Joven padre de familia numerosa, 'influencer' y fundador de la firma de ropa Himba. Tras un retiro espiritual, encontró a Dios. En 'Caricias de amor' publica sus reflexiones durante la oración. Es su tercer libro, y el primero del que se siente orgulloso.

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- Dice que tras su encuentro con Dios es más libre.
- Quizá de lo único que no soy libre es de mi propia mente. Soy libre de corazón. Creo que mi mirada hacia el mundo ha cambiado desde que vivo la vida con Dios de la mano. Eres libre cuando empiezas a mirar desde el amor. Si no, te cargas de complejos. Puedes tender a tratar a las personas en función de quienes sean. Darte cuenta de que en cada una de ellas late un mismo corazón te hace poner los pies en la tierra. Soy más libre en la manera de amar, de pensar, de aceptar situaciones que me cuestan. A veces queremos que nos amen por lo que hacemos, en lugar de por lo que somos. El mayor regalo que a mí me pueden hacer, por ejemplo, es una conversación larga en la que podamos encontrarnos dos personas de ideas distintas. Lo que más me duele hoy, también porque lo vivo en primera persona, es la brecha social que hace que la diferencia se transforme en odio.
- ¿Cómo lo combate? Escribe que el cristiano es alguien que va a contracorriente.
- Bueno, cristianos hay muchos. No creo que necesariamente todos crean en Dios. Hace 10 años, yo habría respondido que creía en Dios sin saber en qué creía. Ahora sé que el verdadero cristiano es el que vive mirando al cielo y ante una decisión importante se pregunta cómo lo haría Jesús. Porque cuánta gente forma parte de la Iglesia y está a Dios rogando y con el mazo dando. Mira a Trump subiendo una foto de sí mismo vestido como Jesucristo. ¿Tomaría Él sus mismas decisiones? Pero de repente hay gente que te sorprende porque ha tenido un encuentro con Dios. A mí me pasó con alguien que se subía a los altares desnuda y manchada de sangre para manifestarse. Tuvo una conversión y ahora ves que no necesita nada más y está llena de amor. Si quieres mostrar tu fe, no vale con decirle a alguien que vaya a misa. La alegría y el amor se contagian a través de la forma en la que vives tu vida. Cuando algo nos lo imponen, salimos corriendo. Observo mucho las tonterías de una determinada clase social. Yo no me puedo quejar de nada. He vivido dos extremos en mi vida: mi familia materna tenía el bar del pueblo y trabajaba desde las seis de la mañana a las 12 de la noche. Nosotros nos quedábamos haciendo boquerones en vinagre mientras los señores venían a jugar al dominó. A la de mi padre le fue siempre muy bien. Eso me ha hecho colocarme en un lugar en el que solo puedo mirar a todos por igual. Pero conozco gente que está rota por la forma en la que la han educado, por protocolos y normas, por el qué dirán. Son cargas que nos congelan y nos alejan de lo que somos como personas. Nos debilitan.
- ¿Qué pasó hace cuatro años para que se activara en usted este cambio?
- Yo había salido de mi casa con unas ganas locas de tener mi espacio propio con mi mujer y mi hijo. Mi familia tampoco estaba en un buen momento. Llegó el Covid, volvimos a casa y me encontré con algo muy diferente a lo que había dejado. Me costó irme. Coincidió con que a mi mujer y a mí nos estaba yendo bien. Después de muchos años, pude relajarme. Decidí ir a un retiro de vida en el Espíritu. Fui con mi mujer y, para nuestra sorpresa, fue el mejor fin de semana de nuestra vida. Con 17 años yo había estado en Camerún ayudando en un hospital, y cuando vi a todas las familias, que estaban vestidas con trapos, ponerse los mejores vestidos, guapísimos, para ir a una misa de dos horas y media, supe que si Dios existía, estaba en el corazón de esas personas. Pero tampoco sentía nada especial. Después del retiro, supe que Dios existe y que no necesito ni a nada ni a nadie para saber que está a mi lado, que puedo confiar en Él como confío en que si llamo a mi madre y le pido un plato de macarrones, me lo hará. Cuando unas semanas después nació Catalina, vino con un problema de salud. Estuvo 10 días en el hospital. Esa confianza en Dios me hizo saber que a mi hija no le iba a pasar nada. Si yo quería que mi hija sobreviviera, Él también. Antes que hija mía, es Suya. Dios no está en las normas, sino en el amor, del que nace el respeto, y de ahí surge una forma de actuar.
- Escribe también sobre la importancia de quererse a uno mismo, algo no tan habitual en el catolicismo, que promulga una humildad que disuelve. ¿Cómo combinan las ideas?
- Hay que volver a la esencia. Hay quien dice que cree en Jesús, pero no en la Iglesia. Bueno, la Iglesia la creo Él. ¿Pero qué Iglesia? Si se vuelve al mensaje original, aparece la misión verdadera. A mí me encantaba el papa Francisco y su forma de vivir la fe. Jesús, el Hijo de Dios, murió en taparrabos. La sencillez tiene que nacer del corazón, sin ser impuesta. Pero no puedes rechazarte a ti mismo. Cuando te llenas de amor, necesitas menos cosas. Amarse a uno mismo es muy difícil. En un año yo pasé de no soportar lo que veía en el espejo a pensar: "Me cae bien".
