

























Las persianas están prácticamente cerradas hasta el punto justo en el que permiten entrar una luz tenue que lo ilumina todo. Al otro lado de la ventana está la calle, donde los fines de semana se instala un mercado. Dentro están los tres: Puri tiene 75 años, Antonio, 74 y Félix, 76. En reiteradas ocasiones repiten que ella es la reina de la casa.
—Empezamos con Puri, que es la reina— pide Félix.
—Es la reina, sí— coincide Antonio.
No mienten. Sus cuadros son los que decoran la casa que comparten. En la entrada, sobre el mueble recibidor, hay fotos de su familia, un florero con rosas, una estatuilla de un búho. Sobre la nevera, destaca un papel rosado con forma de corazón que lleva escrita la palabra yaya.
El 87% de los jóvenes emancipados comparte vivienda, según el informe Un problema como una casa publicado por el Consejo de la Juventud de España. Sobre el número de personas mayores que lo hacen no existen datos; sí sabemos que sólo el 7% vive de alquiler, tal como informa la última Encuesta de Condiciones de Vida del Instituto Nacional de Estadística (INE). Tal vez no parezca gran cosa, pero el porcentaje ha crecido más del doble en los últimos cinco años. Y compartir espacio y gastos con otras personas, como hacen Puri, Antonio y Félix, se está convirtiendo en una fórmula cada vez más extendida. No sólo entre estudiantes universitarios.
Cuando la esperanza de vida en España está en máximos históricos, compartir vivienda entre personas longevas emerge como una alternativa para hacer frente a unos alquileres prohibitivos en bastantes de las grandes ciudades del país. Muchos de estos mayores han sido autónomos, cobran la pensión mínima y son víctimas especialmente vulnerables de la crisis de la vivienda: la oferta es insuficiente y los precios han aumentado un 23% en la última década. A ello se añade que las residencias de la tercera edad también se han encarecido y las plazas son igualmente limitadas. «Hay personas que han tenido sus casas y que, por un mal negocio, una separación o por enfermedad, terminaron con pensiones mínimas y sin un techo propio», explica Amparo Azcutia. Ella es una de las fundadoras de Hogares Compartidos, un programa que ofrece a las personas mayores de 60 años la posibilidad de vivir dignamente en Valencia con escasos recursos económicos.
Aunque la mayoría de las personas de la tercera edad dispone de una vivienda, el 22,7% de esos hogares se encuentra en exclusión residencial. Les amenazan problemas relacionados con la pobreza energética, la seguridad o el mantenimiento del hogar, como puso de manifiesto el estudio de la asociación Provivienda Una llave para nuestro futuro: vivienda y envejecimiento en comunidad.
En este panorama en el que lo demográfico, lo social, lo inmobiliario y lo económico se superponen como en un milhojas, visitamos tres viviendas particularescompartidas por mayores.
Desde hace 10 años, Félix y Puri forman parte de la primera generación que pudo acceder al programa de Hogares Compartidos. Seis años después llegó Antonio. Los tres han vivido incluso una mudanza juntos. Conocen el detalle de sus biografías y hasta cuándo será la Comunión de uno de sus nietos.
«Yo he nacido aquí y si me sacas de mi barrio, me matas», dice Puri, que vive en este piso porque una década atrás se acercó a Servicios Sociales para encontrar una vivienda económica, al igual que sus compañeros. Allí conoció el proyecto. «Al principio me costó, porque te ves fuera de tu familia y con gente desconocida».
Antonio vino desde Alcoy (Alicante). «Me metí en un hotel porque me había quedado sin casa y fui a pedir ayuda a Casa Caridad, donde estuve una temporada. Después de estar en un apartamento unos meses, me ayudaron a venir aquí», relata.
Y Félix vivió 50 años en la calle. «Mis padres me tuvieron cuando eran menores de edad y la ley no permitía que me criaran. Me cuidaron mis abuelos, hasta que fallecieron cuando tenía 14. Ahí empecé a ser el correcaminos de la familia y a los 16 me marché». Pasó noches en el Palacio de Cristal de El Retiro y vivió en las cuevas del Sacromonte, en Granada. «La calle fue mi tabla de salvación». Aun así, algo cambió con la edad. «A los 65 me entró un poquito de morriña, porque siempre me he sentido valenciano, y me vine caminando desde Granada hasta aquí».
