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En el tórrido verano de 1851, el cólera se llevó por delante a más de cinco mil habitantes de Gran Canaria, aproximadamente el 10% de su población. Cuatro años antes, la isla tuvo que hacer frente a la irrupción de la temible fiebre amarilla, y la aparición del cólera se sufrió como una plaga de proporciones bíblicas en una población muy tocada. Los historiadores apuntan a los tripulantes de un barco procedente de La Habana, que ya presentaban síntomas de la enfermedad a bordo, como los presuntos culpables de la llegada de la enfermedad.

Rayco Pulido
Astiberri. 96 páginas. 18 ¤
La ausencia de alcantarillado, la falta de higiene y de servicios públicos, la extrema pobreza de buena parte de la población y una precaria asistencia sanitaria (sólo cinco médicos en servicio, apenas dos farmacias) fueron los factores clave para la propagación explosiva de la epidemia. La huida hacia los pueblos del interior de los vecinos que lograron escapar de la urbe ayudó a propagar la enfermedad por el resto del territorio insular, pero se calcula que alrededor del 30% de las muertes se concentraron en la capital, Las Palmas de Gran Canaria. Tras el fin de la epidemia, la isla estuvo aislada varios meses más para evitar contagios, lo que llevó al límite de sus fuerzas a sus pobladores.
El recuerdo de la epidemia se había disipado en 1971, cuando el escritor grancanario Claudio de la Torre publicó su última novela, Verano de Juan «El Chino». Aunque no menciona el nombre de la isla, el libro sobrevuela el episodio de cólera antes mencionado a través de los ojos y manos de Juan, «El Chino», un vagabundo que, al resultar inmune a la enfermedad, ejercerá las funciones de enterrador. La figura de Claudio de la Torre ha quedado sepultada por la continua pujanza de sus otros compañeros más célebres de la Generación del 27, pero en su momento gozó de los favores del éxito comercial y crítico.
Corresponsal de ABC en Londres, trabajó en la industria del cine de Hollywood y llegó a ser galardonado nada menos que con cuatro Premios Nacionales, tanto de literatura como de artes escénicas. Y es otro Premio Nacional, esta vez de cómic, quien se ha encargado de traer al presente la memoria del cólera y del escritor que lo glosó. Rayco Pulido (Telde, 1978), que obtuvo el galardón por su obra Lamia (Astiberri) en 2017, adapta la novela de Claudio de la Torre en un cómic portentoso que demuestra de qué manera deberían hacerse las adaptaciones literarias en los tebeos. No es su primera vez, ya que también adaptó a otro autor canario, nada menos que Benito Pérez Galdós, con Nela (Astiberri, 2013), un extraordinario trabajo de síntesis que convertía el folletín galdosiano Marianela en cómic de vanguardia.
Más de una década después de Nela, Pulido mantiene un registro gráfico propio e identificable, que ha afinado al máximo en Saquen sus muertos (Astiberri), la adaptación de Verano de Juan «El Chino», un tebeo que, a juicio de quien esto escribe, bien le valdría a Pulido un Premio Nacional más para su cuenta personal (otro tema, que no tocaremos hoy, es por qué un excelente autor de prestigio tiene que publicar su obra casi de lustro en lustro, debido a la obligación de compatibilizar trabajo artístico con crematístico).
El cambio de título obedece a la sobrecogedora frase, extraída de la novela, que Juan «El Chino» grita a los cuatro vientos para dar comienzo al cómic; el estremecedor requerimiento a los supervivientes para que dejen sus fallecidos en la carretilla de Juan, quien, acompañado por otros dos desclasados como él, un par de inmigrantes chinos, se encargará de darles sepultura. Pulido consigue que el eco del cólera reverbere en el recuerdo más reciente de la pandemia de 2020. Por eso, pese a la lejanía de aquel siglo XIX, las imágenes creadas por el autor son inevitablemente familiares para un lector del siglo XXI: los cadáveres bajo mantas, las filas de féretros. La caricatura casi geométrica de Pulido se basta para expresar el horror; en los rostros, en los escenarios infestados de ratas. Pero también la soledad, el aislamiento y la incertidumbre.
Con un blanco y negro purísimo, de máximo contraste, el autor teldense es capaz de cegarnos con el sol y la luz de un verano que se antoja insoportable. Y entre toda esa barbarie, prende la esperanza, representada por Juan, el trotamundos, convertido ahora en miembro de la autoridad y en ancla de la civilización en la ciudad devastada por el cólera. Un hombre bueno, a quien las circunstancias le han llevado a soportar una carga que realiza con resignación, pero con consciencia de su valor y necesidad. Juan no evita tampoco la violencia si la considera necesaria: es un hombre de acción y de pocas palabras, pero siempre se conduce movido por la idea de justicia. En la muerte se igualan ricos y pobres, pero hasta llegar allí, siempre habrá clases.
Pulido utiliza la historia de amor que se desarrolla entre Juan e Isabel, la superviviente de una casa palaciega (casi resucitada por un Juan transmutado en figura crística), para mostrar modos de vida antagónicos: la rica y aristocrática herencia de Isabel frente a la miserable orfandad de Juan. Pero también nos enseña cómo sólo el orden institucional es la única manera posible de disolver estas diferencias. La promesa de un mundo nuevo, purificado tras la epidemia, con reglas justas que serán acatadas por los ciudadanos, donde un vagabundo puede llegar a convertirse en alguien respetable. De esta, ya saben, saldremos mejores. O al menos eso fue lo que nos dijimos, para reconfortarnos.
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