























Arges sirvió tres veces en esa porción kurda del norte de Siria antes conocida como Rojava. Tomó parte en la liberación de Raqqa como francotirador, perdió en combate a muchos de sus camaradas y regresó a Galicia hace ahora casi nueve años, con demasiadas muescas invisibles en la culata sintética del Dragunov que hoy exhiben los kurdos en un museo de la guerra.
Nunca fue un tipo «político» sometido a una ideología. Sólo era un experimentado militar con una larga trayectoria en distintos cuerpos especiales europeos que, una vez vio en la tele el asedio de Kobani y las masacres de yazidíes, decidió que no podía quedarse en casa. Tras su primer viaje a Siria, volvió fascinado por el proyecto político kurdo que apuntalaba aquella resistencia: sus milicias y sus comunas, sus mártires y aquella revolución ecléctica levantada con el sostén inicial de los norteamericanos.
Arges significa fuego vivo. Es el nom de guerre que le impusieron durante su primer servicio en la milicia kurdo-siria de las YPG. Todos los voluntarios españoles que acudieron a la llamada de la guerra contra el Estado Islámico (ISIS) tras la ocupación de Mosul debían someterse a la misma liturgia guerrillera: unos días de formación militar en la academia, un par de misas laicas sobre Öcalan, algo de catequesis para entender aquel proyecto confederalista, primeras órdenes en kurdo y, a menudo, también, la grabación de un vídeo-testamento que sólo se divulgaría si engrosaba el mausoleo de los mártires.
La parte más política del periodo de formación era testimonial. Los kurdos no exigían a nadie que comulgara con su cada vez más laxo y socialdemócrata culto ideológico. Los kurdos de Siria conservaron la iconografía revolucionaria clásica pero consumaron la transición desde el comunismo ochentero y montaraz del primer Abdullah Öcalan — hijo de la Guerra Fría— , a una doctrina mucho más porosa y adaptada al siglo XXI: municipalismo libertario con kaláshnikov, feminismo armado, ecologismo de trinchera y una obsesión suiza por encajar en un único tablero a kurdos, árabes, asirios, armenios, yazidíes, musulmanes y cristianos.
No es un detalle baladí porque a los occidentales como Arges Artiaga no les pedían fe, sino disciplina; no se les examinaba de ortodoxia, sino de utilidad. Bastaba con aceptar algunas reglas básicas —como obedecer al mando o respetar a las mujeres combatientes— para que hallaran acomodo en aquel ejército imposible un anarquista francés, un comunista turco, un antifascista alemán, un exmilitar de derechas, un cruzado español de Cristo Rey o un gallego que sólo «pasaba por ahí» para combatir al ISIS.
Los kurdos caían bien incluso a la extrema derecha porque parecían el reverso exacto de aquello contra lo que decían combatir: bellas mujeres con fusil frente a los barbudos del califato, comunas laicas frente a emiratos de barrio, disciplina austera frente al griterío de los Toyota y el Allahu akbar de los islamistas árabes que habían convertido Siria e Irak en mataderos bajo cielo abierto.
Hasta Santiago Abascal se dejó caer por el Kurdistán iraquí en octubre de 2014, cuando el Estado Islámico avanzaba por Mesopotamia, y Kobani se había convertido ya en la contraseña moral de aquella guerra. El día 22 se retrató en Majmur con combatientes kurdas a las que llamó «heroínas».
La foto ha envejecido como una cápsula perfecta del desconcierto ideológico de este principio de milenio: el futuro jefe de Vox posando fascinado junto a guerrilleras comunistas del universo PKK. Las mujeres armadas de aquella revolución confederalista y democrática resultaban entonces tolerables porque plantaban cara a los fanáticos que degollaban cristianos y esclavizaban yazidíes bajo el grito de «Alá es grande».
ANTE LA AUDIENCIA NACIONAL
Hace diez años, tras regresar de Siria, Arges se hizo popular, a su pesar. La Audiencia Nacional trató de atribuirle 28 homicidios de yihadistas del Estado Islámico, como si la guerra contra el califato pudiera vaciarse sobre una mesa de juzgado y contarse por cadáveres con la frialdad de un inventario. No llegó a ser detenido ni a pisar prisión. La causa fue archivada. Pero durante unas semanas, uno de los primeros españoles que fueron a combatir al Daesh descubrió que los mismos tiros que en Raqqa o en Hasake servían para contener al Daesh podían rebotar hasta Madrid convertidos en homicidios, armas de guerra, organización criminal y la sospecha de haber comprometido la paz del Estado.
En el fondo, las fuerzas de seguridad españolas no sabían muy bien qué hacer con un fenómeno entonces nuevo y muy desordenado: la diáspora de voluntarios armados que viajaban por su cuenta a Oriente Medio para matar o morir contra las fuerzas del ISIS. También algunos miembros de Reconstrucción Comunista terminaron sentados en un banquillo y, de rebote, su líder, Roberto Vaquero, acabó en prisión.
Pero, a juicio de Arges, lo más desconcertante no fueron aquellos devaneos inaugurales del Estado español ante sus propios brigadistas, sino el silencio con que ha sido liquidado, una década después, el proyecto que los arrastró hasta allí. Rojava, aquella palabra que durante la guerra contra el Daesh llenó portadas con mujeres armadas y minorías en pie, ha sido enterrada en pocas semanas por el nuevo poder de Damasco.