—Ha hecho cinco veces el camino de Santiago— interrumpe Antonio.
Cuando llegó a Valencia, en Servicios Sociales descubrieron que Félix tenía ficha desde los 70. Lo derivaron a un albergue. Después de conseguir la paga no contributiva, pudo acceder al recurso.

Félix (76) en su habitación.Alberto Di Lolli
"A los 16 me marché a la calle, que ha sido mi tabla de salvación. A los 65 me entró un poquito de morriña y me vine caminando desde Granada"
Félix tiene 76 años y convive desde hace 10 años con Antonio y Puri
Los tres coinciden ahora en que la convivencia es buena. «Estamos juntos, pero no revueltos».
—Hay que conocer las manías que tenemos, que tú asimiles las mías, yo las tuyas y que las respetemos. Todos somos maniáticos— señala Félix.
—¿Y cuánto más viejos?— pregunta Puri.
—Cuanto más viejo, más pellejo— completa Antonio.
Ella considera que la llevan «en bandeja».
—No es que la llevemos en bandeja. Es que pone todo de su parte. Aunque parezca un poco repetitivo, es la reina de la casa porque es la más detallista. Es maravillosa— acepta Félix.
Puri estaba acostumbrada a cocinar para toda su familia. «A mí no me gusta la comida recalentada. Me gusta guisar y no sé hacer poca cantidad», explica.
—Cocina como para un regimiento— exclama Antonio.
—Se apaña ella y me apaña a mí— aclara Félix.
Sus habitaciones son un pequeño muestrario de su individualidad. Félix guarda un equipo de lápices de su época como dibujante en la calle. Tiene sus cigarrillos, sus gafas y una colonia en la mesilla de noche. Antonio tiene dos calendarios en la entrada de su cuarto, dos almohadas sobre su cama, dos gorras, un ventilador. Las cuatro paredes de Puri están tapizadas de cuadros. Uno de ellos es de su falla: El Palleter.
Cada uno se encarga de la limpieza de su propio espacio y limpian entre todos lo que es comunitario. «Quizá la carga más dura la lleva Puri. Nosotros hacemos menos, un poco por dejadez, por machismo», reconoce Félix.
Dos de cada 10 personas mayores de 75 sufren la soledad, según el Observatorio Estatal de la Soledad No Deseada. Las principales causas son la falta de convivencia y el escaso apoyo familiar o social. Más de la mitad de los adultos mayores viven solos en hogares «infrautilizados» en España, según el informe Housing in Europe 2025, de Eurostat. En la asociación valenciana combaten esa tendencia. «Si a mí me da la vena de sentirme sola, salgo de la habitación y ya tengo tema de conversación», afirma Puri.
—Raro es el día que no hablo con ella— remarca Antonio.
En 2025 llamaron 600 personas a Hogares Compartidos en busca de una habitación. Pudieron atender a 12. El único requisito es ser mayor de 60 y pensionista. Sin embargo, no hay lugar para todos debido a que los domicilios son limitados. Por ello, buscan viviendas para alquilar. Para afrontar parte de los gastos, los residentes aportan el 35% de su pensión. «Acuden por necesidad, no le queda otra».

Mari Carmen y Lino en la puerta de su casa.Alberto Di Lolli
"Hay una armonía establecida. Lo más importante es el respeto y la convivencia, pero no forzada. Eso nace a partir de lo que cada uno puede necesitar"
Lino tiene 69 años. Hace uno que convive con Mari Carmen, Esther, Miriam e Isabel
A menos de tres kilómetros de Puri, Félix y Antonio viven Lino y Mari Carmen. Son las 12 del mediodía y la casa huele a comida casera. Ella apoya pimientos y berenjenas sobre el fuego para preparar una escalivada. Él hierve verduras para hacer bollit y programa el temporizador del móvil para estar atento a la cocción. Cada vez que suena, ella se levanta para supervisar.
