La Pen�ltima
Sin bares no hay vida de barrio, son lo mejor que tienen las ciudades. No los perdamos, por favor.

Un se�or, leyendo la prensa en un bar de Carucedo, en Le�n
Actualizado
Desde peque�o he frecuentado lo que se viene a llamar el bar de toda la vida. A d�a de hoy, es una de mis aficiones solitarias favoritas. Mi abuelo Juan Mar�a, despu�s de acabar su jornada en el garaje que regentaba, nos recog�a a mi hermano y a m� del colegio y, antes de llevarnos a casa a comer, ten�a la muy sana costumbre de tomarse un vino tinto acompa�ado de un caldito en el bar del Bartolo. Un local alargado, con suelo de terrazo cubierto de serr�n y una interminable barra de acero inoxidable en la que coincid�amos con los vecinos del barrio o con los obreros que paraban la faena para tomarse el aperitivo. Mientras, yo me entreten�a abriendo unos boletos que te premiaban con chuminadas, ansiando conseguir el p�ster cart�n de los ositos Jackie y Nuca, mi serie fetiche por aquel entonces. Me gustaba m�s eso que jugar a la Vuelta Ciclista a Espa�a con las chapas de los botellines que mi hermano recopilaba en el bar.
Para saber m�s
No s� si es por nostalgia, por costumbre o porque realmente me gusta este tipo de bares, pero visitarlos es algo que hago pr�cticamente todos los d�as. Han de ser bares de barrio, bares nada modernos, bares en los que sin conocer a nadie, mientras est�s leyendo el peri�dico que dejan por cortes�a en la barra para los clientes, acabas entablando conversaci�n. Ya sea con la secretaria de la gestor�a de al lado, donde te hacen la declaraci�n de la renta, o con un jubiado que te reconoce y te pide un aut�grafo para su mujer. Me divierten estas excursiones. Siempre solo. Es mi momento de soledad, aunque acabe hablando con todo el mundo. Si voy a hacer la compra, antes de llegar a casa, hago mi parada correspondiente y me tomo mi ca�a de cerveza bien fr�a con el aperitivo que toque (mi favorito son las patatas al alioli). Si salgo de una reuni�n, antes de llegar al despacho, otra paradita. Mi mujer me dice que me lo haga mirar. Ella lo ve m�s por el lado de mi adicci�n a la cerveza. Yo le trato de explicar que lo hago porque me gusta mucho socializar, me gusta la gente y me gusta hablar. Y el bar de toda la vida es el para�so perfecto para espec�menes como yo.
No ser�n los locales mejor decorados, seg�n los interioristas m�s modernos, pero para m� la ausencia de est�tica, el llamado mal gusto asociado a estos bares, es un ejercicio de estilo en s� mismo. Me encanta, destila una personalidad muy de este pa�s. Ver el partido de f�tbol de turno o estar atentos al sorteo de la Loter�a de Navidad es algo que est� asociado a la vida del bar. Est�n en Vic�lvaro, en el barrio de Salamanca o en las calles traseras de Gran V�a, donde vivo y hago mis peregrinaciones. Siempre solo, repito. Sin bares no hay vida de barrio, son lo mejor que tienen las ciudades. No los perdamos, por favor.


























