






















La primera experiencia de Gemma con la muerte, a los 13 años, fue casi traumática. No tanto por la pérdida de su padre, sino porque no pudo despedirse de él. «Por protegerme, no se me dijo que estaba muriendo», recuerda. Aquello la llevó a cuestionarse el sentido de la existencia. A partir de ahí, su relación con la muerte cambió. Decidió no apartarla y se interesó por ayudar a otras personas a aceptar cuando llega el final. «Hay muchísima belleza en la muerte. Cuando no la negamos y la abrazamos, se abre una ventana increíble: el miedo se relaja y podemos vivir con más plenitud, sin engañarnos, sin fingir que no vamos a morir».
Gemma Polo se dedica a «acompañar emocional, física y espiritualmente» a quienes están al final de su vida y a sus familiares, ofreciéndoles apoyo en ese proceso. Lo que hace tiene un nombre: doula de la muerte. No es una profesión regulada ni formalmente reconocida en España, pero responde a una creciente demanda social. Cada vez más personas se interesan por esta figura. Hasta Nicole Kidman se está formando como tal, motivada por la muerte de su madre, con la que —según explicó— se dio cuenta de la importancia de tener al lado a una persona compasiva en el final.
El término doula proviene del griego antiguo y significa «mujer que sirve». En los 70, el concepto se recuperó en EEUU para referirse a mujeres que acompañan a otras durante el parto. Con el tiempo, la palabra se amplió hasta abarcar también el final de la vida. Gemma conoce bien la historia. «Hacia los años 90, una doula de nacimiento que se estaba haciendo mayor se dio cuenta de que la muerte es otra puerta», detalla. A partir del 2000, el término se potenció con el movimiento death positive, «la muerte en positivo, que no es sólo acompañar, sino que tiene la mirada de transformar el cómo vemos la muerte en nuestra sociedad».
Hay muchísima belleza en la muerte. Cuando no la negamos y la abrazamos, se abre una ventana increíble: el miedo se relaja y podemos vivir con más plenitud
Gemma Polo, 'doula de la muerte'.
El trabajo de una doula depende de cada situación, y puede ser antes, durante y/o después del fallecimiento. De la misma manera, los costes varían según las necesidades del cliente. «El acompañamiento lo podemos hacer por servicios o por horas. En la sesión de una hora cobramos entre 40 y 70 euros».
También ofertan packs de «planificación de final de vida». «Incluye dos sesiones, redactar el documento de voluntades anticipadas con las preferencias de tratamientos post mortem y la planificación del propio funeral; serían unos 150 euros». Si los seres queridos del difunto así lo desean, el apoyo continúa tras el deceso. La cartera de servicios incluye lavado y preparación del cuerpo, organización de velatorio o de funeral. «Si quieren nuestra presencia y acompañamiento, son entre 400 y 700 euros».
Sin embargo, Gemma aclara que cada doula fija sus propios precios y que suele adaptarse «a las capacidades económicas» del cliente. «Estamos entrando en geriátricos y hospitales a través de las personas que se han formado con nosotros. En esos casos no se cobra directamente al usuario, sino que aplican la sabiduría de doulas a su profesión».
Las doulas no son negacionistas de los servicios sanitarios. «No estamos en contra ni de los médicos, ni de las enfermeras, ni de los psicólogos», aclara Gemma, barcelonesa que lleva 25 años acompañando finales de vidas. «Pasamos tiempo de calidad con las familias... Somos una herramienta de acompañamiento para dar sentido a la propia vida», continúa la doula catalana. A su vez, realizan un trabajo previo para garantizar «una muerte en paz»: «Por ejemplo, trabajar el perdón y crear situaciones para que [la persona próxima a fallecer] se vea con ese hermano que no ve desde hace tiempo».

En la web de la formación, esta se publicita como "la primera y única en todo el Estado español".Cedida
El psicólogo José González, especializado en duelo y reconocido a nivel nacional e internacional, confirma que la figura de doula de la muerte responde a una necesidad social. «Vivimos en una sociedad tanatofóbica, que evita hablar de la muerte, que medicaliza el final de la vida y que ha expulsado lo emocional del proceso. En ese contexto, aparecen figuras que intentan devolver humanidad, ritual, cercanía». Esto último es algo que califica como «positivo». No obstante, subraya la necesidad de «ser rigurosos»: «Acompañar el final de la vida no es solo estar, cuidar o escuchar. Es un espacio donde aparecen duelos anticipados, ansiedad, miedo a la muerte, culpa, conflictos familiares, incluso trauma. Y eso requiere una formación específica, profunda, empíricamente contrastada y supervisada por alguien con experiencia y cualificación».
El especialista no tiene una postura de rechazo hacia las doulas. Por el contrario, considera que «aportan algo que habíamos perdido: la dimensión humana, ritual y comunitaria del morir». Pero matiza en que el problema surge cuando se plantea como alternativa a la intervención psicológica. «No es lo mismo acompañar emocionalmente que intervenir clínicamente. Y en el final de la vida, muchas veces ambas cosas son necesarias. El valor estaría en la complementariedad bien definida, no en la sustitución», justifica.
