






















La escena transcurre poco despu�s de medianoche, el 17 de diciembre de 1916, en el s�tano del Palacio del Moika, en San Petersburgo. Un m�dico militar con guantes quir�rgicos espolvorea cianuro de potasio sobre los pasteles dispuestos en una mesa con samovar y botellas de madeira. Una piel de oso polar cubre el suelo de piedra. Arriba, en el estudio del pr�ncipe F�liks Yus�pov, un gram�fono espera para fingir una fiesta. Sus due�os han olvidado conseguir m�s de un disco: Yankee Doodle Dandy, una canci�n popularizada en la guerra de Independencia de Estados Unidos. A esa hora, el invitado, un campesino siberiano de 47 a�os, se est� perfumando con jab�n barato y arreglando la barba con ung�ento. Lleva una camisa de sat�n azul con un borde de girasoles bordado en oro por la propia emperatriz de Rusia. Tardar� mucho en morir.
Antony Beevor (Londres, 1946) regresa a aquella madrugada en Rasput�n y la ca�da de los Rom�nov (Memoria Cr�tica), que llega esta semana a las librer�as. El historiador brit�nico, que lleva a�os narrando a su legi�n de lectores la Rusia del siglo XX en libros como Stalingrado o Rusia: Revoluci�n y Guerra Civil, presta ahora atenci�n a Grigori Yef�movich Rasput�n, el muzhik que se alz� como el rumor m�s destructivo del Imperio. La tesis del libro, que refrenda en nuestra cita en Madrid, puede resumirse as�: �Como individuo, hizo m�s que ninguna otra persona por derrocar la dinast�a Rom�nov�, explica Beevor. �No porque fuera antimon�rquico, claro, sino por el efecto que ejercieron los rumores y las noticias falsas de la �poca. Fue algo completamente involuntario�.
El historiador cita a K�renski, l�der del gobierno provisional de 1917: �Sin Rasput�n no habr�a habido ning�n Lenin�. La idea generalizada en aquella sociedad patriarcal de que Nicol�s II era un cornudo al que su mujer traicionaba con un campesino siberiano �era completamente falsa�, insiste Beevor. �Sin embargo, fue lo suficientemente destructiva como para que, al estallar la Revoluci�n de Febrero de 1917, no existiera ni un solo oficial dispuesto a desenvainar su espada en defensa del zar�. Pero Rasput�n jam�s se acost� con la zarina ni con sus hijas.
-�No fue entonces Lover of the Russian Queen, como cantaba Boney M?
-Ja, ja, ja. �Ni Russia's greatest love machine!,- responde Beevor mientras saborea un gran whisky sin hielo.
La alfombra roja que le dio acceso a la corte la tendi� la otra cara del personaje. �Era muy espiritual y es cierto que, tambi�n, lascivo y lujurioso. Cambiaba en un segundo. Pod�a estar desvistiendo a una mujer y, de repente, caer de rodillas para rezar fervientemente�.
Para saber m�s
Hay un sue�o que vertebra el libro. En 1868, la futura emperatriz Mar�a Fi�dorovna, embarazada del que ser�a el zar Nicol�s II, qued� traumatizada por una predicci�n on�rica: le aterrorizaba que su hijo muriera asesinado por un muzhik. Vivi� bajo aquella profec�a durante toda su vida. Cuando 38 a�os despu�s supo que el heredero y su nuera estaban �locos por un campesino� llamado Rasput�n, qued� horrorizada. Lider� desde entonces la oposici�n familiar al st�rets. Beevor confirm� el episodio gracias a una vecina suya, la princesa Olga Romanoff, bisnieta de la emperatriz viuda. La an�cdota sirve para subrayar algo central: �En lo tocante al efecto de Rasput�n sobre el transcurso de los acontecimientos, la percepci�n fue mucho m�s poderosa que la realidad�.
Hay otra escena, central, que ciment� la fe ciega de la zarina Alejandra en el campesino. Octubre de 1912, pabell�n de caza de Spaa, en Polonia. El zar�vich Aleks�i, hemof�lico, sufre una hemorragia interna que casi lo mata tras un golpe en una excursi�n. El ni�o grita: ��Se�or, api�date de m�!� durante d�as. Los m�dicos lo dan por muerto. Le administran la extremaunci�n. La emperatriz, desesperada, env�a un telegrama a Rasput�n. La respuesta del campesino llega de inmediato: el ni�o no morir�, que no lo molesten los m�dicos. Al d�a siguiente, la hemorragia se detiene. La zarina queda atada al muzhik para siempre.