En la casa son cinco, aunque solo ellos dos han querido ofrecer su testimonio para este reportaje. Ambos tienen 69 años, pero hay compañeras que superan los 80. El 15 de abril cumplieron un año de convivencia y lo celebraron con una cena grupal. Como en los noviazgos, dentro de unos meses volverán a repetirla. Han bautizado el piso como La casa grande. Su pasillo largo y blanco está flanqueado por cinco puertas de madera que abren a sus habitaciones, una sala de estar, dos baños adaptados a sus necesidades y un trastero.
«Conocí Hogares Compartidos a través de la televisión», recuerda Lino. «En ese momento vivía con mi familia». Él es portugués, pero vive en España desde hace 48 años. Durante la mayor parte de su vida se dedicó a la industria textil. Sin embargo, después de la crisis del sector a principios de los 2000, todo se complicó. «Con más de 40 años tuve que volver al mercado laboral, porque era autónomo, y comencé a saltar de empresa a empresa». Después de divorciarse y de que su hipoteca fuera vendida a un fondo buitre tras la quiebra de su banco, se vio obligado a mudarse. Fue a partir de entonces cuando recurrió a la organización, que lo citó a una entrevista. «Estaban Mari Carmen e Isabel, fueron a conocerme. He tenido la doble suerte de que me hayan elegido».
A Mari Carmen le habló su hija del proyecto. «Me he casado tres veces, pero siempre he sido matriarca. He tenido empleos desde los 14 años, pero a los 50 me quedé sin ingresos. Así que me monté una lencería e invertí mucho... Hasta que vino la crisis de 2008». Para pagar la deuda que le dejó el cierre abrupto del negocio, tuvo que vender su casa y trabajó como empleada doméstica. Su vida laboral terminó poco tiempo antes de ingresar en el piso compartido. Cuando llegó, se adaptó rápidamente. «Desde el primer día sentí que era mi casa», afirma.
En las casas de Hogares Compartidos los residentes son independientes. Entran y salen cuando quieren, tienen sus actividades y realizan las tareas del hogar. Si tienen algún problema, pueden contar con la supervisión de profesionales de la asociación. Además, participan de actividades grupales e incluso reciben compañía por parte de los voluntarios. Lejos del individualismo, entienden lo colectivo como una forma de vivir, en la que compartir y respetar al otro deben primar sobre el deseo de hacer propias las normas, la casa, los muebles.
Aunque su vivienda ya estaba amueblada, Lino y Mari Carmen cuentan con varios objetos personales. Han pedido autorización para traerlos. El salón está repleto de colores, gracias a la suma de sus pertenencias. «Hay una armonía establecida con naturalidad», dice Lino. En el centro hay una mesa baja: la tapa tiene dibujos de formas abstractas coloreadas con amarillo, azul, rojo y verde. Sobre la pared, se ubica una pintura gigante.
—Ese cuadro surgió por casualidad, pero, si te fijas, tiene cuatro mujeres y un hombre en el medio —señala él—. Ese soy yo.

Cada uno tiene su propio estante en la nevera y en la alacena. De la limpieza se ocupan entre todos. «Vamos haciendo sobre la marcha», indica Mari Carmen. Por ahora, no hay un esquema que regule las tareas de cada uno. «Hubo una persona que sugirió algo con lo que yo no estaba de acuerdo. Propuse otra forma, pero no coincidimos. Es algo que vamos a rematar», avisa.
—¿Es correcto?— pregunta Mari Carmen sonriendo.
—Es muy correcto— confirma Lino con picardía.
Una de las residentes tiene 10 años años que ellos. Por eso, intentan que no se ocupe de las tareas del hogar. «Es una persona mayor, muchas veces hay cosas que no hay que preguntar», aclara Lino. «Lo más importante es el respeto y la convivencia, pero no forzada».
La habitación de Mari Carmen está repleta de recuerdos. Un collage de fotografías se apoya sobre el cabecero de su cama e imágenes de sus seres queridos decoran sus paredes. El cuarto de Lino tiene toda la luz que una casa podría pedir y, sobre su escritorio, hay un ordenador para escribir. Sus dibujos e ilustraciones digitales contrastan con el blanco resplandor.
