






















Ninguna de las tres vive en su propia casa, pese a que las tres disponen de una con hipoteca requetepagada. Todas están viudas y se conocieron el pasado febrero en la primera videollamada de centenarias de España: 17 mujeres (una por comunidad autónoma) conectadas a través de un móvil adaptado para los que nunca han tenido uno. Ellas tampoco tienen ordenador ni tableta y mucho menos un smartwatch.
No había ningún hombre en la llamada porque, de los casi 20.000 ciudadanos españoles de más de 100 años -según los datos más recientes del Instituto Nacional de Estadística (INE), de 2024- 15.625 son mujeres, casi un 82%. Un aumento del 12% respecto al año anterior y la confirmación de la tendencia: desde hace una década, las centenarias son cada día más. La cifra se ha multiplicado por seis en las dos últimas décadas.
Mujeres que eran niñas durante la Guerra Civil, época en la que comenzaban a trabajar, madres en los años 50 y septuagenarias cuando arrancaba el euro, internet... y los teléfonos móviles. Miles de señoras que trabajaron sin descanso desde niñas hasta edades avanzadas, que empezaron a coser, limpiar y sembrar con poco más de 10 años, y que hace décadas que ya no trabajan. En su mayoría (más de 13.0000) viven en residencias para personas mayores, sobre todo en Castilla y León, Aragón, Cataluña, Madrid y Galicia.
Pero haberlas haylas en toda España, como pudo comprobarse en aquel encuentro virtual en el que todas las comunidades estaban representadas. La media de edad era de 103 años y, en total, sumaban 1.757. Según el artífice de la videollamada, el emprendedor Jorge Terreu, que no tiene ni 30 años, fue «la llamada más longeva del mundo».
Terreu es el creador de Maximiliana, un móvil diseñado específicamente para personas mayores y, en concreto, para los que, como las protagonistas de este reportaje, ya han superado un siglo de existencia y jamás han tenido uno. Son la generación desconectada, la que no conoce WhatsApp, ni Facebook, ni Instagram, ni YouTube. La que no sabe siquiera que con un móvil puede escuchar la radio, leer las noticias o comprarse un reposapies.
El origen de Maximiliana, que es el nombre de la abuela de Terreu, no es otro que la brecha digital: en 2020, este zaragozano estaba de Erasmus en Lyon (Francia) y no podía hablar con ella porque la señora «no se apañaba con los móviles». Debía esperar a que su madre le visitara en casa para poder charlar, así que decidió poner sus conocimientos informáticos al servicio del asunto y diseñó un sistema que se integra en los dispositivos telefónicos y facilita el acceso de los usuarios de edad avanzada a la tecnología.
Hoy Terreu no sólo es dueño de una empresa con más de un millón de euros en facturación -actualmente tiene casi 5.000 usuarios en España y otros 11.000 fuera del país-, sino que se puede colgar también la medalla de estar revolucionando las residencias de mayores en España.
Como una de las dos que hay en Daroca, a 100 kilómetros de Zaragoza. Se llama Santo Tomás de Aquino y allí vive Carolina Alcutén, de 102 años, desde hace 16. Viuda desde la década de los 80, no tuvo hijos, pero tiene infinidad de sobrinos con los que ahora se comunica más a menudo y, sobre todo, por iniciativa propia. «Llamo mucho a las de Cuenca, antes eran ellas las que siempre me llamaban a mí, pero ahora las llamo yo. Llamo a mi sobrina, que está en Alemania. Llamo a mis sobrinos en Teruel... Sólo tengo que tocar un botón y listo. A mí la verdad es que me está viniendo muy bien. Hoy mismo he hablado con un amigo», relata mientras se echa a reír, remarcando el género de su interlocutor.

Paca (102) vive en la Residencia Real Misercordia de Tudela, en Navarra.Paulino Oribe
Admite también que ha tardado un poco en animarse a tener móvil: «Hace dos años ya intentaron que lo usara pero acabé diciéndoles que mejor no porque no lo entendía».