- Le molesta que se diga que Dios está de moda. Pero existe un repunte en el número de jóvenes que consideran importante la religión en sus vidas.
- Es que Dios no es moda. Dios es.
- Pero algo ha debido de suceder para que más personas lo consideren relevante.
- Aunque quieras improvisar, nuestras vidas son sota, caballo y rey. Queremos más, pero cada vez tenemos menos. Y si necesitamos algo, lo conseguimos mañana. Hemos relacionado nuestra felicidad con cosas materiales que proporcionan un gran hype que luego desaparece. ¿Qué me queda después? Creo que hoy hay más gente planteándoselo. Y si hay un ídolo, como Rosalía o Justin Bieber, que hablan del tema, tiene más fuerza.
- ¿Son reflejo de un momento o estrategia de marketing?
- Creo que todo pasa por algo. Dios es más inteligente que una estrategia de marketing. Cuánta gente habrá en un concierto de Rosalía que no se dé cuenta de que lo que está cantando es una alabanza a Dios
- Le duelen los ataques entre creyentes por expresar la fe de manera distinta. ¿Hablamos de Hakuna?¿Del evangelismo?
- No. De otras más directas hacia mí. Para algunos, mi forma de ver la fe va en contra de sus códigos. No hablamos de Hakuna. Ellos llegan a miles de corazones, pero no toman todas las prácticas de los carismáticos. Si lo hicieran, sería una revolución. Yo es que no tengo fe. Yo creo por completo. No estoy loco cuando digo que para mí no hay imposibles. Lo que pasa es que lo tenemos todo cambiado. Escondemos la muerte. Se preguntan: "Si Dios existe, ¿por qué permite que se muera un niño de cinco años?". Es que eso no es Dios. Eso es este mundo, el mismo que a través de la envidia y el egoísmo mató a Jesucristo. La muerte es de este mundo y de ella viene Dios a salvarte. Vivimos de espaldas a la muerte. Impides a un niño ir a un cementerio a despedirse de su abuela y luego en Halloween lo disfrazas de esqueleto.
- Usted intenta mover el centro de la relación con Dios: de la culpa al amor.
- Ha formado parte de mi vida durante mucho tiempo: tuvimos un hijo muy jóvenes, no teníamos los medios económicos, temíamos no estar a la altura. Me ha machacado. Ha sido un ejercicio desprenderme de ella. Pero creo que no sabemos disfrutar del éxito sin un golpe previo. Vivía esperando el batacazo. Te vas dando cuenta de que la mirada cambia lo que sucede y de que nada es para tanto. No somos tan importantes.
- Distanciarse del ego.
- Es el mayor acto de liberación. Se convierte en una prisión. ¿Por qué no me conformo con lo que tengo y la gente que me quiere?
"Me causa muchísimo conflicto la frivolidad que envuelve al mundo influencer"
- Escribe que el amor no muere, sino que lo dejamos morir.
- No todo tiene que ser eterno, pero sí creo que vivimos muy anclados al enamoramiento, que es una una etapa de locura y obsesión que casi es como una enfermedad. Cuando se acaba, porque se acaba y nos tiramos los trastos por las debilidades del otro, tienes que elegir alimentarlo cada día.
- Y le pide a Dios que no le dé más de lo que necesita. ¿Es un dilema con un trabajo que consiste en hacer publicidad de productos que no son necesarios?
- Por mi trabajo vivo en constante conflicto conmigo mismo. A partir de ahí, doy gracias por lo que tengo. Sé que hay lugares en los que quizá no deba estar porque no me hacen bien. Yo cada día me siento menos identificado con lo que se concibe como influencer, aunque yo forme parte de ello a mucha honra y me esmero en dignificarlo. Pero me causa muchísimo conflicto la frivolidad que lo envuelve. Ahora es fácil crecer como ídolo de masas sin la responsabilidad de aportar algo bueno. Desde la pandemia se ha hecho famosa gente por sus bailes, por sus cuerpos o por criticar a los demás porque el odio vende mucho. Cada día me siento más fuera. Empezar a ser conocido me convirtió en un personaje. Quiero dejarlo atrás y ser más yo que nunca. Ahora me planteo cuidar más de mi intimidad. Antes no me importaba tanto. Ahora pienso: ¿y esto a quién le importa? Hemos vivido mucho para contarlo. A veces miró atrás y me cuesta tener recuerdos nítidos de momentos muy espectaculares porque estaba más preocupado por cómo comunicarlos. Ahora quiero vivirlo. Ahora, seas famoso o no, te haces una foto delante del Duomo solo para contarlo.
- ¿Tiene un plan?
- El de seguir trabajando cada día, esforzándome en lo que creo. Hacer lo que me nazca del corazón. Ese es mi plan. Miedo no tengo.
- El otro día una 'podcaster' llamaba ultracatólicas a las Pombo. A usted también lo llaman así. ¿Cómo lo recibe?
- No me afecta. Sé lo que soy, sé lo que siento y desde ahí no hago daño a nadie. Solo me dan pena los prejuicios de esa persona. Yo no soy un ultra. Detesto a la gente ultra.





















