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El Mundo
Jose María RoblesTexto Patricia BolinchesIlustración. MadridText · 2026-06-11 · via Portada

En el verano de 2012, cuando dirigía el proyecto Gibraltar Caves Protect, el arqueólogo toledano Francisco Giles Pacheco descubrió en una de las grutas del Peñón un signo familiar. Se trataba de varias líneas horizontales y verticales entrecruzadas muy parecidas a las que se usan para etiquetar algo o a alguien en las redes sociales. Aquella protoalmohadilla, sin embargo, no la habían grabado en piedra unos vándalos aficionados a la espeleología pasados de copas. La habían tallado quienes vivieron en la cueva hace casi 40.000 años.

El descubrimiento del hashtag neandertal tuvo el efecto de una bomba de racimo: lanzó preguntas en muchas direcciones. ¿Qué conocimientos tenían aquellos primitivos humanos del sur de Europa –en teoría, menos inteligentes que los sapiens– sobre la fabricación y el manejo de herramientas? ¿Por qué invirtieron tiempo y energía en autografiar una pared sumida en la oscuridad? ¿Estamos ante la primerísima manifestación de arte abstracto o frente a un mensaje encriptado del autor a su clan? ¿Pudo estar relacionado con algún ritual chamánico?

Mientras el resto de la comunidad científica buscaba respuestas, el profesor Carlos A. Scolari imaginaba cómo contar la Historia a través de lo que denomina fósiles mediáticos. Es decir, los artefactos que, como la almohadilla gibraltareña, han permitido a unos humanos comunicarse con otros desde hace una docena de milenios. Si hemos sido capaces de reconstruir la evolución de la vida en la Tierra gracias a las conchas de amonites y las tibias de Iguanodon, pensaba este experto, ¿se podría armar una biografía universal alternativa a partir de las tecnologías empleadas para transmitir información?

El resultado de tales disquisiciones es Homo mediaticus (Ed. Ariel), un ensayo divulgativo que repasa la historia de la comunicación humana –o la evolución cultural de la especie– a través de 25 piezas, objetos o fetiches. Desde el mencionado hashtag de la Cueva de Gorham al iPod, el primer fósil mediático del siglo XXI, pasando por el vaso de Caylus egipcio-persa, las tablillas rongo-rongo de la isla de Pascua, la Enciclopedia, la fotografía Polaroid y el CD-ROM.

«Con los fósiles mediáticos podemos saber cómo se comunicaban diferentes sociedades y conocer qué visión tenían del pasado y, sobre todo, del futuro. Dejar una marca en la roca nos da una idea de que esa gente quería legar algo a quienes visitaran después ese lugar», enfatiza Scolari (Rosario, Argentina, 62 años). «El fuego ayudó a ablandar los alimentos y los primeros instrumentos líticos permitieron molerlos. Todo eso produjo transformaciones cognitivas. Nosotros coevolucionamos con estas herramientas, porque propiciaron la reducción de la mandíbula e hicieron que tuviéramos otra configuración de la mano. Si lo traemos al presente, esta percepción es evidente: una generación que crece con Wikipedia, ChatGPT y el videojuego Grand Theft Auto ve el mundo de forma distinta a la suya o la mía, que creció con los libros y la tele. Así lo ha confirmado la Neurociencia».

Desde su despacho en la Universitat Pompeu Fabra, el profesor recalca que lo que nos diferencia de otros animales es nuestra capacidad para relacionarnos con complejos sistemas de significación. Sistemas que, desde el origen de los tiempos, se concretaron en diversos medios con una misma finalidad: dejar una marca y compartirla.

Pictogramas, glifos y pinturas rupestres fueron las primeras formas de expresión del mono pensante. Siglos después, la transmisión de información hizo suyos soportes como la cerámica, la madera y los tejidos. El gran terremoto fue la aparición de la escritura. «Hoy se nos hace muy difícil imaginar el mundo antes de que ésta existiera», reconoce Scolari. «Cuando todo era oral, la forma de pasar conocimiento a la siguiente generación fue memorizándolo. La escritura nos descargó la mente de muchas cosas y nos permitió pensar en otras». Tomar distancia con el texto y reflexionar sobre su estructura, por ejemplo, propició el nacimiento de la retórica.

