Hay huidas que no nacen de la cobardía, sino del instinto puro de supervivencia. Correr no siempre significa escapar; a veces, significa regresar al único lugar donde el ruido del mundo exterior se apaga por completo. Para Marta Sanahuja (Barcelona, 1980), ese santuario no tenía puertas místicas ni altares sagrados: tenía una encimera de mármol, el olor a azúcar tostado de la cocina de su madre y un puñado de recetas que iba escribiendo y cocinando en los fogones de la que es la verdadera culpable de que hoy Marta Sanahuja sea Delicious Martha, la seva mare.
Hoy el país entero la conoce como Delicious Martha, una de las creadoras de contenido gastronómico más influyentes de nuestra blogosfera y, más recientemente, la mirada fresca, rigurosa pero profundamente empática que ha refrescado las cocinas de MasterChef en su última temporada televisiva. Pero antes de los millones de reproducciones, de los focos cegadores del plató y del reconocimiento unánime, Martha era simplemente Marta. Una joven publicista atrapada en el engranaje implacable de las agencias, devorada por un éxito corporativo que, paradójicamente, le vaciaba los pulmones.
Nos conectamos a media tarde, sorteando los inevitables cortes de línea de una agenda que avanza a ritmo de vértigo. Al otro lado del teléfono no hay un personaje impostado; está la misma mujer que ríe a mandíbula batiente en sus vídeos cuando algo se desborda. Habla con el sosiego de quien ha bajado a los infiernos de la ansiedad y ha vuelto para contarlo con una tarta bajo el brazo.
Si tuvieras que meter toda tu trayectoria dentro de un plato, ¿a qué sabría? ¿Qué ingredientes no podrían faltar?
¡Guau! Qué buena pregunta. Si fuese un plato salado, te diría sin dudarlo que vegetales, frutas... cosas muy frescas. Me considero una persona que ha sabido adaptarse a las circunstancias, que ha madurado intentando refrescarse constantemente para no quedarse anclada en lo que ya dominaba. Mira, cuando empecé, a mí me fascinaba el mundo de la fotografía culinaria, pero de repente se puso de moda el formato vídeo. ¿Qué hice? Pues ponerme a hacer vídeos de recetas. Me encanta ese punto camaleónico. Así que sí: fruta, verdura y frescura. Adaptarse o morir.
Esa capacidad para mutar la piel sin perder la esencia es, quizás, el hilo conductor de una biografía rota y reconstruida a base de vocación tardía. Porque la gastronomía no siempre estuvo ahí como profesión, pero sí como refugio emocional.
Siempre que hablas de la cocina, la dibujas como un espacio de encuentro. Si viajaras atrás en el tiempo, ¿cuál es el recuerdo gastronómico más feliz que conservas de tu infancia?
El domingo. Sin duda, llegar a casa de mis abuelos los domingos. Siempre comíamos allí. Ese momento mágico de cruzar la puerta sobre las doce y media de la mañana, respirar el aroma que inundaba el recibidor y cotillear a ver qué tocaba comer ese día, cuál iba a ser el plato estrella. Tengo unos recuerdos maravillosos de la cocina de mis abuelos; allí se comía increíblemente bien y de ellos heredé muchísimas de las recetas que hoy sigo haciendo. Ese instante de expectación infantil es imbatible.
¿Y eras de esas niñas que tiraban de la manga de los abuelos para meterse entre las ollas y ayudar a remover el guiso?
¡Para nada! En ese momento no me liaba a cocinar ni por asomo. Pero ojo, nunca fui una niña súper sibarita. Me fascinaba probarlo todo. No era la típica niña caprichosa que apartaba las verduras o le ponía pegas al plato, al contrario. Disfrutaba muchísimo comiendo y devoraba cualquier sabor nuevo que me pusieran por delante.
El paladar ya lo estaba entrenando, aunque las manos tardaran unos años más en ponerse a la obra.
Antes del delantal, estuvo el asfalto. Marta Sanahuja se labró un camino brillante en el sector de la publicidad. Tenía lo que la sociedad etiqueta como "una carrera de éxito", pero el éxito corporativo a veces cobra un alquiler demasiado caro para la salud mental.
"Fue mi madre la que me dijo: "Oye, Marta, ¿si todo esto que cocinas y que fotografías con tanto mimo lo metes en un blog y lo explicas más allá de nuestro círculo?""
Antes de que naciese este tsunami llamado Delicious Martha, eras una mujer joven que trabajaba en un entorno tan competitivo como el publicitario. Mirando con perspectiva a esa Marta de entonces, ¿qué sentías que te faltaba?
