

















Jam�s he hecho dieta. Soy bastante ordenadita en mis costumbres y siempre he cre�do que la vida es una cuesti�n de equilibrio entre la disciplina y el disfrute. Es m�s, basta que me proh�ban una cosa para que me entren unas ganas terribles de hacerla. El caso es que, hace un par de semanas, fui a la consulta de la doctora Mar�a Amaro, amiga y mi nutricionista de referencia, porque �ltimamente me encontraba m�s hinchada y, a pesar del deporte, mis muslos se estaban convirtiendo en pasto de la retenci�n de l�quidos. "Aunque comas igual que siempre y hagas el mismo ejercicio, es normal que, con la llegada de la menopausia, subas de peso y acumules m�s grasa. Es una cuesti�n hormonal", me dijo.
Tras hacerme el chequeo pertinente -peso, porcentaje de grasa corporal, medici�n del metabolismo basal, etc- y con mis �ltimos an�lisis de sangre en mano, Mar�a me propuso un plan que arrancaba con cuatro d�as -en realidad, deber�an haber sido cinco, pero....- en los que, b�sicamente, solo pod�a comer prote�nas y grasas saludables (una estrategia que, dicho sea de paso, s�lo debe hacerse bajo la estricta supervisi�n de un especialista en la materia y no por nuestra cuenta y riesgo, porque podemos poner en riesgo nuestra salud). �Con qu� objetivo? Para conducirme a un estado de cetosis. �Qu� es eso? Un estado metab�lico natural en el que el cuerpo, ante la falta de glucosa, se ve obligado a quemar grasas para obtener energ�a, produciendo cuerpos cet�nicos (mol�culas energ�ticas que produce el h�gado cuando el organismo no dispone de suficiente glucosa y necesita usar tejido adiposo como combustible principal).
"Entonces, durante esos d�as, �s�lo puedo tomar prote�nas? �No puedo catar ni un hidrato complejo? �Ni un simple boniato? �Con lo que me gustan!", le pregunt�. "Efectivamente. Tienes que comer pollo, pavo, huevos, pescado, obviamente sin salsas, y yogur griego. Tambi�n puedes tomar tomates, aguacates y semillas de lino o ch�a, que te ayudar�n a mejorar el tr�nsito intestinal. Beber mucha agua y, si te gustan, infusiones", respondi�. "No voy a poder. Lo s�", dije al despedirme y, lo que es la mente, nada m�s salir por la puerta me entraron unas ganas casi incontrolables de zamparme una barra de pan entera. As�, a palo seco. Sin nada dentro. S�lo por el ansia viva de ponerme hasta arriba de carbohidratos.
Llegu� a casa y, tirando de una voluntad de hierro, no cat� ni para comprobar c�mo estaban de sal las cuatro tortillas de patata y cebolla que prepar� para cenar a mis hijos. En su lugar, me hice unos huevos revueltos con at�n con un tomate en rodajas y, orgullosa de mi proeza, le envi� una foto a la doctora Amaro de los suculentos tortillones acompa�ada del mensaje: "He sido fuerte". Al d�a siguiente me despert� pensando en unas tostadas con aceite y tomate, pero volv� a resistirme y, en el almuerzo, mientras mis hijos com�an espaguetis con bolo�esa, yo me zamp� un filete con unas rajas de tomate (otra vez).
"Mar�a, que me entra la ansiedad. �Puedo tomar chocolate negro, por favor?", volv� a escribirle. A lo que ella me contest� con un rotundo: "No. �Son s�lo cuatro d�as! No me creo que est�s pasando hambre. Lo tuyo es apetito, el deseo psicol�gico o emocional de comer por mero placer". Y ten�a raz�n, lo m�o no era una necesidad real. El problema era que mi pu�etera cabeza no dejaba de rumiar para intentar sabotearme.
Al cuarto d�a lleg� la hora de la verdad. Apenas hab�a bajado de peso (ese no era el objetivo), pero s� que hab�a reducido de forma notable la grasa en muslos, brazos y abdomen, y mi metabolismo se hab�a agilizado. "Ahora toca volver a introducir los hidratos de carbono complejos y llevar una dieta ordenada para consolidar los avances obtenidos". Y en esas estamos. Continuar�...
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