Toros
Corta tres orejas que pudieron ser cuatro. Suyo fue el gran toro de la apretada corrida de El Parralejo

David de Miranda, a hombros por la Puerta del Pr�ncipe.JOS� AYM�
Actualizado
A David de Miranda lo balanceaban por la Puerta del Pr�ncipe, otra vez, como en 2025, cuando el sol ya hab�a ca�do a la espalda del Guadalquivir. Miranda reedit� su idilio con Sevilla, aunque el eco de Huelva sonase en aquellas palmas por buler�as. Miranda viene enrachado, arreando, m�s o menos pulido, pero dispuesto a arrimarse como un jabato. Suyo fue el gran toro de la apretada corrida de El Parralejo, tambi�n muy empujada por el aliento del p�blico. Cort� tres orejas que pudieron ser cuatro con la gente exageradamente desbocada. Y pasadas las 21.00 horas ve�a Triana en volandas de nuevo.
A las 19.46, David de Miranda enterraba una estocada b�blica, seg�n hab�a salido el toro de su izquierda, all� mismo, fuera de las rayas. Fue el colof�n perfecto ese cierre por naturales a pies juntos para la faena; la lenta muerte de Secretario, sobre la boca de riego, fue la guinda exacta para su bravura. El palco o la presidenta Macarena Pablo Romero, mejor dicho, sac� con anticipaci�n los dos pa�uelos blancos y el azul a la vez, en medio del clamor, lo que propici� que la gente siguiera pidiendo no s� qu�. No creo que fuera el rabo. El toro, muy preparado como toda la corrida, apretado de carnes, musculado, desarroll� su brava condici�n en todos los tercios, bien por el pit�n derecho -a falta de un paso- y mucho mejor por el izquierdo -por donde s� se soltaba-. Miranda meti� al p�blico y al toro en la muleta con unos doblones poderosos, genuflexo, con el sello de su apoderado, un tal Ponce. El toreo por la derecha cont� con verticalidad y la ligaz�n, o la hilaz�n, de no soltar o vaciar el muletazo, y a izquierdas subi� muchos enteros. Al sexto le puso todo de su parte, un toro berrendo en negro, m�s alto y suelto de carnes, hasta que volvi� la plaza del rev�s con unas manoletinas inveros�miles, como agitaci�n �ltima para izarse por la Puerta del Pr�ncipe que lo esperaba entre palmas por buler�as.




