Para González, las líneas rojas del intrusismo profesional están en tres aspectos. Primero, la complejidad del sufrimiento: «Cuando aparecen síntomas intensos (ansiedad desbordante, culpa patológica, trauma, ideación suicida...), estamos en terreno clínico». En segundo lugar, la intención de la intervención: «Escuchar es acompañar y es útil en los procesos de duelo normales, pero intervenir en duelos complicados requiere una especialización más profunda». Por último, el sentido de la responsabilidad: «Un profesional sanitario responde éticamente de lo que hace. Tiene formación, supervisión y límites».
No es lo mismo acompañar emocionalmente que intervenir clínicamente... El valor estaría en la complementariedad bien definida
José González, psicólogo especializado en duelo.
En España, recientemente la comunidad de doulas ha emulado a EEUU y ha comenzado a ofrecer formaciones para el acompañamiento en el final de la vida. Gemma Polo afirma que ella fue la impulsora de la primera formación integral de doula de la muerte en el país. Así, en Cataluña, desde hace tres años, se imparten programas formativos presenciales. Las sesiones, disponibles en castellano o catalán, se desarrollan en un entorno rodeado por la naturaleza. El precio del curso se sitúa en torno a los 1.490 euros e incluye alojamiento, comidas y acceso al material formativo en línea.
Asimismo, contiene una formación práctica. Para ello, tienen una alianza con la fundación Costa Brava Hospice —que ofrece «ayuda y apoyo a personas que están en su proceso de final de vida»— para que sus alumnos puedan hacer «voluntariado». Al finalizar las actividades, Gemma y su cofacilitadora Sophia Style emiten una certificación que no está reconocida oficialmente. Algo que no descartan que pueda ocurrir en el futuro: «En EEUU se está trabajando para regularizar las horas de formación, para que se reconozca como una profesión, pero allí nos llevan 30 años de ventaja en este tema», señala Gemma. Al terminar, se ofrece la posibilidad de formar parte de un directorio en el que las personas pueden solicitar los servicios de doula.
El perfil de quienes se apuntan al programa es muy variado. «Es muy interesante porque se apuntan médicos, enfermeras, psicólogos, maestros de escuela, gente que trabaja en residencias de gente mayor», y, en general, «gente que simplemente lo quiere hacer por crecimiento personal». Gemma detalla que en tres años han formado a 250 personas, la mayoría mujeres. No obstante, los hombres también tienen la puerta abierta a participar. De hecho, 15 han pasado por los talleres.
La formación está teniendo éxito. Esta semana arranca una nueva edición con las plazas llenas. «Realmente es una locura», confirma Gemma. «Yo empecé haciendo retiros de fin de semana, llamados Abrazar la muerte, celebrar la vida, como un viaje vivencial sin ningún carácter formativo... Ahora estamos ofreciendo seis formaciones al año, no podemos abarcar más».
Acompañar el dolor sin herramientas es como entrar en quirófano sin formación: la intención puede ser buena, pero el riesgo es alto
José González, psicólogo especializado en duelo.
«A mí la formación me ha venido muy bien», asevera Teresa Benítez, auxiliar de enfermería y ex alumna de Gemma. Decidió sumarse al programa por su experiencia al ver cómo se gestionaba la muerte en residencias y hospitales en los que trabajó. «Veía que había un vacío, que era muy frío. Esta formación te brinda ver ese proceso de otra manera, para ayudar a que ese camino sea un poco más humano... No solamente cuidar del cuerpo sino cuidar la parte emocional».
Ahora Teresa pone en práctica lo aprendido trabajando como doula de la muerte en el ámbito privado. En concreto, está acompañando a una persona de 98 años. Con ella está 24 horas, seis días. Comenta que por ese servicio cobra entre 1.100 y 1.200 euros al mes. «Hago de puente entre la familia, el paciente y el servicio de PADES (Programa de Atención Domiciliaria y Equipos de Apoyo)... Muchas veces no es que haya que hacer nada, sino el simple hecho de estar». Teresa dice que ha constatado la diferencia que hay cuando alguien muere asistido por una doula y cuando no. «La manera de marcharse cambia, la persona se rinde, se deja ir y es como dormir. La familia también lo acepta, aprende a soltar y ahorra mucho dolor».
El psicólogo González alerta de los riesgos de que personas sin formación sanitaria intervengan en el acompañamiento de pacientes terminales y sus familiares. Entre ellos menciona la iatrogenia emocional —«querer ayudar y generar más daño»— y el no detectar señales de alarma, «como depresión, riesgo suicida, trauma complicado». «Acompañar el dolor sin herramientas es como entrar en quirófano sin formación: la intención puede ser buena, pero el riesgo es alto», advierte. «Otra cosa distinta es el acompañamiento complementario, bien delimitado y coordinado con equipos profesionales». En esta línea, Gemma sostiene que las doulas de la muerte están para acompañar a los equipos sanitarios.
González, en su libro La tristeza cura, que saldrá a la venta el próximo mes, reflexiona sobre cómo debería ser el acompañamiento al final de la vida. «En una sociedad que evita la muerte y anestesia las emociones desagradables, acompañar el duelo exige algo más que buena intención. Exige un enfoque clínico claro, herramientas concretas y, sobre todo, la capacidad de sostener un espacio seguro donde el dolor pueda desplegarse sin ser corregido ni acelerado», explica. Para él, lo esencial en esa labor es «saber estar sin invadir, sostener sin salvar y acompañar sin dirigir. El final de la vida no necesita grandes discursos: necesita presencia, honestidad y permiso para sentir». Unas cualidades que, según defienden las doulas, también forman parte de su enfoque.
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