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Cincuenta y tres años y dos dolorosas finales después, los New York Knicks han hecho historia este sábado convirtiéndose de nuevo en campeones de la NBA, tras derrotar a los San Antonio Spurs de Victor Wembanyama en el quinto partido. Los Knicks tienen uno de los nombres más potentes de la liga, quizás el pabellón más icónico del planeta, y sin duda la primera fila de aficionados más ricos y famosos del deporte profesional, pero hasta ahora sólo habían logrado dos anillos. El último fue en 1973. Habían estado cerca en 1994 y 1999, en la era de Patrick Ewing, Allan Houston, Latrell Sprewell o Rick Brunson, pero no lo suficiente. El ciclo, sin embargo, se ha cerrado esta semana con el propio Brunson en el banquillo como entrenador asistente y con su hijo Jalen como estrella indiscutible de la franquicia y MVP de las finales.
Brunson es mucho más que el corazón y el alma del equipo. En estas finales ha sido sus piernas, sus brazos y su cerebro. Anotando 45 puntos esta pasada madrugada (15 en el último periodo) y manteniendo la cabeza fría cuando el resto de la cancha enloquecía o se encogía por los nervios. Los Knicks han logrado ganar los tres partidos como visitantes en Texas y uno en casa (sólo perdieron el tercero, el único con la presencia del presidente Donald Trump) remontando en todos y cada uno de ellos. Hasta 29 puntos en la segunda mitad en el cuarto partido y 16 más este sábado. Con más espíritu que estrategia, con más fe y ganas que dibujos en la pizarra.
El resultado, 94-90, refleja la igualdad en toda la eliminatoria (todos los partidos estaban en cuatro o menos puntos de diferencia en el último minuto), pero no el caos vivido en la pista. Un festival de errores, malas decisiones, tiros absurdos e imprecisiones al que sólo Brunson y el rookie Dylan Harper (el cuarto novato capaz de encadenar partidos de más de 20 puntos en una final) parecieron capaces de poner orden y sentido en los minutos finales. Penetrando una y otra vez con facilidad ante una defensa desconocida. Iban 13 abajo en el tercer cuarto; siete puntos por detrás al empezar el cuarto, pero fueron recortando poco a poco ante la impotencia de unos Spurs sin sangre fría cuando más falta hacía.
La ciudad de Nueva York, llena de pantallas gigantes, con entradas que costaban 20.000, 30.000, hasta 150.000 dólares durante la final, estalló cuando Wembanyama, con casi 20 puntos esta noche, falló el último triple sobre la bocina. No hubiera servido de nada pero fue el cierre perfecto para una afición acostumbrada a ganar en otros deportes, pero cínica con el equipo de su vida.
Desde 1973, los Yankees han ganado siete Series Mundiales de béisbol. Los Giants, cuatro Super Bowls. Los Islanders, otras cuatro Stanley Cup de Hockey. E incluso los Mets, los Rangers y el Liberty han ganado un campeonato desde entonces. Sólo faltaban los Knicks, una de las franquicias legendarias junto a los Lakers, los Celtics o los Bulls, con una de las sequías más largas y extrañas del deporte profesional.
El triunfo adquiere además una dimensión especial porque cierra un círculo abierto desde 1999. Aquella vez, la última que los Knicks llegaron a las Finales, lo hicieron como octavos cabezas de serie, sorprendieron a toda la NBA antes de caer precisamente ante los Spurs de Tim Duncan y David Robinson. Veintisiete años después, habiendo sido terceros en su conferencia, con un balance bueno pero no espectacular (con una racha de nueve derrotas en 11 partidos en enero y otra opuesta de 8 victorias consecutivas justo después) el rival volvía a ser San Antonio, y con otro pívot especial y destinado al olimpo, pero el desenlace es radicalmente distinto.
En las primeras dos décadas del siglo, Nueva York vivió obsesionada con el anillo. Fueron años de travesía en el desierto, fiándolo todo al sueño de un salvador. Pasaron por el Madison Square Garden Stephon Marbury, Steve Francis, Carmelo Anthony, incluso el extraño fenómeno de Jeremy Lin. Hasta Phil Jackson por los despachos, pero faltó un plan coherente a medio o largo plazo.
La llegada de Leon Rose como General Manager en 2020 cambió esa dinámica. Los Knicks, sin perder o dejarse ir para asegurarse buenas elecciones del draft, empezaron a crear una cultura como la de antaño. El punto de inflexión fue la llegada de Jalen Brunson como agente libre en 2022, apenas unas semanas después del fichaje de su padre para el cuerpo técnico. Hoy parece una decisión obvia, pero entonces muchos analistas consideraron exagerado el contrato para un base que ni siquiera había sido All-Star. Y que incluso este año, sin votos para MVP de la temporada, se tuvo que conformar con una mención para el segundo mejor quinteto. Los Knicks vieron algo que otros no vieron y construyeron todo el proyecto alrededor de él. Y la jugada salió bien, con el base formando ya parte, en el imaginario colectivo, del selecto grupo que incluye a Patrick Ewing o Willis Reed.
Este año, el equipo puso al frente a Mike Brown, un entrenador que venía de 'resucitar' otra franquicia caída en desgracia, Sacramento, y que esta noche se ha convertido en el 15º head coach en la historia de la liga en ganar un campeonato en su primera temporada al frente de un equipo. Su primera gran decisión: mantener a Brunson padre en el staff, consciente de los singulares lazos en la franquicia y la familia Brunson. Rose es el padrino y ex agente de Jalen; y a su vez, el hijo de Rose, Sam, se convirtió en su agente cuando Leon aceptó el puesto de manager de los Knicks.
A partir de ahí, cada movimiento tuvo lógica interna. Josh Hart, OG Anunoby, Mikal Bridges o Karl-Anthony Towns. Ninguno de los mejores jugadores de la rotación de los Knicks esta temporada salió de una primera ronda del draft propia. De hecho, solo Mitchell Robinson (segunda ronda, 2018) fue drafteado por el equipo. En una ciudad acostumbrada a la impaciencia y a la presión mediática, Leon Rose desafió las convenciones, casi comportándose como una franquicia pequeña: buscando talento infravalorado, evitando movimientos desesperados y construyendo un proyecto sólido paso a paso, sin atajos. Funcionó.
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