Para él es fundamental que quede clara la importancia de la asociación. «Están en búsqueda de pisos. Cuanto más tengan, mejor. Detrás de mí, hay más de 500 esperando por un lugar». Al hablar de una de las fundadoras, se le llenan sus ojos de lágrimas: «Amparo hace un trabajo de entrega».
En un año, Mari Carmen y él han pasado de ser completos desconocidos a compartir cierta complicidad, historias y compañía, incluso cuando llega la oscuridad. «La convivencia nace a partir de lo que cada uno puede necesitar», considera Lino. A veces, alguien puede querer compañía porque no le gusta comer solo, por una gripe e incluso por el fallecimiento de un familiar. «Nos hemos apoyado unos con otros», cuenta ella.
«Yo las reconozco por la manera de andar. Si estoy en la cocina y oigo pasos, pienso: es Mari Carmen. Escucho otros pasos y digo: Isabel. Miriam anda como una mascletà (el espectáculo pirotécnico tradicional de Valencia): chin chin chin chin. Y si hay algún ruidito, es Esther. Es la más discreta, pero siempre roza con algo», comenta, divertido, Lino.
Sentirse solo en una casa con cinco personas es prácticamente imposible, a menos que la distancia sea voluntaria. «Muchas veces, cuando me levanto por la mañana, oigo risas desde la cocina. A mí me parece mejor convivir con mujeres», confiesa. Actualmente, tres de ellos van juntos a un curso de Informática, han asistido a conciertos junto a otros integrantes de la asociación y hasta comparten cenas con amigos. «Cuando vivía sola, sí tenía momentos en los que sentía la soledad. Aquí no», reflexiona Mari Carmen.
—Aquí tiene un sereno— bromea Lino.
Todos coinciden en su rechazo a las residencias de ancianos, que actualmente tienen un déficit de plazas, según un reciente informe de la Asociación Estatal de Directoras y Gerentes en Servicios Sociales. «Mi mentalidad no es de residencias, eso está de más. Pero hoy en día los hijos necesitan trabajar y no les quiero dar más faena», confiesa Puri. En general, evitan hablar del tema. «No queremos estar internados, pero tampoco deberíamos ir con nuestra familia», advierte Mari Carmen. «Si pienso en una residencia, no me gusta nada. Así que prefiero no pensarlo».
Quienes forman parte de los proyectos de Hogares Compartidos pueden estar de manera indefinida hasta que dejen de ser autónomos. «Pueden permanecer mientras puedan valerse por sí mismos para realizar las tareas de la vida diaria», precisa Azcutia.

Dolors, Manuel y Jaume.Victoria RobiraArabia Press
"Los que estamos aquí nos hemos de apoyar siempre. Todos hemos tenido un ‘daltabaix’, algún descalabro. Al final tienes que aceptarlo y ver lo positivo"
Jaume tiene 66 años y convive con Dolors y Manuel desde hace cuatro en Barcelona
Hay plantas por todos lados: en la entrada, sobre los muebles, en el balcón, en floreros, saliendo de macetas a borbotones, como okupas del espacio. La tercera casa que visitamos, ubicada en Barcelona, tiene la huella de Dolors (89). Suyas son las velas verdes, los cuadros con obras de Salvador Dalí, el reloj de sobremesa, el aparador que almacena todo tipo de copas, los cuadros de flores...
—Ella es como nuestra madre. Nos tiene controlados— admite Manuel a sus 82 años.
Con menos de un metro y 60 centímetros de altura, Dolors tiene un carácter capaz de dirigir una casa. «La que se encarga de la lavadora es la señora. Nosotros siempre le preguntamos para usarla».
Dolors fue una de las primeras personas que participó del proyecto pionero de la Fundació Llars Compartides en Cataluña. Vive desde hace 14 años en el apartamento y ha visto pasar a muchas personas. Entre ellas, a Alberto, que falleció después de muchos años de convivencia. «Era como mi hermano, hacíamos todo juntos. Lo cuidé hasta que se murió».