-�Podr�amos decir que, con o sin Rasput�n, la monarqu�a habr�a ca�do necesariamente?
-Evidentemente, Rasput�n no fue la �nica causa de la ca�da, pero s� el elemento principal. Conoci� a los zares a finales de 1905. Por aquel entonces, el desastre de la guerra ruso-japonesa, los levantamientos por todo el pa�s y el hecho de que el zar se viera forzado a aceptar un parlamento (la Duma) ya supon�an una humillaci�n enorme. Su poder se estaba socavando. Fue una combinaci�n de factores y de errores muy graves cometidos, sobre todo, por la emperatriz. Preguntarse �qu� habr�a pasado si Rasput�n no hubiera existido� es un ejercicio antihist�rico.
Todo se acelera a partir de 1915, ya en plena Gran Guerra, cuando Nicol�s II asume la comandancia en jefe en el frente y se traslada a Moguiliov. Alejandra y Rasput�n empiezan a elegir ministros desde Petrogrado. Es ah�, dice Beevor, cuando cobra sentido la frase de K�renski. Nombramientos como el de Protop�pov en Interior, un hombre incapacitado por la s�filis y sometido a tratamientos de medicina tibetana, causaron el colapso de los ferrocarriles y el desabastecimiento de alimentos en las ciudades, lo que desencaden� la Revoluci�n de Febrero de 1917. Beevor describe a un ministro que oye voces, mantiene conversaciones con los iconos, se cree capaz de hablar con los muertos y se arrodilla ante la emperatriz y exclama: ��Majestad, veo a Jesucristo detr�s de vos!�.
"Rusia es prisionera de su propio pasado. Soy pesimista sobre la posibilidad de que se desarrolle una democracia"
Aqu�, tambi�n, Beevor se desmarca del paralelismo f�cil con el presente. No estamos, viene a decir, ante un siglo XX que se repite. Rusia es un caso aparte. �No ha evolucionado social ni pol�ticamente�, afirma. �Desde las invasiones mongolas del siglo XIII existe la arraigada creencia de que la crueldad manifiesta es un arma esencial�. De ah� su escepticismo sobre una salida democr�tica para una Rusia enfangada en una guerra interminable cuatro a�os despu�s de invadir Ucrania, con Putin o despu�s de Putin. �Rusia es prisionera de su propio pasado m�s que cualquier otro pa�s en el mundo. Soy sumamente pesimista sobre la posibilidad de que se desarrolle una democracia�, confiesa Beevor. �Rusia no tiene tradici�n diplom�tica interna ni democr�tica. En 1902, cuando la duquesa de Marlborough pregunt� por qu� no pod�a darse un desarrollo m�s liberal en Rusia. Le respondieron que Rusia estaba 200 a�os por detr�s de Occidente; que era un pa�s tan vasto que, sin un poder centralizado y autoritario, se har�a pedazos. Me temo que esa visi�n perdura�.
La parte m�s inquietante del libro ata�e al modo de investigaci�n. Beevor lleva 32 a�os trabajando con la traductora rusa Luba Vinogr�dova. Ninguno de los dos puede entrar ya en Rusia. Dependen de �uno o dos amigos� que siguen dentro revisando los archivos y les hacen llegar el material. El historiador no nombra a estos colaboradores por su seguridad. Y da una pista del riesgo: el sobrino de Vinogr�dova estaba casado con la hija de Bor�s Nemtsov, el l�der de la oposici�n rusa asesinado en un puente cerca del Kremlin.
La pregunta final, casi obligada con un autor que ha escrito sobre la Guerra Civil espa�ola, ata�e a la memoria hist�rica. Beevor cita a Vasili Grossman: �El deber del escritor es escribir la terrible verdad, y el deber del lector civil es leerla para educar a las generaciones m�s j�venes�. Y a�ade una advertencia que funciona casi a modo de ep�logo. �Lo que resulta verdaderamente aterrador hoy en d�a es la admiraci�n casual y superficial por el fascismo o por las posturas dictatoriales. Los tratan como si fueran una broma fr�vola�.
A las cinco de la ma�ana del 17 de diciembre de 1916, en el s�tano del Palacio del Moika, Yus�pov terminaba de limpiar restos de sangre junto a su ayuda de c�mara. El cad�ver de Rasput�n ya flotaba bajo el hielo del M�laya Nevka. Sobre el puente Petrovski, los asesinos hab�an olvidado las cadenas con las que pensaban lastrar el cuerpo y las arrojaron despu�s, junto con el abrigo de piel y una de las botas del muerto. La polic�a recuperar�a el cad�ver dos d�as m�s tarde. Faltaban dos meses y medio para que estallara la Revoluci�n.
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