminar, ten�a que hacerlo porque es la forma de ayudar a los �rganos a encontrar su sitio, pero me parec�a imposible hacerlo. Tard� m�s de una hora en dar la vuelta a la urbanizaci�n donde vivo, del esfuerzo que me supuso", a�ade.
Ahora apenas puedes seguir el paso de su cuerpo atl�tico, pero el miedo al rechazo sigue estando ah�. "Es para siempre, por mucho tiempo que pase; est� presente desde el d�a que recibes el �rgano hasta el momento en que te mueres. Acabo de conocer a una persona que ha rechazado el ri��n despu�s de 21 a�os de trasplantada. Parece incre�ble, pero es as�", asegura. Para evitarlo toma inmunosupresores, dos tipos de pastillas diferentes en el desayuno y la cena, con dos horas previas de ayuno. Un tratamiento que tambi�n tiene efectos secundarios. "El peor para m� ha sido la ca�da del pelo, tanto que me plante� comprarme una peluca, porque me estaba quedando literalmente calva, sal�a de la ducha, me tocaba la cabeza y me quedaba con un mech�n de pelo en la mano. Tambi�n me tiembla much�simo el pulso", dice.
Los efectos secundarios no son nada comparados con la calidad de vida y libertad que ha ganado. Seg�n los datos publicados por la Oficina Regional de Coordinaci�n de Trasplantes, s�lo en la Comunidad de Madrid se trasplantaron 28 p�ncreas en 2025, una cifra que casi duplica los registros del a�o anterior. Con todo, el porcentaje de j�venes de entre 18 y 35 a�os que rechazan la idea de convertirse en donantes es del 90%. "Son los que deber�an llenar las listas, pero al contrario, no quieren ni plante�rselo. Muchos universitarios me dicen: 'No me hables de donaci�n, no quiero pensar en ello, eso no me va a pasar'. Pero desgraciadamente pasa. En Espa�a somos pioneros en trasplantes, pero la generaci�n que realmente deber�a ser donante se est� quedando rezagada", sostiene.
�Por qu� sucede esto precisamente entre quienes se suponen m�s informados de lo importante que es donar los �rganos para salvar vidas? "Porque no quieren hablar de su muerte. Para los j�venes es algo extremadamente lejano, un tema tab� que les da miedo, por eso es m�s f�cil encontrar donantes entre los 40 y los 70 a�os. No hay edad para donar; en las listas de espera tambi�n hay gente mayor que no puede recibir �rganos de chicos de 20, pero necesitamos que los j�venes sean conscientes de lo importante que es; un solo donante puede salvar m�s de 10 vidas".
�Y t�, tienes miedo? "S�. Intentas vivir como si fueras normal, y hay d�as donde no piensas mucho en ello, pero otros en que no puedes parar de hacerlo. Por ejemplo, si bebo un refresco y siento presi�n en el abdomen, no puedo evitar pensar que quiz� los �rganos no funcionan bien, aunque simplemente sea el gas. Es como tener una espada en el cuello. Aprendes a vivir, pero con miedo, porque por mucho que siga los tratamientos a rajatabla o ponga alarmas para no olvidar ninguna pastilla, hay cosas que escapan a mi control. Pero este miedo tambi�n trae cosas buenas, y a m� me ha salvado la vida", concluye.
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