Pero con Maximiliana las cosas son ahora algo diferentes. A Carolina la resulta más sencillo, empezando por el tamaño del artefacto en sí, que es mucho más grande de lo habitual (163 x 77 x 9 mm). La pantalla también es mayor de lo que solemos estar acostumbrados (6,53 pulgadas), pesa 198 gramos, tiene una batería de larga duración y es especialmente resistente a las caídas y a los golpes. Pero lo realmente significativo es cómo funciona. Por ejemplo: los contactos aparecen en la pantalla de inicio con grandes fotografías y, con tocar en ellas, se activa la llamada. El móvil alcanza su volumen máximo cuando alguien llama, hay un altavoz extra y, la joya de la corona, se descuelga sin tocarlo, automáticamente, para asegurar que en cualquier momento se pueda hablar con la persona. O al menos escucharla, aunque no responda.
Esto es especialmente valioso en el caso de Francisca Ducha, que tiene 102 años y vive en la residencia Real Misericordia de Tudela, en Navarra, donde viven casi 200 personas, en su mayoría mujeres.
Paca -como la llaman aquí- es un torbellino con tacataca, o andador, como suele decirse en el caso de que lo usen personas mayores o con movilidad reducida. La esperamos en el recibidor y llega vestida con traje negro y camisa blanca como si fuera Diane Keaton, con un broche en la solapa -detalle que se repite en todas las centenarias visitadas- y un montón de pulseras en las muñecas. Algo maquillada y bastante contenta de que le entrevisten, saluda -«tú eres la de Bilbao, ¿no? Paulino, tú te llamas como mi padre...»- y advierte de que tiene «muchas cosas por contar».
"Llamo a mi sobrina, que está en Alemania. Llamo a mis sobrinos en Teruel... Sólo tengo que tocar un botón y listo"
Carolina Alcutén, 102 años
Ella misma nos dirige a una sala de reuniones que ha cedido la residencia para charlar, previo paso por una sesión fotográfica en la que enseña su habitación plagada de fotografías y detalles de una vida hecha al espacio. Arranca: «He limpiado el Colegio Nuestra Señora de Lourdes de Tudela durante 30 años, de rodillas. He pasado 42 años en una casa, limpiando, cocinando y criando a los tres hijos de la familia. De niña, hacía alpargatas en casa, de cáñamo, porque era a lo que se dedicaban mis padres».
A su lado está Luis González, su hijo, al que apodan Jabonero porque ésa fue la profesión de su padre, el marido de Paca, que tiene otra hija en Barcelona, cuatro nietos y cuatro bisnietos. Pero le falta Marta, una de sus nietas: «Era violinista, tenía 42 años, estaba casada, murió hace cinco años». Luis, padre de la artista, asiente desde el otro lado de la mesa, pero a ninguno se le escapan las lágrimas. Así que aprovechamos para cambiar de tercio.
-Paca, ¿qué tal con el teléfono nuevo, ¿se apaña?
-Se me olvida en la habitación, pero cuando estoy en mi cuarto lo tengo siempre a mi lado por si me llaman.
«No hace mucho caso...», interviene su hijo Luis, «pero yo le llamo cada tarde y, como el teléfono se descuelga solo en cuanto llamas, escucho la telenovela de fondo y ya sé que todo va bien...».

Carmen (104) nació en Irún y vive desde hace 12 años en la residencia San Lázaro de Calahorra.Paulino Oribe
La de Paca es la generación que se halla más al margen de la digitalidad en nuestro país, miles de mayores que viven excluidos de la sociedad tecnológica. Personas que no han hablado nunca con una inteligencia artificial, que jamás han compartido una foto de su comida en Instagram porque ni siquiera saben lo que es una red social. Y eso que nuestras protagonistas se quejan poco, pero todas hablan de la comida que les ponen en su residencia. Dice Paca que «anoche pusieron merluza» pero ella tomó «caldo y yogur». «Merluza, dicen, como si no supiera yo lo que es una merluza...».
Sus realidades, sin embargo, no están atravesadas por una conexión a la red. Ellas no miran el móvil nada más despertarse. Carolina, que aprendió a coser con 14 años y no ha dejado de hacerlo hasta hace muy poco, dice que se levanta a las ocho de la mañana y desayuna tranquilamente en la habitación. Y Paca, que se despierta a la misma hora, lo primero que hace es la cama y, después, lavar su ropa.