El también autor de La guerra de las plataformas (Anagrama, 2022) y Sobre la evolución de los medios (Ampersand, 2024) se propone con su proyecto trascender la perspectiva eurocéntrica y desplazar el foco del relato occidental para mostrar un legado plural. «Siempre nos contaron esta historia de Babilonia, de las tablillas de arcilla, que es muy linda, pero la escritura nació en realidad en muchos lugares del planeta. Igual que la agricultura y el dinero», matiza. De ahí que su catálogo incluya fósiles mediáticos de América, África y Asia, menos familiares para cualquier aficionado al Trivial. Como los quipus andinos, uno de los sistemas de registro más singulares creados por una civilización antigua; el Jikji, la imprenta coreana creada tres siglos antes que la de Gutenberg; o los manuscritos de Tombuctú (Mali).

Soportes, prácticas sociales, migraciones... Scolari fusiona Antropología, Historia y Tecnología en una disciplina híbrida llamada Paleomediología. En el anaquel reservado a esta materia, Homo mediaticus ocuparía un lugar próximo a ensayos como The Game (2018), de Alessandro Baricco, que excava en la Prehistoria del entorno digital y las redes sociales, y El infinito en un junco (2020), de Irene Vallejo, enciclopedia sobre el libro. No andaría tampoco lejos la novela gráfica Una fracción de segundo (2024), de Guy Delisle, que recorre el camino de la fotografía al cine.

Insiste Scolari en la introducción en que tendemos a ver la evolución de las formas de comunicación, y de las tecnologías en general, no como una galaxia de conexiones, sino como un timeline en el que un dispositivo sucede al anterior. El docente invita al lector a darse cuenta de que, en realidad, muchos de los fósiles mediáticos expuestos en el gabinete de maravillas que es su ensayo no se han perdido. Sólo se han integrado en interfaces contemporáneas. «Hay formas de organizar la información que han sobrevivido al paso de milenios y al tránsito de un soporte a otro. Pensemos en el formato lista, al que Umberto Eco dedicó un hermoso ensayo. La red social X es básicamente una lista, igual que la clasificación deportiva o el índice bursátil. Pero las listas se vienen elaborando desde Mesopotamia y el antiguo Egipto, donde se usaban para registrar faraones, plantas medicinales o enfermedades», detalla.

«Otro ejemplo podría ser el telégrafo», prosigue. «Ya nadie manda telegramas, pero la escritura telegráfica reapareció con fuerza en la década de los 90 con los SMS, mensajes por los que se pagaba en función del número de letras. Los 180 caracteres de los tuits originales o los guasaps también son telegráficos... Por otro lado, hay medios que parecían que se iban a extinguir y no terminan de hacerlo, de forma que alrededor de ellos se crea un nicho. Ha pasado con los discos de vinilo y está pasando con la fotografía analógica y los casetes». Y también con el iPod de nueva generación –sin pantalla y comercializado como antídoto frente al scroll infinito– o los móviles tontos inspirados en el legendario Nokia 3310.

