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Un hombre apodado Kiki Dios recibe un balazo en la cabeza. Su sangre se desparrama por la calle Balmes número 192. El sicario no respetó ni a la ley humana ni a la divina. Apretó el gatillo frente a una comisaría. El Papa León XIV estaba justo en Barcelona y la ciudad estaba blindada. A las 9:50, cuando comete el asesinato, estaba relativamente cerca, a metros de su recorrido camino de la cárcel de Brians 1. Esa noche el Santo Padre había dormido en el Palacio Arzobispal, a 2.500 metros del escenario del crimen. Desde ese día se ha tratado de identificar al verdugo y al muerto. Al sonido seco del disparo siguió el estupor de los transeúntes.
La tardanza en identificar al ejecutado se debió a que tenía múltiples identidades. Sus allegados le llamaban Kiki. Su madre, quien siempre defendió su inocencia, le conocía como Dios. Su nombre en su documentación auténtica es Kristijan Aslanovic, de origen serbio. También le conocían como Grcic. En lenguas eslavas, «el griego».
La primera vez que su nombre se hizo público fue por un caso de asesinato también. Ocurrió en Bélgica, hace más de 24 años, en abril de 2002, en Malinas, una localidad al norte de la región de Flandes. Serena y hermosa. Era una zona donde este crimen estremeció a los vecinos de un lugar en el que los delitos más comunes eran los robos de bicicletas. En esa ocasión, el arma fue una UZI, el famoso subfusil de origen israelí. Una veintena de disparos —munición de 9×19 mm Parabellum— acribillaron a Ahmed Hares Mahmoudi. En ese asesinato, Kiki Dios estaba allí.
Este caso le llevó a juicio un lustro más tarde. Kristijan pasó un año y medio en prisión preventiva. Poco a poco se fue sabiendo lo que había ocurrido para que mataran a Ahmed Hares. El día de su muerte, Kiki, aún veinteañero, acompañaba al afgano Fahim Eshaghzey, cuñado de Hares. También estaba presente Ahad Eshaghzey, su primo, quien fue acusado también. El matrimonio entre Hares y la hermana de Fahim había sido concertado. «La víctima criticaba a su esposa por no comportarse como una mujer musulmana y por no usar velo. Las discusiones eran frecuentes y la esposa era golpeada repetidamente», relataba el medio belga La Libre.

A Kiki, veterano del crimen organizado europeo, un sicario grabado a cara descubierta le asesina el 10 de junio, en una de las zonas más seguras de Barcelona. No se ha desvelado aún su identidad.
«Tres semanas antes del asesinato, Rita regresó a vivir con sus padres, llevándose consigo a su hijo. La noche del incidente, Hares robó las placas de los autos de su esposa y su suegro...». Se pretendió relacionar el asesinato con un crimen por honor.
En cambio, «Hares les dijo a sus familiares que sus suegros habían planeado matarle porque había encontrado documentos que demostraban que su esposa participaba en actividades ilegales». Fahim fue en su búsqueda junto a su amigo Kiki y su pariente Ahad. Y vació el cargador de la UZI contra Hares. Tras el juicio por el asesinato, el hombre que años después moriría en la calle Balmes fue absuelto. Pero su ascenso en el mundo del crimen belga no cesó. Tenía los galones de su paso por la prisión pese a ser declarado no culpable. Sería, además, un nexo entre Afganistán y los Balcanes. Antes del reinado de la Mocro Maffia, Kiki Dios ya estaba allí.
Tras su absolución, poco se supo de Kristijan Aslanovic. Hasta 2017, cuando «fue condenado a seis años de prisión en Amberes por el intento fallido de recuperar un cargamento de cocaína», rememora Sam Reyntjens, reportero de policiales de la Gazet Van Antwerpen, quien identificó plenamente al narco. «Junto con dos cómplices, fue detenido en uno de los muelles de fruta del puerto de Amberes. El contenedor contenía 75 kilogramos de cocaína».
Desde entonces permaneció desaparecido para los medios. Hasta que le mataron a sangre fría en España. Poco se sabe de su mudanza a Barcelona. Ha trascendido que sus nexos los había extendido con mafias de la droga de Latinoamérica. Se especula con una huida frustrada de sus enemigos. Hoy Bélgica vive una batalla sin cuartel entre distintos clanes de la droga. Las investigaciones de los Mossos no cierran, por ende, ninguna puerta. Menos cuando hay una disputa abierta de los Skaljari contra los Kavac en la comunidad que gobierna Illa. Como ha publicado Crónica, es una «guerra entre clanes montenegrinos que ya deja muertos y tiroteos en Cataluña».
El asesinato de Kiki sigue sorprendiendo por el escenario. Es una de las mejores zonas de la Ciudad Condal, siempre considerada segura. Y más cuando había miles de agentes en las calles por la presencia del Santo Padre.
El sexto asesinato por arma de fuego en Barcelona se conoce como Caso Diamante. Del sicario, a pesar de haber actuado a cara descubierta y de que los agentes han localizado el arma, no se sabe apenas nada. Está su imagen, cuasi cinematográfica, con la pistola en la mano, pero su identidad no se ha desvelado aún. La demora en su detención ha llegado incluso al Parlament.

El cadáver de Aslanovic en plena calle Balmes, frente a una comisaría.
El president Salvador Illa, en sus horas de popularidad más bajas, ha asegurado, rotundo y con datos en la mano, que «Cataluña no es Ciudad Juárez». Que «se va a detener a quien cometió el asesinato, será puesto ante las autoridades judiciales y lo pagará». Los Mossos son más cautos. La identificación de Kiki Dios, gracias a sus huellas digitales, es un paso más.
Otro dato preocupante es la proliferación de armas de fuego para cometer crímenes, como anticipó este suplemento hace un par de semanas. A los Mossos les sorprende que estos tiroteos entre mafias «pasen en un corto periodo de tiempo». Con evidente impunidad, en plena Barcelona, a plena luz del día, en bares, en las entradas de los portales. Las autoridades intentan evitar que los barones de la droga se asienten. Lo que vemos son una suerte de «puntas de lanza de estas organizaciones». El temor: «Que si logran implantarse, entonces será muy difícil extraditarles».
El fin sin compasión de Kiki Dios, un narco con nexos con los Balcanes, Afganistán y Latinoamérica, que se movía por los bajos fondos del puerto de Amberes, da más alas a ese miedo.
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