La libertad. Es la libertad absoluta que a mí me ha otorgado la cocina. Como fue una pasión que descubrí de manera tardía, al no conocerla antes tampoco sentía conscientemente que me faltara algo. Pero ahora que sé lo que es, miro atrás y me doy cuenta. La libertad, la tranquilidad y el sosiego absoluto que siento cuando me planto delante de los fogones y me pongo a cocinar... Eso es algo que a mí antes me faltaba por completo.
Quien vea tu trayectoria desde fuera podría pensar: "Jolín, tenía una carrera consolidada y decide pegarle un volantazo absoluto a su vida". ¿Recuerdas el instante exacto en el que dijiste "apuesto por esto"? ¿Pesó más el miedo o la intuición?
Es que la historia no fue tan premeditada. Yo estaba atravesando un momento personal durísimo, muy difícil en mi vida. Y en mitad de esa tormenta, descubrí la cocina. Siempre lo digo con estas palabras porque es la verdad literal: el mundo de la gastronomía me rescató de un lugar muy oscuro, turbio y doloroso. No fue una decisión empresarial de "venga, voy a dejar esto y a ver si me gano la vida con las redes". En absoluto. En aquel momento, año 2014, el concepto de "creador de contenido gastronómico" ni siquiera existía como profesión. No había un camino trazado. Yo simplemente me metía en la cocina porque era el único sitio donde me sentía bien, y me dejé llevar por completo.
Delicious Martha evoca entonces esa intrahistoria familiar que huele a hogar y a complicidad materna. "Sí que recuerdo con nitidez la noche en que se encendió la mecha. Estaba todos los días invadiendo la cocina de mi madre, desordenándolo todo para preparar dulces y galletas. ¡La pobre ya no sabía cómo decirme que la dejara un rato tranquila!", bromea. "Y fue ella la que me soltó: 'Oye, Marta, ¿y si todo esto que cocinas y que fotografías con tanto mimo lo metes en un blog y lo explicas más allá de nuestro círculo?'. Porque para mí la cocina es un arte efímero; te pasas seis horas decorando unas galletas, las regalas, se las comen y tu obra de arte desaparece. Por eso yo las fotografiaba con estilismo, poniéndolas bonitas. Mi madre me propuso traspasar fronteras a través de internet. Esa misma noche estuvimos buscando el nombre juntas. El 1 de abril de 2014 el blog vio la luz".
O sea, que la "culpable" real de que hoy estemos aquí hablando con Delicious Martha es tu madre.
¡Al cien por cien! Fue ella, totalmente. De hecho, el nombre de Delicious Martha me lo dio ella. Es una historia preciosa que me sigue emocionando como el primer día y que estoy deseando contarle a mi hijo cuando sea un poquito más mayor.
La conversación se interrumpe abruptamente por la cobertura. Tras unos minutos de incertidumbre y reconexión, la recuperamos justo en el núcleo de su confesión más íntima: la cocina como terapia de choque.
Nos habíamos quedado en ese refugio. Hablabas de la ansiedad, del estrés de tu etapa anterior... ¿Cómo opera ese milagro de sanación entre harinas y sartenes?
Es que me devolvió mi propia esencia porque yo estaba completamente perdida. Sentía una ansiedad terrible, insomnio... Se juntaba el peso de haber invertido cuatro años de mi vida en estudiar una carrera universitaria y darme cuenta de golpe de que, por culpa de lo que había experimentado en el sector, jamás quería volver a pisar el mundo de la publicidad. Imagínate el vacío existencial. La cocina me rescató de esa turbulencia y me devolvió la ilusión. Volvía a ser yo misma únicamente mientras cocinaba.
¿Te sigue pasando ahora, estando en la cima del éxito?
¡Absolutamente! Me pasa idénticamente lo mismo hoy en día. Ahora mismo, con el ritmo del programa de televisión, las grabaciones, los viajes y las idas y venidas, acumulo muchísima tensión. Llego a casa desbordada, me meto en la cocina a experimentar y mi marido me mira y me dice: "Pero Marta, por Dios, siéntate un rato, descansa". Y yo le respondo: "Es que a mí lo que me relaja y me tranquiliza el cerebro es esto". No lo puedo evitar. Y ya que lo hago y me sale bien, pues planto la cámara, lo grabo y lo comparto con mi comunidad. Para mí no es trabajar, es disfrutar.
Mencionas un ingrediente invisible en tus recetas: el cariño. Dices que no se vende en ningún supermercado pero que era el secreto de todas las abuelas.
