


























JOS� ANTONIO GURPEGUI
Actualizado
En su improvisada comparecencia tras los episodios en el Hotel Hilton en Washington, donde se celebraba la cena con los corresponsales period�sticos en la Casa Blanca, el presidente Donald Trump asegur� que ocupar la Presidencia de Estados Unidos es "una profesi�n peligrosa". En realidad, los actos violentos contra los presidentes estadounidenses no son en absoluto an�malos; m�s bien todo lo contrario. El peligro parece formar parte inherente del propio cargo, como pone de manifiesto el simple recorrido por las biograf�as de quienes han habitado en la Casa Blanca.
La historia pone de manifiesto que la violencia pol�tica dirigida contra los presidentes estadounidenses ha sido un fen�meno relativamente frecuente aunque, seg�n el contexto, con distintas intensidades a lo largo del tiempo. M�s all� de los cuatro presidentes asesinados durante su mandato -Lincoln (1865), Garfield (1881), McKinley (1901) y Kennedy (1963)-, media docena m�s sufrieron atentados a los que lograron sobrevivir. Andrew Jackson fue el primer presidente al que intentaron matar (1835), pero se estrope� el mecanismo de disparo en las dos pistolas que portaba su atacante; Theodore Roosevelt recibi� un disparo durante su campa�a electoral (1912) pero sobrevivi� y fue elegido presidente; su pariente lejano Franklin D. Roosevelt sali� ileso del intento de atentado (1933) habiendo sido elegido presidente pero sin asumir el cargo, aunque muri� el alcalde de Chicago presente en el tiroteo; tampoco sufri� heridas Harry Truman cuando dos independentistas portorrique�os intentaron terminar con su vida (1950), en este caso la v�ctima fue un guardia; contra Gerald Ford atentaron en un par de ocasiones en el mismo a�o (1975), pero en el primer caso el arma estaba estropeada, y en el segundo la atacante err� en el tiro; en el de Ronald Reagan (1981) hubo cuatro heridos, incluido el propio presidente que recibi� un balazo en el pulm�n.
La repercusi�n de un atentado o intento de asesinato contra un presidente, el objetivo m�s visible de la violencia pol�tica, eclipsa cualquier otro suceso violento ejercido contra otros responsables pol�ticos. En EEUU este tipo de acontecimientos est�n salpicando a personalidades con relevancia pol�tica tanto en el bando dem�crata como republicano. Hace unos meses, el asesinato del joven e influyente republicano Charlie Kirk puso en evidencia que la escalada de la violencia pol�tica comenzaba a ser sist�mica en el actual panorama pol�tico. El n�mero de ataques va in crescendo desde que Melissa Hortman, legisladora dem�crata estatal de Minnesota, y su marido fueron asesinados el a�o pasado; aquel mismo d�a, 14 de junio de 2025, tambi�n se atent� contra la vida del senador John Hoffman y su esposa.
Los acontecimientos de s�bado en Washington resultan ser una muestra tan evidente como concluyente del elevado nivel de tensi�n que atraviesa actualmente la sociedad estadounidense. La coincidencia espacial de que el intento de atentado contra Trump se haya producido en el mismo edificio que el sufrido por Ronald Reagan -que a punto estuvo de costarle la vida- propicia comparar uno con el otro. Sin embargo, existe una diferencia sustancial entre ellos, pues el atentado contra �ste fue algo aislado y puntual que sirvi� para reforz� la cohesi�n nacional; sin embargo el de Trump debe ser entendido como una manifestaci�n de la fractura, del extremismo pol�tico y social que se vive en Estados Unidos.
En este contexto de polarizaci�n, de enfrentamiento y tensi�n social, en un ambiente dominado por la posverdad, la virtualidad de im�genes con apariencia real, en el campo de batalla de la manipulaci�n informativa, surgen sospechas de interpretaciones conspirativas sobre este tipo de acontecimientos, pues el hecho de que la propia v�ctima sea el mayor beneficiado -hecho incontestable- propicia ese tipo de an�lisis. No comparto tal interpretaci�n; sembrar la duda evocando conspiraciones sin evidencia s�lida tan solo contribuye a aumentar m�s la desconfianza entrando en el mismo tipo de perverso juego en el que organizaciones extremistas como Q-Anon llevan a�os intentando involucrar a la sociedad.
La interpretaci�n m�s consistente -a los precedentes hist�ricos me remito- suele ser la de acciones ejecutadas por un �nico individuo -recordemos a Unabomber-, los llamados lobos solitarios; individuos inestables muy ideologizados que por lo general, aunque no siempre, sufren problemas personales o psicol�gicos que reconducen mediante actos de violencia pol�tica.
Espero no pecar de ingenuo con tal interpretaci�n pues cierto es que los sucesos del Hilton en Washington servir�n para reforzar la popularidad del presidente en un momento especialmente delicado, cuando era contestado y cuestionado por sus seguidores m�s fieles y cuando sus niveles de popularidad estaban en sus �ndices m�s bajos desde que tom� posesi�n en el segundo mandato.
M�s all� de la an�cdota de haber aprovechado el incidente para insistir en la construcci�n de su pabell�n de baile en la Casa Blanca -cuestionado judicialmente- alegando que en ese espacio s� se garantizar�an las medidas de seguridad adecuadas, el atentado de Washington contribuir� a recomponer la resquebrajada unidad del movimiento MAGA. En las �ltimas semanas, especialmente a ra�z de la crisis con Ir�n, su apoyo hab�a ca�do de forma notable, no solo entre la opini�n p�blica general -con unos �ndices de aceptaci�n en torno al 35%- sino tambi�n entre sectores clave de su base, como los protestantes blancos -en particular evang�licos- y parte del electorado cat�lico, tras su enfrentamiento con el Papa. A ello se sumaba el distanciamiento de algunas de sus figuras m�s influyentes dentro del movimiento, como Tucker Carlson, Marjorie Taylor Greene o Candace Owens.
La volatilidad de las filias y fobias de Trump es de sobra conocida, de manera que este nuevo intento de atentado, bien pudiera servir para atenuar esas tensiones internas y el movimiento vuelva a cohesionarse en torno a la figura de su carism�tico l�der.
Jos� Antonio Gurpegui es catedr�tico de Estudios Norteamericanos y director de Instituto Franklin-UAH.
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