En lo que va de año, las SDF se han replegado o integrado en brigadas del ejército sirio; las agentes de Asayish (fuerzas de seguridad) han sido absorbidos por Interior; Hasake, Kamisli y Kobani han quedado sometidas a una soberanía estatal que avanza con uniforme nuevo, y las facciones proturcas que golpearon a los kurdos en Manbij o Tishrin han sido recicladas.
Arges Artiaga cree que la ironía es casi obscena: «Primero, los kurdos fueron la infantería barata de Occidente contra el Daesh: entraron en Raqqa, pusieron los muertos junto a las tribus aliadas árabes, guardaron las cárceles del califato y sostuvieron una frontera podrida mientras todos miraban para otro lado. Cuando el Daesh dejó de ser el problema número uno, llegó la realpolitik: Turquía exigió cobrarse su pieza, Washington aflojó la mano y los yihadistas de Damasco aparecieron disfrazados de señores respetables».
«Y la puñalada fue Manbij», añade el gallego. «A la SDF le garantizaron los americanos una retirada. Pero cuando empezaron a desmontar sus posiciones y desguarnecieron sus defensas, el SNA, el proxy turco, les cayó encima. De ahí la presión saltó al Éufrates: Tishrin, Qara Qozaq, Kobani. Los kurdos resistieron, pero ya estaban encajonados».
Cuántos españoles combatieron en Irak y Siria se sienten estafados y rabiosos. «Yo fui a luchar contra el Daesh, pero al final acabas simpatizando con el proyecto de los kurdos», dice Artiaga. «Me he sentido fatal. Lo he pasado muy mal. De entrada, me costó mucho acostumbrarme a mi regreso a la vida de civil. Tuve mis altos y mis bajos. Y cuando de pronto empezaba a superarlo, ha sucedido esto, que nos ha dejado en shock. Me llamaban los colegas de Estados Unidos preguntándome qué estaba pasando. Yo casi no quería ni saberlo. Después de jugarnos la vida, después de todos los kurdos y no kurdos que murieron, ves esto y sientes que te han tomado el pelo».
«Los kurdos ya sabían que los americanos les iban a dejar tirados», continúa el miliciano. «En cuanto no les interesas, simplemente se van, como hicieron en Afganistán o con los kurdos de Irak. Lo que no se esperaban es que lo hicieran de este modo. Para mí, la gran traición fue la de Donald Trump cuando vendió a los turcos».
A la postre, Rojava ha muerto como cuasi-Estado independiente armado, disfrazado de autonomía. ¿Cómo se desmoronó el castillo de naipes? Con una sucesión de relevos indecentes. Tal y como apunta Arges, primero Washington abrió la puerta a Turquía mientras los kurdos aún cargaban con la resaca de Raqqa y las cárceles del califato. Después, al caer Assad, el norte de Siria pasó a ser el botín pendiente de ese nuevo Damasco que ahora adiestra a sus militares en Turquía.
En opinión del veterano, el poder que ha aparecido al otro lado no es una democracia emergente necesitada de los mimos de Occidente, sino una mutación islamista con modales de cancillería: antiguos hombres de Nusra y HTS aprendiendo a hablar como ministros, facciones del SNA incorporadas al ejército y señores de la mugre de la guerra descubriendo que basta cambiarse el parche o ponerse una corbata para convertirse en una autoridad «legítima».
«Los yihadistas de Damasco se han apropiado de Rojava, de todo...», afirma Artiaga. «A la SDF les han exigido entregar los pozos de petróleo, los pasos, las presas, las prisiones, las armas pesadas y el mando. A las facciones del SNA (el proxy turco que Erdogan arrojó contra los kurdos), en cambio, les han dado una insignia nueva y les han metido en el nuevo ejército sirio conservando jefes, redes y taifas. A unos les han robado el país. A los otros les han blanqueado la milicia».
EN LA OFENSIVA FINAL
Arges sabe de lo que habla. Durante su tercer servicio, combatió en la ofensiva final sobre Raqqa. Había dos combatientes españoles dentro de la ciudad cuando el califato se rindió. Él era uno de ellos. El otro, un valenciano. Su unidad era la conocida 223, el primer grupo de las YPG compuesto por voluntarios occidentales, bautizado así en memoria de John Gallagher, un canadiense muerto un 23 de febrero en Hasake. La franquicia reconstruida en Raqqa por Arges y otros veteranos era ya una pequeña unidad de francotiradores: armas largas, posiciones adelantadas, noches enteras mirando por el visor, coordenadas para la artillería aliada y cercanía física con el Daesh.
Raqqa fue un final de época. Allí, en octubre de 2017, cuando los últimos yihadistas resistían entre el hospital y el estadio, Arges asistió incluso a la negociación de la rendición del califato. Uno de los capos yihadistas apareció en el puesto de las SDF del frente noreste completamente colocado y la derrota encima, para discutir la entrega de sus hombres. No llegó como un emir, sino como un superviviente degradado, encogido en una silla de plástico, ya sin la coreografía negra del Estado Islámico. Una parte de los suyos se rindió. Otra abandonó la ciudad al día siguiente.
En compañía de este gallego, Crónica contó entonces desde la propia capital del califato aquel final viscoso de la capital del Daesh y publicó una fotografía de gran valor histórico donde aparece el propio Arges: el cabecilla yihadista sentado ante los oficiales kurdo-árabes, negociando el cierre de la ciudad que durante años había sido la capital administrativa del horror. «De esta gente de Damasco no se puede esperar nada bueno», concluye Artiaga. «Sólo hay que mirar quién es el presidente. Se cambiaron los collares pero son los mismos perros»
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