


























Lucas de la CalCorresponsal Shanghai
Actualizado
La inteligencia artificial ya asoma como nuevo gran laboratorio farmacéutico global. Y China pretende liderarlo. En el gigante asiático se acaba de presentar GalaxyVS, una plataforma de descubrimiento de fármacos impulsada por IA y alimentada por una nueva generación de supercomputadoras que son capaces de reducir la fase inicial de búsqueda de moléculas candidatas de años o meses a apenas segundos. Así lo han asegurado los investigadores chinos en un anuncio que también simboliza hasta qué punto la superpotencia ha dejado de ser la fábrica barata de medicamentos genéricos para convertirse en uno de los principales centros mundiales de innovación biofarmacéutica.
El proyecto, desarrollado por el Centro Nacional de Supercomputación de Tianjin, supone un salto gigantesco en una de las etapas más lentas y costosas de la investigación farmacéutica: el cribado molecular. Tradicionalmente, los científicos deben analizar millones de compuestos químicos para encontrar moléculas capaces de unirse a una determinada diana biológica asociada a una enfermedad. Ese proceso puede tardar años y consumir miles de millones de dólares antes siquiera de que un medicamento llegue a los ensayos clínicos.
Según explica Li Peishun, investigador del centro, la nueva plataforma puede completar en menos de un minuto una búsqueda sobre bibliotecas químicas de hasta 100.000 millones de moléculas. "Su rendimiento diario alcanza una velocidad que multiplica por un millón el récord previo de supercomputación aplicado al descubrimiento de fármacos", asegura. Li añade que todo esto permitirá acelerar el hallazgo de tratamientos para tumores, enfermedades neurodegenerativas, patologías raras o futuras enfermedades infecciosas emergentes.
En la nueva era de la IA, en la carrera para comprimir años de investigación en cuestión de horas, China parte con ventaja: controla buena parte de la cadena de suministro farmacéutico y dispone de un ecosistema gigantesco de datos clínicos, investigadores cualificados, mucha financiación estatal y enorme capacidad industrial.
Hace apenas 15 años, Pekín ocupaba un lugar marginal en la innovación farmacéutica. Su papel consistía principalmente en fabricar genéricos baratos y suministrarlos a las multinacionales occidentales. Pero hace un par de años, superó por primera vez a Europa como generador de nuevos principios activos. En 2010, el país asiático representaba menos del 8% de los ensayos clínicos globales. Ya ha superado a Estados Unidos y Europa en número anual de estudios registrados.
Las farmacéuticas occidentales ahora dependen cada vez más de los laboratorios chinos para descubrir nuevas moléculas. Yanzhong Huang, investigador sénior en salud del think tankConsejo de Relaciones Exteriores, sostiene que "China domina la producción mundial de principios activos genéricos en categorías terapéuticas clave y se ha convertido en un pilar indispensable de la cadena de suministro".
El dominio industrial es abrumador. Cerca del 80% de los químicos utilizados para fabricar principios activos farmacéuticos se producen en China, que concentra entre el 70% y el 80% de la producción mundial de principios activos de antibióticos y alrededor del 80% del suministro global de heparina. Un análisis de la Farmacopea de EEUU reveló que casi 700 medicamentos aprobados en el mercado estadounidense dependen de al menos un componente fabricado exclusivamente en China.
La dependencia europea también es cada vez más profunda. En Alemania, tres cuartas partes de los principios activos utilizados en antibióticos importados proceden de China. En España, el Real Instituto Elcano alertó hace años de la creciente vulnerabilidad de las cadenas de suministro farmacéuticas frente a Pekín. Empresas chinas como Techdow Pharma o Qilu Pharma han desembarcado en el mercado español mientras compañías europeas trasladan producción al gigante asiático incapaces de competir con sus costes.
"China ya no es simplemente el taller farmacéutico del mundo; se está convirtiendo en uno de los principales desarrolladores de fármacos", resume el investigador Huang. El año pasado, Pfizer acordó pagar 1.250 millones de dólares para licenciar una inmunoterapia contra el cáncer desarrollada por la china 3SBio, el mayor desembolso inicial jamás realizado por un activo farmacéutico chino. Otro laboratorio chino, Akeso, logró que su anticuerpo superara a otro del gigante alemán Merck en un ensayo clínico de fase 3 para cáncer de pulmón, algo inédito hasta ese momento.
"El ascenso chino se explica por inversiones masivas del Estado, reformas regulatorias para acelerar ensayos clínicos, incentivos fiscales, un enorme mercado interno y una estrategia industrial diseñada a largo plazo", explica Huang. Todo ello acompañado de un ecosistema académico y tecnológico cada vez más sofisticado que ahora incorpora la IA como acelerador decisivo.
La ambición de Pekín va más allá del negocio. Los medios oficiales llevan años promoviendo la idea de una "ruta de la seda de los medicamentos", destinada a expandir la influencia farmacéutica china en el Sur Global. África ocupa un lugar central en esa estrategia. Empresas chinas ya construyen plantas de producción de insulina, antibióticos o antirretrovirales en países como Nigeria, Senegal o Costa de Marfil.
Sin embargo, el auge de China también genera inquietud en Occidente. La Unión Europea presentó este año una Ley de Medicamentos Esenciales para reforzar la producción local de más de 200 fármacos críticos y reducir la dependencia de proveedores asiáticos. Porque el riesgo ya no es únicamente económico. "El control de China sobre la cadena de suministro crea vulnerabilidades estructurales", advierte Huang. "Cualquier interrupción significativa, ya sea por un conflicto geopolítico, una pandemia o restricciones a la exportación, puede propagarse rápida e impredeciblemente por todo el sistema sanitario mundial".
Mientras tanto, China acelera para que la próxima gran revolución farmacéutica hable en mandarín. Y lo hace apoyándose en una combinación que ninguna otra potencia reúne hoy con la misma escala: supercomputación, inteligencia artificial, control industrial y músculo estatal.
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