Este restaurante podría circunscribirse en el circuito de la ñoñería, pero se come muy bien

La molleja
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Proliferan en Madrid los sitios monos; este es uno de esos lugares en los que todo está recogidito y en su sitio para la conversación solemne o para el selfi. Y, en el caso de Lina (Fernando el Santo, 25), además se come bien. Dice la web que se trata de "un viaje culinario que fusiona las raíces argentinas del chef con la esencia mediterránea y el espíritu caribeño". No hagan caso a la literatura gastronómica, casi tan engolada como la costurera —¿han leído eso que llaman "líneas de colección"?—, y quédense con esta reseña: en Lina se come muy bien y lejos de la cursilería impostada que se ha impuesto en este Madrid en el que los camareros te tratan con la condescendencia de quien te hace un favor.
Siempre que quedo con gente de confianza les pregunto si no les importa ir a sitios nuevos que me permitan aportar algo a esta columna. Propuse Lina, sobre el que había leído algún suelto de Metrópoli en el que lo recomendaban. Y la señal de Michelin ya anunciaba que allí servían cosas reseñables o que, al menos, merecían algún comentario.
Como hacía mucho que no veía a esta amiga, desdeñamos los cócteles de la carta y pasamos a lo mollar: una botella de vino blanco que nos recomendaron y de cuyo nombre me cuesta acordarme. Como yo debía trabajar, decidimos pedir cosas distintas para que estas líneas cumplieran su función. No todo van a ser hombres atractivos invitándome a carabineros de 60 euros.
Tomamos el llamado huevo cobarde, a baja temperatura, sobre boniato ahumado y guanciale —la papada italiana— hecho en casa. Eso no podía estar malo. Descartamos los platos con tupinambo por manía a las modas y decidimos centrarnos en el tartar de pez limón. Lo servían sobre una crema de anacardos tostados, yema de huevo y eso que llaman caviar cítrico, que no es otra cosa que las perlas que contiene un fruto originario de Australia. Para que el platillo tuviera ese crepitar que tanto se agradece, habían incluido algunos gramos.
Nos habríamos tomado varios platos más que nos apetecían, pero a las dos nos asaltan las pesadillas con abuelitas cada vez que nos pasamos por la noche. Descartamos la costilla Angus —otro día caerá— y nos decantamos por el cochinillo, que nos recomendaron mucho. El toque de jengibre le aportaba ligereza, pese a eso que llamaban cuscús ibérico.
Para terminar, tomamos una molleja de ternera a la brasa con maíz cocinado de tres formas diferentes. Estaba muy buena.
Descartamos los postres. Nos soplaron 45 euros por persona.



























