Considerando en fr�o

Mar�a Jes�s Montero, tras su comparecencia en Sevilla una vez conocidos los resultados del 17-M.
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Visto lo visto, debimos haber enviado a Mar�a Jes�s Montero a Eurovisi�n. Dotes para el histrionismo m�s o menos involuntario nunca le faltaron, y ten�a bastante m�s que ganar en Viena que en Sevilla. En su descargo, siendo piadosos, podr�amos alegar que ella era muy consciente de sus limitaciones cuando se resisti� a cumplir el encargo org�nico de su se�orito. La mujer m�s poderosa del conjunto de la democracia seg�n ella misma no reun�a el poder suficiente para plantarse ante Pedro y negarse a bajar al matadero andaluz. Pero �l se le dio todo y �l se lo quit�. Bendito sea aquel en cuyo nombre son sacrificados los candidatos socialistas de todas las elecciones.
De las cenizas de la candidatura de Montero se eleva ahora el humo de cien interrogantes. �Recoger� el esca�o o volver� a Madrid? �Recuperar� su plaza en el hospital o tomar� posesi�n de alg�n puesto discreto y bien retribuido a trav�s de una puerta giratoria pactada con Pedro? Si conocemos bien al jefe del tinglado, la perdedora deber� quedarse hasta las generales sofocando hipot�ticos conatos de rebeli�n en el socialismo andaluz: a ser posible prometiendo zanahorias; y si no, llenando las camas de alcaldes d�scolos con las innumerables cabezas de caballo que custodian los archivos de Hacienda. Porque el plan de Pedro nunca fue elegir a los m�s competitivos sino a los m�s obedientes y menos escrupulosos. La gente se pone nerviosa si ve perdida su n�mina p�blica en las auton�micas y municipales de la pr�xima primavera.
Nadie espera que Pedro S�nchez salga a dar la cara. A estas horas Mar�a Jes�s Montero ha ingresado ya en el f�nebre club de los grandes desconocidos: ahora el foco es para Salvador Illa en onerosa coyunda con Oriol Junqueras. Por eso har�a bien el PP en seguir arm�ndose de paciencia: la combusti�n del sanchismo es irreversible pero lenta. La tesis de la convocatoria anticipada de generales en caso de debacle del PSOE que avent� Juanma Moreno en la recta final de la campa�a solo persegu�a movilizar el voto antisanchista, pero sospecho que no se la cre�a ni �l. Feij�o tiene razones para estar contento, pero tiene muchas m�s para ser prudente. A la carrera hacia La Moncloa a�n le quedan etapas, y debe concentrarse en ganarlas una a una.
Moreno encarna el triunfo de la v�a templada hacia la hegemon�a, pero tambi�n delata las propias limitaciones del centro
A partir de hoy queda inaugurada la precampa�a de generales m�s larga de la historia. La agenda judicial, la par�lisis parlamentaria y el petardo econ�mico con �nfulas de cohete seguir�n agrietando las paredes del b�nker monclovita, apuntaladas apenas por los socios de la rep�blica confederal con la que sue�a Iv�n Redondo. Pero Feij�o no combate tanto contra el manual de resistencia del sanchismo como contra la trampa an�mica de la impaciencia del cambio. Un a�o es mucho tiempo: el ciudadano reeducado en la cultura de la inmediatez digital y de la liquidez emocional puede atravesar por muchas fases todav�a de aqu� a las generales.
Hay millones de espa�oles con el voto decidido, pero los que decantan el poder son los dudosos, los apol�ticos, los que van y vienen de la abstenci�n al colegio. Juanma Moreno encarna el triunfo de la v�a templada hacia la hegemon�a, pero tambi�n delata las propias limitaciones del centro, menos el�stico de lo que esta Espa�a permite. El cabreo sigue siendo transversal: hay una extrema izquierda nacionalista que recoge a los desencantados de la CoPro (Coalici�n Progresista) y hay un votante de derecha irreductible que -elecci�n tras elecci�n, machaconamente- subraya la mayor�a predilecta para una mayor�a de espa�oles: la que suman PP y Vox. Condenados a entenderse, en�simo aviso.
M�s all� de matices ideol�gicos y territoriales, Feij�o tiene un a�o para aprender a administrar el fuego de la impaciencia sobre el paisaje de cenizas del sanchismo.






