Ellas son, según el informe La brecha digital en España, estudio sobre la desigualdad postergada, publicado en 2025 y elaborado por UGT con datos de Eurostat, el INE y el Observatorio Nacional de Tecnología y Sociedad, parte de esos «más de 3,5 millones de mayores de 65 años que no usan nunca internet ni servicios digitales básicos». Una brecha, según el estudio, que limita su acceso a la salud, a la administración y a herramientas para combatir la soledad. En términos absolutos, «cerca del 10% de la población española vive al margen de internet, y el 83% de esos ciudadanos son personas mayores».
"El acceso a derechos básicos pasa por una pantalla. Si no acompañamos a quienes se han quedado atrás, estamos ampliando la brecha social con una nueva forma de exclusión"
José Manuel Azorín, presidente de EmancipaTIC
La brecha es más amplia aun porque afecta a más de seis millones de personas mayores de 65 años, según datos del INE, de 2024, y para los especialistas en envejecimiento es el gran factor de riesgo para su autonomía y su seguridad. Especialmente tras la pandemia del coronavirus, pues aumentó el número de gestiones administrativas y sanitarias que se realizan de forma online en lugar de presencialmente. Mientras casi cuatro millones de españoles no acceden nunca a la red, menos de la mitad de las personas entre 65 y 74 años la emplea de forma regular, principalmente porque no saben hacerlo, lo que aumenta notablemente su vulnerabilidad frente a las ciberestafas.
Hacer operaciones del banco de forma online o simplemente pedir una cita con el médico a través de la app de la Seguridad Social son hábitos comunes del resto de españoles a los que muchos no han conseguido aún acceder, expone el informe Mayores frente a la IA: desafíos, oportunidades y derechos, elaborado por EmancipaTIC, una asociación intergeneracional que aboga por construir una sociedad digital completamente emancipada.
Para su presidente, José Manuel Azorín, «el acceso a derechos básicos pasa por una pantalla». Y denuncia: «Si no acompañamos a quienes se han quedado atrás, estamos ampliando la brecha social con una nueva forma de exclusión». Una situación especialmente compleja para España si tenemos en cuenta que es el país europeo con mayor esperanza de vida, 84 años, una cifra que se sitúa muy por encima de la media comunitaria, que es de 81, según Eurostat. En el podio están también Italia y Malta (83), liderando el fenómeno mundial de lo que los expertos llaman «el envejecimiento del envejecimiento» junto a Japón, Finlandia, Suecia, Grecia y Alemania, según recoge el último informe al respecto de Naciones Unidas (2023).

Carolina, 102 años, vive en la residencia Santo Tomás de Daroca (Zaragoza).TONI GALÁN
El término lo trae a colación Laura Ponce de León, trabajadora social, psicóloga clínica y doctora en Psicología del Envejecimiento. «Aparece por primera vez en un informe del Imserso sobre personas mayores del año 2003, para definir el éxito de la longevidad, pero en aquel momento se empleó para señalar que las cifras de personas octogenarias empezaban a aumentar. Ahora el contexto es otro porque, en 2026, el éxito de la longevidad sucede con personas centenarias y principalmente mujeres. Así que de lo que estamos hablando ahora mismo es de un éxito de la supervivencia».
Para esta especialista de los grandes retos de las personas más mayores -se calcula que en España habrá 225.000 centenarios en 2070-, «después de la pandemia todos hemos asumido la no presencialidad sin pensar demasiado en los que viven al margen de la digitalidad», pero matiza: «La cuestión no es tanto tener un móvil o un ordenador, como saber usarlo». Las pantallas táctiles y no de tecla son especialmente complicadas para las centenarias.
