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El alquiler está tan caro que los neoyorquinos viven con ...
Lucía Vázquez para The Wall Street Journal · 2026-06-12 · via Portada

Katie Rettig llegó a la Gran Manzana con dos maletas de 50 libras, un trabajo que empezaba a la mañana siguiente y ningún sitio donde vivir. Los alquileres de corta duración amueblados en Manhattan rondaban los 5.000 dólares al mes. Entonces, en la página 15 de los resultados de búsqueda de Google, encontró un convento.

Pocos días después, Rettig se estaba instalando en una habitación amueblada en la Residencia del Sagrado Corazón, en el barrio de Chelsea, mientras una monja le enseñaba el lugar. El sitio estaba limpio, el precio era justo y cada noche había una cena caliente sobre la mesa. Pensó que podría apañárselas con el toque de queda de las 23:00 a pesar de los eventos nocturnos de su trabajo en una empresa de whisky.

"Las monjas son geniales", afirmó Rettig. "Son muy relajadas".

Tras seis semanas en el Sagrado Corazón, salió de la lista de espera de la Residencia de Santa María, en el Upper East Side, donde vivió casi un año. A Rettig, de 32 años, los beneficios de vivir en un convento le parecieron evidentes: seguridad, comunidad y nada de contratos de alquiler anuales. "Confío más en las monjas que en desconocidos del Marketplace de Facebook", confesó.

Bienvenidos al mercado de alquiler de Nueva York, donde la media de los precios solicitados alcanzó los 3.616 dólares en el primer trimestre de este año, un 20% por encima de los niveles prepandemia, según Realtor.com. Para llegar a fin de mes con el sueldo inicial, algunos jóvenes profesionales se están mudando a conventos.

La Residencia del Sagrado Corazón le cobraba a Rettig unos 1.650 dólares al mes, mientras que la Residencia de Santa María le salía por unos 1.200 dólares. Otras residencias como la de Santa Inés en el Upper West Side, que empieza en unos 950 dólares al mes, y el Centro María en el Bronx, que cobra unos 800 dólares mensuales. La mayoría de las casas aceptan residentes no cristianas y no exigen ninguna práctica religiosa.

Eso sí, vienen con normas. Algunas tienen toques de queda a las 23:00 o a medianoche. Las casas de mujeres prohíben las visitas masculinas en las habitaciones, y lo mismo suele ocurrir con el alcohol.

En el Centro María, cinco hermanas conviven con sus 21 residentes en un edificio de ladrillo rojo de cuatro plantas. Cada mañana las monjas, algunas de ellas de más de 90 años, preparan el desayuno para la casa: una variedad de tortitas, huevos, salchichas, frutas y zumo. Limpian el edificio y organizan fiestas para que las residentes puedan conocerse entre sí. Hay una máquina de karaoke en el comedor y a veces las monjas se unen al canto.

"Me encanta vivir con las chicas. Me mantienen joven", dijo la hermana Rita, una de las monjas.

La hermana Rita creció en Filipinas, donde estudió empresariales en la universidad y asumió que tendría una carrera normal y se casaría. "La palabra monja no estaba en mi vocabulario", confesó. Entonces pasó un tiempo viviendo ella misma en un convento. "Dos años después ya llevaba el velo", contó.

El día a día de la gestión de la casa recae en las cinco hermanas de forma rotativa. Un panel en el vestíbulo indica quién está dentro y quién fuera. Las monjas permanecen despiertas hasta que todo el mundo está en casa. "No me voy a la cama si no sé dónde está alguien", dijo la hermana María de Jesús. Cuando una chica envía un mensaje a las 23:30 diciendo que llega tarde, la hermana María espera tumbada en la cama. "Mañana la mato", suele pensar, pero se levanta de todos modos cuando la puerta finalmente se abre.

La hermana María regaña a las chicas por las habitaciones sucias y las lavadoras demasiado llenas, y realiza inspecciones de las estancias dos veces al mes. "No sabréis la fecha, pero allí estaré", dijo con una sonrisa. Cuando las residentes traen a un novio a casa, la hermana Rita les da el visto bueno. A veces, les dice que no le gusta el chico.

Estas pensiones se fundaron para alojar a jóvenes, principalmente mujeres, que llegaban solas para trabajar en Nueva York. En su mejor momento a principios del siglo XX, decenas de organizaciones en toda la ciudad ofrecían este tipo de alojamiento. La mayoría han cerrado, víctimas del aumento de los costes de mantenimiento, la reducción de las órdenes religiosas y las alteraciones de la era de la pandemia. El Sagrado Corazón, donde vivió Rettig, ha cerrado desde entonces por razones que no se aclararon de inmediato.

Entre las que quedan, las listas de espera se alargan durante meses.

Para Diana Janna Reyes Núñez, de 26 años, el Centro María se convirtió en un salvavidas tras la muerte de su madre. Vivía no muy lejos de la residencia del Bronx cuando, de repente, necesitó un lugar asequible a donde ir. "Las finanzas han sido una lucha constante para mí", comentó. Poder pagar el alquiler era más llevadero al tener incluidos los suministros, el Wi-Fi y el desayuno. Pero fueron las monjas quienes la ayudaron a superar el duelo.

Jeralene María, que llegó a Nueva York desde la India, había vivido en una residencia similar en su país, por lo que la organización le resultaba familiar. Una monja le ha estado enseñando a cocinar y cada mañana asiste al servicio de la capilla.

No todas las casas son solo para mujeres. Kolping House, una organización católica en el Upper West Side, gestiona unas 90 habitaciones con dos plantas para hombres y una para mujeres, y sin toque de queda.

Walter Heckem, de 63 años, se mudó a la residencia hace unos años y dice que las cenas gratuitas, especialmente los platos de pasta y carne, le recuerdan a los olores que inundaban la casa de su infancia. El trayecto hasta su trabajo como conserje en Manhattan también es cómodo. "La ubicación es perfecta", afirmó.

Hannah Keziah Agustin, una estudiante de posgrado de la NYU de 24 años, se mudó el pasado agosto a Menno House, una residencia para 10 personas en Gramercy afiliada a la Comunidad Menonita de Manhattan. La habitación más pequeña cuesta 580 dólares al mes.

"Era el sitio más barato que encontré en Manhattan", dijo. En esta casa mixta, los residentes comparten las tareas de la cocina, se turnan para la limpieza de los baños y realizan una limpieza a fondo cada seis semanas: rodapiés, alfombras, escaleras.

El gerente Greg Springer señaló que la asequibilidad impulsa el interés, pero que la comunidad también es un gran atractivo.

Agustin prepara regularmente el desayuno y la cena con sus compañeros mientras estudia para sus tareas del máster en Bellas Artes. Una vez, cuando un compañero de casa defendió su tesis doctoral en Fordham, dos residentes hicieron el viaje para ir a verle. La lista de inquilinos de la casa ha incluido a un teólogo indonesio, un cantante de un centro de ópera y un traductor japonés de la ONU al que la casa ayudó a apuntarse a una aplicación de citas. Más tarde se casó e invitó a todos a la boda.

*Contenido con licencia de The Wall Street Journal. Traducido del inglés por Daniela Saltos.