Es que es el único indispensable. Si tú ejecutas un plato poniéndole amor y mimo, siguiendo unas pautas mínimas, te va a salir bien seguro. Mis seguidoras me escriben a veces diciéndome que hacen mis platos en sus casas y que les sale esa misma diversión que yo proyecto. Eso es lo más bonito del mundo, transmitir esa pasión y ese afecto a través del paladar.
Las redes sociales son devoradoras y premian una perfección casi enfermiza. ¿Cómo convives con la presión constante de tener que ser siempre una fuente de inspiración impecable para los demás?
No siento esa presión, de verdad, y creo que ahí radica precisamente la clave de que a la gente le guste mi perfil. Yo muestro lo que hay. Tengo días fantásticos y días malísimos. Días mejores y días peores. Hay veces que las recetas no salen, que se queman o se desarman, y tenemos problemas cotidianos porque somos seres humanos, no robots. Mostrar esa imperfección es lo que te acerca de verdad a tu comunidad. Yo también consumo redes y sigo perfiles que muestran vidas idílicas en planos inalcanzables; me pueden gustar estéticamente, pero te alejan por completo, no los sientes cercanos. A mí me emociona cuando la gente me para y me siente como a una amiga de toda la vida porque me ven real.
¿Y no da miedo que todo este imperio digital, que este éxito masivo pueda evaporarse de la noche a la mañana?
Ninguno. Tal y como apareció un buen día en mi vida, podría desaparecer mañana mismo perfectamente. Si eso ocurre, buscaría otro camino con la misma ilusión. Llevo 12 años con la inmensa fortuna de levantarme cada mañana para dedicarme en cuerpo y alma a lo que verdaderamente me apasiona. Hay una frase clásica que dice que si trabajas en lo que te gusta, no tendrás que trabajar un solo día de tu vida; a mí me pasa exactamente eso. Lo disfruto tanto que el concepto "obligación" no entra en mi cabeza. Pero la clave en este negocio es saber reinventarse. Yo no he parado de hacerlo desde 2014, adaptándome a cada formato técnico sin soltar jamás la pasión original.
Su incorporación como miembro del jurado en el formato estrella de la televisión gastronómica, MasterChef, ha supuesto el espaldarazo definitivo a una trayectoria impecable. Sin embargo, pasar del formato íntimo de una pantalla de móvil al despliegue mastodóntico de una gran producción televisiva conlleva un aprendizaje forzoso, que para Delicious Martha ha sido un auténtico regalo.
"Detrás de cada minuto emitido de MasterChef hay tantísimas horas de grabación y un engranaje humano bellísimo"
Si le preguntamos qué es lo que le ha enseñado MasterChef, no duda ni un segundo: "El valor incalculable del trabajo en equipo". Acostumbrada a trabajar completamente sola en su estudio, todo el mundo le repetía el mantra de "Marta, tienes que delegar", pero ella se negaba en rotundo. Pensaba: "¿Quién mejor que yo para ser yo misma?". Era muy celosa de su burbuja hasta que... hasta que llegó MasterChef.
"Llegar a un programa de televisión que se levanta gracias al esfuerzo coordinado de más de 200 personas me ha volado la cabeza. He descubierto que para que un formato de tanto éxito funcione a la perfección, tiene que haber una unión y un espíritu de equipo descomunales. Detrás de cada minuto emitido hay tantísimas horas de grabación y un engranaje humano bellísimo. Ha sido una lección de humildad y compañerismo tremenda".
Si pudieras meterte hoy en la cocina para prepararle una cena a la Marta de hace 12 años, ¿qué menú le servirías y qué le dirías al servírselo?
Qué bonito ejercicio... Pues mira, me enfocaría en el mundo salado, porque cuando empecé en el blog parecía que nunca iba a salir de los postres y los dulces. Le prepararía un menú muy sencillo pero lleno de intención. Empezaríamos por una ensalada súper fresquita, muy de verano, cargada de frutas, que sé que a ella le fascina. De segundo, optaría por una tarta salada con mucho, muchísimo queso, porque sé perfectamente que con el queso se le derrite el alma. ¿Y el postre? Le diría que lo trajera ella misma, para homenajear sus inicios. Y al servirlo le diría: "Agárrate fuerte, Marta, porque vienen curvas. No te alcanzas a imaginar ni en tus mejores sueños todo lo maravilloso que está por venir... y sobre todo, tranquila, porque todo, absolutamente todo, pasa".
Invitamos a Delicious Martha a un juego final, el de completa la frase.
-La cocina me salvó de... y me regaló...
-La cocina me salvó del momento más oscuro de mi vida y me regaló, absolutamente, todo lo que soy y todo lo que tengo hoy en día.