Jaume (66) trabajó casi toda su vida en una fábrica de material eléctrico. Tenía una vida «más o menos normal» hasta que tuvo un problema de corazón. «Es una enfermedad larga, todavía no he podido jubilarme. Vivo de una pensión por discapacidad». Con el paso del tiempo, le empezó a costar pagar el alquiler. Hace cuatro años Servicios Sociales lo derivó a la Fundació.
El mismo año llegó Manuel. Ya había compartido piso antes. Durante siete años, alquiló una habitación en la casa de una familia con hijos hasta que creyó que era momento de marcharse. Aunque vivió la mayor parte de su vida en Galicia y después en Sabadell, hoy está en Barcelona para estar más cerca de su hijo y su nieto. Desde sus 14 años trabajó vendiendo patatas, en un restaurante y como mecánico soldador.
Cuando inauguró el piso, Dolors había cumplido los 70. «Estaba bien, casada. Lo que pasa es que hay cosas con las que la vida cambia».
—Se quedó viuda— aclara Jaume.
—Si cobrara todo lo de mi marido, tendría para un apartamento— lamenta Dolors.
Jaume recoge las compras de Dolors a diario. Como sale a caminar temprano, por la mañana se llaman para saber cómo están. Comen juntos y comentan las noticias. Manuel, en cambio, prefiere ir al comedor de Servicio Social, que le cuesta tres euros por menú. Va allí desde hace 10 años. Algunos días duerme en casa de su hijo.

«Es como si fuéramos familia», opina ella. Sus compañeros coinciden. «Siempre hay cositas, porque hasta entre padres e hijos existen conflictos, pero son muy buenas personas», añade Manuel. Sin embargo, en la casa son cuatro. El hombre que falta, que además tiene problemas de salud, no convive tanto con el resto. Si hay algún problema, tienen a Àlex. «Debería tener más carácter y ponernos a cada uno en nuestro sitio», reconoce Manuel.
Àlex Serret es integrador social de Llars Compartides. «El objetivo es dignificar el envejecimiento», sostiene él. 56 residentes participan del proyecto nacido en 2003 en Cataluña y quienes participan deben aportar el 30% de su pensión. Al año llegan más de 40 candidaturas. «El proyecto nació tras detectar el problema de vivienda que sufrían las personas mayores a las que no les alcanzaba la pensión», declara Serret. Y añade: «El objetivo es que cada piso sea autogestionado, pero cada semana les visita alguien de nuestro equipo».
Cuando estuvieron enfermos, pudieron constatar la importancia de la compañía. «Hace un mes me encontraba mal. Jaume me fue a buscar caldo y la señora Dolors me hizo una tortilla francesa. Siempre están», comenta Manuel. Para Jaume, desde el principio hubo una relación de respeto entre todos. «Los que estamos aquí nos hemos de apoyar siempre».
Entre ellos se turnan cada semana para limpiar el baño, fregar el suelo de la cocina y el comedor. Ella repasa cada rincón de la casa. Las habitaciones son tan distintas como sus residentes. Ella acumula colonias, almohadas rosas y violetas, un reloj de flores, una bata de lunares, películas de VHS, bolsitas rellenas de flores secas. Jaume tiene colgada la bandera del Barça, un dragón chino de madera, un póster de Brigitte Bardot, tres calendarios y muchas zapatillas. Manuel tiene la habitación más despejada de todas. Solo irrumpen en la blancura un microondas y un cúmulo de productos de limpieza.
Ninguno quiere profundizar sobre su pasado y por qué están ahí. Sin embargo, Jaume sí dice: «Todos los que estamos aquí hemos tenido un daltabaix, algún descalabro en la vida». Y agrega: «Ella vivía muy bien. Yo más o menos también, tenía un trabajo bueno y él igual. Al final tienes que aceptarlo y ver lo positivo».
—¿Queréis un zumo? ¿Agua?— pregunta Dolors.
—¿Un refresco?— agrega Manuel.
A la hora de comer, Manuel se pone su gorra, una cazadora vaquera que combina con sus pantalones y se dirige hacia la puerta. Le pregunta a Dolors si necesita algo. Ella responde que no y, mientras cierra la puerta, le guiña el ojo.
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