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El inter�s europeo ante Ir�n
Ana Palacio · 2026-05-02 · via Portada

El conflicto iran�, en el que ha de inscribirse el aldabonazo de Emiratos �rabes Unidos, no puede tratarse s�lo como asunto que incumbe zanjar a Estados Unidos, aunque haya sido quien inici�, junto con Israel, esta fase ofensiva de una contienda que lleva casi medio siglo en el retrovisor estrat�gico norteamericano y en el imaginario pol�tico del r�gimen de los Ayatol�s. Tampoco puede leerse como expediente regional, ni siquiera como problema de desbordamiento del riesgo de proliferaci�n. Lo que hoy se dirime con Teher�n afecta a algo m�s amplio: la relaci�n entre poder, reglas universales, estabilidad de una extensi�n de la que dependen la energ�a, el comercio y, en buena medida, la propia consistencia del orden internacional.

Por eso importan los t�rminos del disputado marco de soluci�n. El sumario nuclear sigue siendo central, y con raz�n. El Organismo Internacional de Energ�a At�mica contin�a sin poder ofrecer garant�as concluyentes sobre el car�cter exclusivamente pac�fico del programa iran�, de modo que nadie serio puede defender que abordarlo no es imprescindible. El dato novedoso es que el nuclear ya no se considera de manera aislada. Washington lo est� vinculando expresamente a Ormuz, y no es irrelevante que, en una entrevista para Fox News el pasado lunes, Marco Rubio haya designado el estrecho como "economic nuclear weapon". La f�rmula podr� parecer enf�tica, pero capta bien la l�gica prevalente: la aptitud de cerrar o condicionar uno de los destacados chokepoints (estrangulamientos) del planeta se ha erigido en coerci�n estrat�gica equiparable, por sus efectos, al arma at�mica. Para Europa, �sa es una calificaci�n que no debiera caer en saco roto.

Porque el inter�s europeo ante Ir�n no empieza ni acaba en Natanz, ni en Fordow, ni en el uranio enriquecido enterrado o trasladado. Estriba en impedir que la coerci�n mar�tima se normalice como instrumento leg�timo de poder. Y Ormuz no es un episodio colateral, sino el meollo del enfrentamiento actual. Cuando se pone en cuesti�n el tr�nsito en un estrecho por el que pasa una parte sustancial del petr�leo y del gas comercializados en el mundo, lo concernido no es s�lo el Golfo. Se ven comprometidas las cadenas de suministro, la seguridad energ�tica, los precios y, por �ltimo y esencial, el principio mismo de los grandes espacios comunes que no debemos permitir se tornen en rehenes de una estrategia de extorsi�n.

En este punto, la secuencia desarrollada en Naciones Unidas resulta extraordinariamente elocuente. La presidencia de turno barein� del Consejo de Seguridad (correspondiente a abril) impuls� una resoluci�n sobre la protecci�n del tr�fico comercial en Ormuz. El contenido fue rebajado para hacerlo aceptable, pero aun as� Rusia y China lo vetaron el d�a 7, poniendo como excusa que defender la libertad de los mares en el contexto de la guerra con Ir�n equival�a a tomar partido. El lunes 27, pr�xima a entregar el testigo a la siguiente cabecera que ocupar� Pek�n y renunciada la ambici�n inicial, Manama celebr� un debate de alto nivel sobre seguridad mar�tima.

En �l habl� el embajador de la Uni�n Europea, Stavros Lambrinidis. Su intervenci�n fue caricaturesca de un reflejo muy bruselense: reafirm� principios impecables y, junto a ellos, enhebr� un inventario de peligros que culmin� en retah�la de contribuciones y dispositivos -IRINI en el Mediterr�neo, ASPIDES en el mar Rojo, ATALANTA en el Cuerno de �frica, las presencias mar�timas coordinadas en el Golfo de Guinea o programas varios de capacitaci�n financiados por la Uni�n-, sin duda todos meritorios en su propio �mbito. Pero, ante una crisis que exige enfocar Ormuz y lo que all� se juega, ese cat�logo transmite m�s bien la ineptitud para jerarquizar que aflige con frecuencia a las instituciones comunitarias. El contraste con Singapur y, en particular, Tokio fue revelador; ambos, simb�licamente, enviaron a ministros a una comparecencia en la que defendieron con claridad sus intereses en el mantenimiento del sistema. Jap�n, adem�s, alert� sobre las consecuencias que un precedente de esta naturaleza podr�a tener en el mar de China Meridional, extremo que suscit� una �spera r�plica del Imperio del Medio.

