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Hubo un tiempo en que ser difícil era una cualidad atractiva. No necesariamente en una pareja ni en un compañero de piso, pero sí en casi cualquier figura pública que aspirara a parecer interesante. El médico brillante era difícil. El chef brillante era difícil. El diseñador brillante era difícil. El escritor brillante era difícil. La hacker autista era dificilísima. Durante años, una parte sorprendentemente grande de la cultura popular estuvo organizada alrededor de una idea que hoy tal vez resulte extraña: si alguien era excepcional en algo podíamos perdonarle cualquier cosa.
Karl Lagerfeld insultando públicamente a media industria de la moda. Anna Wintour cultivando la crueldad sofisticada. Gordon Ramsay capaz de lanzar un plato contra la pared. Lou Reed, Morrissey o Liam Gallagher concediendo entrevistas que parecían peleas. Bret Easton Ellis, Camille Paglia o Christopher Hitchens convirtiendo la incorrección y la confrontación en parte de su personaje público. Damien Hirst. Lars von Trier. La sensación general de que las personas verdaderamente interesantes no sólo podían permitirse ser difíciles, sino que quizá debían serlo.
La ficción tampoco ofrecía alternativas: Gregory House trataba a prácticamente todo el mundo con desprecio y era uno de los personajes más admirados de la televisión, de Don Draper ni hablemos, Lisbeth Salander era tan lista que no tenía que dar ni los buenos días. Incluso muchos personajes escritos para resultar encantadores, como Sheldon Cooper, eran personas difíciles de gestionar, difíciles de comprender y, sobre todo, completamente indiferentes a si les caían bien a nadie. Había algo seductor en la idea de que el talento auténtico producía una cierta incapacidad para las relaciones públicas, una alergia a la cortesía, despreocupación total por los sentimientos ajenos. Caer bien era una actividad propia de aficionados y las personas verdaderamente excepcionales estaban demasiado ocupadas haciendo cosas muy importantes.
¿En qué momento dejamos de admirar a las personas difíciles y empezamos a exigir exactamente lo contrario? Taylor Swift ha construido una relación casi epistolar con sus fans. Pedro Pascal se ha convertido en una especie de embajador mundial de la simpatía. Keanu Reeves siempre va en metro y eso nos encanta. Emma Chamberlain construyó una de las carreras más influyentes de su generación hablando a la cámara desde su cuarto, como si estuviera enviando notas de voz a una amiga, y es tan íntima como Alix Earle. MrBeast construyó el mayor imperio de YouTube sobre una imagen pública casi obsesivamente amable, desde luego jamás se le olvidaría saludar. Dulceida lleva más de una década transformando la exposición de su vida privada en una relación de familiaridad con millones de personas, como María Pombo. Incluso figuras surgidas fuera del ecosistema influencer, como David Broncano, Aitana o David Uclés, parecen responder a una demanda similar: la sensación de que detrás del personaje sigue existiendo una persona. Hoy no sólo esperamos que las figuras públicas sean buenas en lo que hacen, sino que sean agradables, comprometidas políticamente y razonablemente cercanas, capaces de ser nuestros amigos si coincidiéramos con ellos.
Se suele decir que las redes sociales acercaron a las celebridades a su público, pero quizá la transformación más profunda fue que convirtieron su personalidad «normal» en parte del producto. Durante buena parte del siglo XX era posible ser músico, escritor o diseñador y que la mayor parte de tu vida permaneciera fuera de escena, asediada en todo caso por paparazzi o expuesta en ambientes controlados, como una entrevista. Hoy la audiencia consume también sus opiniones, reacciones, fotografías, amistades y vulnerabilidades que los hacen humanos.
En este contexto la inaccesibilidad, que antes podía interpretarse como glamur corre el riesgo de parecer simplemente mala gestión de marca. Sin embargo, no creo que las redes sociales lo expliquen todo: en algún momento dejó de parecernos entrañable el genio insoportable. Durante décadas la cultura estuvo llena de personas a las que se perdonaba casi cualquier comportamiento porque escribían novelas extraordinarias, dirigían películas extraordinarias o diseñaban colecciones extraordinarias.
"Las redes han convertido las personalidades "normales" en parte del producto. La inaccesibilidad que antes se interpretaba como glamur es hoy una mala gestión de marca"
Había algo romántico en esa idea, algo heredado de una larga tradición que asociaba la brillantez con la excentricidad, el exceso o incluso la crueldad, como si las personas verdaderamente excepcionales vivieran inevitablemente un poco más allá de las normas que regulaban la vida del resto, a la manera de los genios del romanticismo. Con el tiempo, sin embargo, descubrimos que algunas de aquellas figuras resultaban bastante menos fascinantes vistas de cerca, y que muchas instituciones llevaban demasiado tiempo confundiendo el talento con una especie de dispensa para ser un maltratador, un abusador o, sencillamente, un gilipollas.
Lo curioso es que no hemos dejado de idealizar determinados tipos humanos, sólo hemos sustituido una fantasía por otra. Y sospecho que dentro de 20 años las celebridades más admiradas de hoy, con su transparencia permanente, sus vídeos grabados en el coche, sus confesiones presuntamente vulnerables y su capacidad para parecer cercanas a millones de desconocidos al mismo tiempo, resultarán tan extrañas como nos parecen ahora Karl Lagerfeld, Lou Reed o Gregory House, no porque fueran mejores o peores, sino porque responderán a una idea muy específica de lo que una época considera admirable, una idea que probablemente también terminará pareciéndonos rara.
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