¿Por qué nos encanta matar tecnologías?
No sé si todo es culpa de la obsolescencia programada. El ritmo de innovación tiene un carácter darwinista. Algunas tecnologías sintonizan con la gente y se convierten en especies dominantes. Sin embargo, hoy ningún medio ni ninguna empresa puede dormirse en los laureles. Pensemos en Kodak, que durante 150 años controló el mercado de la fotografía: fabricaba la cámara más popular, las películas, el revelado... Controlaba verticalmente el mercado. Desarrolló un marketing en el que Steve Jobs seguramente se inspiró. Pues bien, Kodak obtuvo a mediados de los 70 la patente de una cámara digital y la guardó en un cajón. Se aferró al negocio de vender y revelar los carretes. Cuando sacó la patente del cajón, ya era tarde. Estábamos en los años 90 y las cámaras digitales empezaban a arrasar. Cuando la cámara se incorporó al móvil, adiós Kodak. Ahora, con la nostalgia y el movimiento slow, vuelve la fotografía analógica, pero a Kodak le está costando volver a producir porque prácticamente había desmantelado sus instalaciones.
La sensación generalizada es que estamos quemando tecnologías a una velocidad nunca vista...
Hay mucha información y todo se mueve muy rápido. Pero en los 60 Mafalda ya decía aquello de «Paren el mundo, que me quiero bajar»... Esa sensación ya se tuvo a principios del siglo XIX con la aparición de la máquina de vapor. Por supuesto, en los últimos años, el ritmo se ha acelerado a un nivel supersónico. El papiro se usó hasta la caída de Roma en el siglo V. Hoy nos parece impensable que un soporte o una tecnología de escritura dure 4.000 años. Aunque el libro ha cumplido 500 y goza de buena salud de hierro.
El profesor Carlos A. Scolari, autor de 'Homo mediaticus'.

El profesor Carlos A. Scolari, autor de 'Homo mediaticus'.

Y aquí Scolari, como en su ensayo, juguetea con las posibilidades fonético-semánticas de medio y miedo: «Cuando aparece una nueva forma de comunicación surgen utopías y distopías, lo estamos viendo ahora con la IA. A la radio se la llegó a vincular en la década de los 30 con el ascenso de los fascismos. De los efectos de la televisión sobre la infancia también se escribió mucho... y hoy no nos preocupa que un niño la vea, sino que se meta en TikTok o tenga un móvil en la mano».

A todo esto: cuando en el futuro se escriba la historia del siglo XXI, ¿cuál será el fósil mediático representativo de sus dos primeras décadas y media? ¿La Blackberry? ¿El TomTom? ¿El disco duro externo? ¿El quiosco de prensa? El Extinct Media Museum parece ensayar una respuesta. Inaugurado en el distrito de Chiyoda (Tokio) en enero de 2023, atesora alrededor de 3.000 dispositivos tecnológicos y equipos de comunicación que ya han desaparecido o están en vías de extinción.

«Las generaciones futuras van a encontrar muchos más fósiles mediáticos que en otras eras. A quien le toque excavar hallará miles de artefactos y, probablemente, le va a resultar difícil entender para qué servían algunos de ellos», vaticina Scolari. El tiempo juega en contra del procesador, el sistema operativo y el lector de CD que el mismo empleaba para reproducir contenido inmersivo creado en los años 90. Idéntico problema al que tiene la NASA para recuperar información de las misiones espaciales de los años 50 y 60. Se registró en cintas electromagnéticas, ésas en las películas como Apolo 13 giraba el papel a toda pastilla. Hoy semejantes cachivaches cogen polvo en el trastero.

Admite el autor de Homo mediaticus que a la hora de hacer su criba priorizó fósiles mediáticos que tuvieran buenas historias detrás frente a otros más obvios. Uno de los verdaderamente singulares es el disco hueso o roentgenizdat, la solución con forma de radiografía pirateada que la juventud soviética empleó para burlar la censura y escuchar a los Beatles y los Rolling Stones como sus coetáneos occidentales.

Aunque el premio gordo se lo lleva el fax. «Su trayectoria es fascinante. Hubo un momento en los 80 en el que si una empresa no disponía de uno, era como si no existiera. Sin embargo, cuando se produce su bum, dura muy poco debido a la combinación de escáner, correo electrónico y PDF», rememora Scolari. «Lo increíble es que en Japón y Alemania sí se sigue usando. Y no me sorprende: en la Guerra del Golfo (1990), hubo negociaciones secretas entre EEUU e Irak que se llevaron a cabo con faxes encriptados que se enviaban a Suiza. Hoy que es tan fácil hackear información no me extrañaría que las conversaciones para un acuerdo de paz entre Trump y los ayatolás también se estén haciendo con fax».