Le cuesta mucho a Carmen Porres (104 años), que nació en Irún el 17 de enero de 1922 y, como su padre era ferroviario. Se mudó a Calahorra (La Rioja), donde había trabajo, junto a la madre y sus cuatro hermanos. Desde muy jovencita, como Carolina, aprendió a coser en el taller de una modista de la que acabó heredando su clientela y, con 23 años, se casó con Benito, en cuya empresa de administración acabó trabajando, mano a mano, pateándose todos los edificios burocráticos de La Rioja. Junto a él también cuidó durante décadas de su hijo José Luis, que padecía una enfermedad rara y murió pronto. Pero está más reciente el fallecimiento de su hijo Fernando, hace cinco años. Carmen se sincera: «¿Qué hago yo aquí, mientras mi hijo se ha muerto? No lo entiendo».
"Más que digitalidad, las personas centenarias lo que necesitan es tener la seguridad de que cuentan con alguien"
Laura Ponce de León, trabajadora social
Sabe, sin embargo, que tiene un entorno privilegiado porque que se mantiene presente, sea presencial o virtualmente. Tal y como señala Ponce de León, «más que digitalidad, las personas centenarias, los más mayores, lo que necesitan es tener la seguridad de que cuentan con alguien, y que si les pasa algo no estarán solos».
Carmen vive desde que muriera su marido, hace 12 años, en una de las tres residencias que hay en Calahorra. Se llama San Lázaro y en donde nos recibe junto a su nuera Montse, viuda de su hijo Fernando y madre de sus nietas, Natalia y Carmen. Es ella la que cuenta que «Carmen no usa tanto Maximiliana porque está acostumbrada a un teléfono antiguo con el que ya se manejaba, aunque sólo para llamar y recibir llamadas». «Uno de tapita», añade Mónica, reciente directora de la residencia, para destacar cómo de antiguo es el dispositivo.
La que sí lo usa mucho es Carolina, que al inicio de este reportaje relataba cómo ahora habla más con todos sus sobrinos, que entre los de su marido y los propios se acercan a los 50. Cuando este periódico va a visitarla es lunes de Semana Santa, no hay colegio, y le han ido a visitar, desde Teruel, a unos 100 kilómetros, su sobrina María Victoria, sus sobrinos nietos Raquel y Antonio Ros y sus sobrinos bisnietos, Thais, de 13 años, y Leo, que tiene nueve.
Se observa cierta costumbre en la forma en que Thais coge de la mano para usar el ascensor a la tía abuela favorita de su madre, que aprovecha para contar que le ha traído «las cosas que Carolina le había pedido»: «Una crema de cara, laca Nelly y chocolate negro». En una bolsa de papel de la que nuestra centenaria no pierde cuenta.
«También le hemos traído alguna alhaja», apunta María Victoria que, más tarde, mientras Carolina es fotografiada y no le oye dirá: «Nos ha cuidado a todos, veníamos a Daroca a pasar el fin de semana con ella todos los sobrinos, no veas cómo cocinaba, nos cogía los bajos, nos arreglaba la ropa...». A la pregunta de en qué ha cambiado su relación desde que Carolina tiene un teléfono móvil, María Victoria señala que «poder hablar mucho más supone también un descanso, al tenerla constantemente localizable». «Le ha costado», apunta Raquel, «pero ya le ha cogido el tranquillo».
Otra de las particularidades del dispositivo Maximiliana es que, en un mismo teléfono, pueden conectarse no sólo los usuarios sino también sus familiares, a través de lo que Terreu denomina «aplicación de control». «Ahora mismo, 20.000 familiares, entre hijos, nietos, sobrinos y hermanos, pueden ver cualquier cosa del móvil, empezando por la ubicación», amplía. Está «súper orgulloso» también de otro dato: «Cada semana, gestionamos 120.000 llamadas de personas que antes no estaban conectadas, que tenían un móvil de teclas o que no tenían móvil. Para mí es una alegría enorme, son un montón de horas de compañía que antes no existían. Ayudarles a conectarse a los 100 años es ayudarles a vivir mejor y eso a mí me llena de ilusión, especialmente cuando pienso en que todo empezó por mi abuela».
Ha sido todo tan rápido que Terreu aún se sorprende cuando ve a una persona mayor por la calle con Maximiliana en la oreja. «Es un pequeño shock, pero claro, es que ya lo usan muchos y es importante en la comunicación de muchos mayores con su familia».
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