En ese panorama de tensiones, Emiratos �rabes Unidos anunci� el martes 28 su salida de la OPEP y la OPEP+ a partir del 1 de mayo. Abu Dabi la explica como medida econ�mica, ligada a su espectacular expansi�n de capacidad de producci�n que hoy ronda los 5 millones de barriles por d�a y a su pol�tica de diversificaci�n. Pero ser�a ingenuo no ver tambi�n su dimensi�n estrat�gica. En plena guerra con Ir�n y en un �rea donde la seguridad y la energ�a vuelven a entrelazarse, la mudanza emirat� indica que en la regi�n ya se est�n sacando conclusiones del nuevo entorno. Mientras Europa sigue discurseando, afinando matices y refugi�ndose en f�rmulas equilibradas, en el Golfo se recolocan los actores. Emiratos se mueve. Arabia Saud� mide el alcance del desplazamiento. Y Washington gana margen en una zona donde durante demasiado tiempo se daba por supuesto que todos prefer�an la ambig�edad.

Ah� aparece, en toda su crudeza, el problema que nos aqueja. Europa sabe perfectamente lo que Ormuz significa. Francia y Gran Breta�a organizaron en abril una conferencia con unos cuarenta pa�ses para explorar una misi�n defensiva de libertad de navegaci�n. Despu�s hubo en Londres conversaciones militares sobre esa eventual operaci�n. Pero, por el momento, no consta que hayan trascendido del papel. Hay lucidez, hay lenguaje, hay reuniones. Carecemos (�todav�a?) de la decisi�n de convertir esa conciencia en determinaci�n visible traducida en hechos. Y �sa es insuficiencia grave.

Porque, en un mundo caracterizado por la irrupci�n brutal de los intereses en la diplomacia, la Uni�n sigue comport�ndose como si bastara con invocar principios, enumerar riesgos y programas para dar por cumplido el expediente y exonerarse de responsabilidad. No basta. La apertura de los mares no se apuntala con una letan�a de referencias a la Convenci�n de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (UNCLOS, por sus siglas en ingl�s), a los cables submarinos, a la pirater�a, a la flota fantasma rusa y al crimen transnacional. Todo eso cuenta, pero no sustituye la necesidad de priorizar y que lo decidido cuaje en iniciativa. Europa no puede quedarse en palabrer�a; precisa dejar patente que est� dispuesta a defender la apertura de los mares con medios, con presencia y con la voluntad pol�tica de, llegado el caso, actuar en consonancia.

No se trata de seguir acr�ticamente a Washington ni de aplaudir los, a menudo impulsivos -cuando no err�ticos- movimientos de Trump. Tampoco de pasar por alto la violencia y los excesos que distinguen el desempe�o actual del ej�rcito israel�, incompatibles con los valores que defendemos. Se trata de algo m�s comprometido: reconocer d�nde est�n nuestros intereses. Y esos intereses no est�n en una equidistancia biempensante que confunde complejidad con indecisi�n. Est�n en un Ir�n sin arma nuclear, en impedir que revitalice impunemente a sus apoderados en el cintur�n de fuego que rodea a Europa, en que Ir�n no consiga normalizar la coerci�n sobre Ormuz, ni hacer de la vulnerabilidad mar�tima del sistema una herramienta estable de chantaje.

Si Europa no extrae consecuencias, otros s� lo har�n. Y entonces descubriremos que la ambig�edad -la cierta equidistancia- no manifiestan prudencia, sino impotencia. Ha llegado la hora de dejar de abordar los desaf�os como si nombrarlos y analizarlos resultara en exorcismo terap�utico. Frente a Ir�n, los europeos no est�n obligados a sumarse a intervenciones ofensivas. S� tienen el deber de afirmar con actos que la libertad de los mares constituye para ellos un inter�s existencial y que est�n dispuestos a defenderlo m�s all� de la ret�rica. �sa ser�a, por una vez, una forma adulta de operar.