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El tabú nuclear se agrieta
Ana Palacio · 2026-06-06 · via Portada

En España no se habla de armas nucleares. Se habla de Ucrania, de Trump, de la OTAN, de Irán, de China, del gasto en defensa y de la autonomía estratégica europea. Pero rara vez se nombra el venero que atraviesa todos esos asuntos: la disuasión nuclear, que nos interpela no como reliquia de la Guerra Fría ni como materia para especialistas, sino como desafío inaplazable de seguridad, poder y credibilidad.

Durante décadas, sujeta por la destrucción mutua asegurada, el arma nuclear reposó en el subsuelo del sistema. Ese principio permanece, pero se resquebraja. La novedad no consiste sólo en que haya más ojivas atómicas o más Estados interesados en poseerlas; hoy, lo nuclear regresa al lenguaje político. Reservada al extremo de la escala estratégica, el arma reaparece como instrumento de presión, escudo de agresiones convencionales e indicador dirigido tanto al adversario cuanto a las propias opiniones públicas.

Rusia es el ejemplo más evidente. Desde la invasión de Ucrania, Moscú ha esgrimido la amenaza nuclear para cercenar el apoyo occidental a Kyiv. Esa es la lógica inquietante de la coerción en este campo: su eficacia está vinculada a la incertidumbre que introduce en cada decisión de los aliados. Estos han tenido que calibrar frente a esa sombra las armas a enviar, su alcance y los objetivos autorizados.

Sin embargo, sería engañoso reducir el problema a Rusia. El panorama nuclear actual es simultáneamente más complejo y más ambiguo que el de la Guerra Fría. Estados Unidos y Rusia siguen concentrando los mayores inventarios, pero China expande su programa rompiendo la bilateralidad del primer nivel que ha sostenido hasta ahora una parte esencial de la estabilidad. En el segundo círculo, con menor envergadura, Francia, Reino Unido, India, Pakistán, Israel y Corea del Norte responden a geografías, doctrinas y miedos distintos. Y alrededor crece el riesgo de proliferación de umbral: Estados que no aspiran necesariamente a grandes arsenales, sino a una posición suficiente para disuadir, intimidar o sobrevivir.

Irán pertenece a esa categoría. Por ello trasciende el expediente regional; no es una pieza más en la precariedad de Oriente Medio. Si Teherán retiene una capacidad nuclear latente, o si una negociación le permite ganar tiempo mientras alivia la presión sobre Ormuz y sus instalaciones, el mensaje irá más allá del Golfo. Lo leerán Arabia Saudí, Turquía, Egipto, Corea del Sur, Japón y otros actores que se preguntan si la renuncia nuclear sigue siendo prudente cuando el amparo estadounidense pierde fiabilidad.

La no proliferación descansó siempre sobre un intercambio exigente: los Estados sin armas nucleares aceptaban no adquirirlas, las potencias nucleares se comprometían a avanzar hacia el desarme, y quedaba al margen el derecho al uso pacífico de la energía nuclear bajo reglas e inspecciones. Ese pacto nunca fue perfecto, pero tuvo relativa fuerza ordenadora. Hoy conserva vigencia jurídica, aunque disminuye su densidad política. Las Conferencias de Revisión del Tratado de No Proliferación de 2015 y 2022 terminaron sin consenso. La celebrada en Nueva York entre abril y mayo de este año ha confirmado hasta qué punto el mecanismo de actualización ha dejado de fijar una dirección común. A ello se añade la expiración -el pasado febrero- de New START, el tratado entre Estados Unidos y Rusia para limitar armas nucleares estratégicas. No es un detalle técnico. Es la desaparición de uno de los últimos barandajes del viejo régimen nuclear.

Además, el peligro ya no se evalúa únicamente contando cabezas nucleares. La tecnología está alterando los modelos clásicos de equilibrio. Armas hipersónicas, capacidades cibernéticas, satélites, inteligencia artificial y el auge de la ambigüedad doctrinal reducen los tiempos de decisión y complican la lectura de signos. Un ataque convencional contra un centro de mando, una interferencia cibernética, una ruptura de comunicación o un fallo de atribución pueden cobrar dimensión nuclear si se producen en una crisis. Los umbrales se vuelven menos visibles. Y cuando se nublan, aumenta la posibilidad de cálculo erróneo.

Este es quizá el aspecto más incomprendido en Europa. Seguimos hablando como si hubiera categorías separadas; por un lado la guerra convencional, por otro la disuasión atómica. Pero la frontera se ha tornado porosa. Lo nuclear se mezcla con la defensa antimisil, la vigilancia espacial, la guerra electrónica, los ciberataques y los ataques de precisión. La escalada ya no se refiere a rangos claros. Cada paso se adopta bajo presión, con información incompleta y poco tiempo para corregir.

Esta cuestión se agrava porque la garantía estadounidense sigue siendo indispensable, pero ya no infunde confianza. En este contexto, Francia ha abierto una conversación necesaria sobre el carácter europeo de su programa. Desde la creación de OTAN, los europeos han orillado el asunto nuclear, como si delegarlo a Washington bastara para solventarlo. Así, la propuesta gala ha de tenerse en cuenta sin convertirla en lo que no es. La decisión última se mantiene nacional, presidencial y soberana. París puede afirmar que sus intereses vitales tienen una componente europea y reunir a algunos Estados miembro para consultas, ejercicios o señales de disuasión avanzada. Sin embargo, no comparte el mando ni eleva su arsenal a paraguas europeo.

El concepto clave es el "épaulement", esto es, arrimar el hombro. Lo que se pide a los socios no es participar en la decisión de "presionar el botón" nuclear, sino contribuir al andamiaje convencional, tecnológico, industrial y político que la precede: defensa antimisil, inteligencia, satélites, comunicaciones, ciberseguridad, munición, bases y financiación. Asimismo, esa oferta nace con una geometría particular que no alcanza toda la geografía de la Unión. España no debería quedar al margen de esa conversación. Puede, pues, ser un paso útil, pero no es una solución europea acabada ni reemplaza el compromiso estadounidense, radicado en la OTAN.

Ahí debería situarse el principio de actuación europeo. No en proclamar una autonomía nuclear que no existe, ni en esconderse detrás de un pacifismo retórico que confunde deseo con realidad. Tampoco en considerar que la simple mención del paraguas francés resuelve la justificada desazón estratégica del continente. La tarea reside en robustecer todo aquello que impide que cada crisis desemboque automáticamente en la disyuntiva nuclear: reforzar la defensa convencional, la defensa aérea y antimisil, la inteligencia, los satélites, la ciberseguridad, las reservas de munición, la industria, el mando político y la certidumbre dentro de la OTAN.

Cuanto más débil sea Europa en los escalones convencionales, cuanto menos pueda defender su territorio, sostener a Ucrania, proteger sus infraestructuras, reponer munición o enfrentar agresiones, antes cristalizará la pregunta extrema: ¿arriesgaría Estados Unidos una escalada nuclear por Europa? Esa es la interrogación que conviene evitar en cada crisis. No porque la garantía nuclear carezca de importancia, sino porque ha de permanecer como último recurso, no como sustituto de la falta de capacidad. Madrid no debe seguir fuera de la iniciativa francesa porque España no puede apearse de su relevancia en la arquitectura europea y atlántica para la que la disuasión nuclear resulta ineludible.

El éxito del arma nuclear radicó en no ser usada. Ese éxito ha degenerado en la peligrosa ilusión de creer que la contención era automática. No lo era. Se trenzaba con tratados, prudencia, miedo, canales de diálogo, credibilidad y memoria. Varias de esas piezas acusan hoy notable endeblez. La respuesta no es la nostalgia de la Guerra Fría ni la resignación ante una nueva carrera. Debe consistir en apuntalar compromisos creíbles, cerrar incentivos de proliferación y proveer los medios convencionales que hacen menos probable el salto al abismo atómico.

La cuestión nuclear ha vuelto a un mundo más fragmentado, más tecnológico, más impaciente y menos disciplinado que el de la Guerra Fría. Por eso cumple hablar de ella con precisión, sin alarmismo y sin evasivas. No podemos ignorar la posibilidad de una ruptura violenta del tabú nuclear; tampoco pasar por alto su insidiosa erosión gradual, ese crujido al que parecemos empezar a acostumbrarnos.