























En marzo de 2025, una influyente organización neerlandesa de bienestar animal, Wakker Dier, apeló a su Gobierno para que exigiera normas específicas de bienestar que protegieran a los insectos criados en granjas industriales y estableciera reglas sobre métodos de sacrificio, densidades, alimentación, temperatura, humedad y manipulación genética.
Wakker Dier señalaba directamente a la compañía neerlandesa Protix y, en particular, a su planta de Bergen op Zoom, una de las grandes megafactorías europeas de mosca soldado negra, donde se crían y se matan decenas de miles de millones de larvas al año para la obtención de proteína.
¿Protección legal para los insectos? En efecto, lo que se ponía sobre la mesa eran los derechos de los «bichos» o, si se quiere de otro modo, la posibilidad de que ciertos artrópodos dejen de ser tratados como pura mercancía biológica.
Aunque se preste a la caricatura, lo que algunas organizaciones animalistas y la vanguardia de filósofos antiespecistas han empezado a exigir no es indulgencia doméstica para las moscas. Lo que plantean es la duda razonable de si los insectos son solo sofisticados mecanismos biológicos o pequeños centros de experiencia capaces de sufrir.
Ahí empieza la nueva bronca animalista. No en la abeja amable de la polinización a la que deberíamos defender porque resulta útil ni en la mariposa bonita de la biodiversidad, sino en la larva, la mosca, la hormiga y la cucaracha: los animales que la nueva economía verde quiere multiplicar y transformar en proteína alimentaria.
Para empezar, una serie de experimentos han vuelto mucho menos cómoda la vieja idea de que los insectos son solo autómatas. Hay abejas que hacen rodar pequeñas bolas sin obtener comida a cambio, una conducta que los científicos han interpretado como algo parecido al juego. Algunas incluso aceptan atravesar una zona caliente para alcanzar una recompensa azucarada: no se limitan a huir del estímulo desagradable, sino que parecen ponderar el coste frente al beneficio.
Nada de eso demuestra que dentro de una abeja haya una conciencia ni siquiera remotamente equiparable a la nuestra o la de un oso. Pero sí debilita la certeza antigua de que una cucaracha es poco más que una piedra con patas.
«Si muriera y me ofrecieran renacer como insecto o dejar de existir, sin duda elegiría no existir», aseguraba en 2015 Simon Knutsson, investigador sueco vinculado a la filosofía moral y al altruismo eficaz, en un ensayo dedicado a una pregunta tan extraña como decisiva para este debate: cuán buena o mala puede ser la vida de un bicho.
Brian Tomasik, investigador estadounidense de la misma órbita académica y una de las voces más extremas de este debate contemporáneo, ha llevado esa sospecha hasta una posición más radical incluso. Si muchas vidas insectiles son breves, hambrientas, parasitadas, mutiladas y dominadas por la muerte temprana, se pregunta, quizá la compasión no consista siempre en proteger a los insectos que existen, sino en reducir las condiciones que multiplican su existencia. Tomasik ha llegado a plantear que sustituir césped por grava puede ser una forma de reducir sufrimiento: menos hierba, menos plantas, menos cadena alimentaria, menos bichos naciendo para una vida que tal vez contenga más dolor que placer.
Jeff Sebo, profesor asociado de Estudios Ambientales en la Universidad de Nueva York y uno de los filósofos que más y mejor han meditado acerca del círculo moral, no compra sin más el salto de Tomasik. «Es demasiado pronto para saber si el saldo vital de los insectos y de los animales salvajes en general es netamente positivo o negativo», asegura a Crónica. «Pero incluso si resultara que ese saldo es negativo, yo preferiría explorar opciones para mejorarlo antes que reducir poblaciones de animales salvajes. En general, cuando alguien sufre, deberíamos empezar preguntándonos si podemos reducir el sufrimiento, en lugar de concluir que deberíamos eliminar al que sufre».
Sebo pertenece a una generación de pensadores que se han empezado a tomar en serio a los insectos a partir precisamente de todas las incertidumbres que tenemos acerca de ellos. «Mientras exista una posibilidad realista, no desdeñable, de que sean sintientes de acuerdo a las mejores evidencias de las que disponemos, tenemos la responsabilidad de considerar los riesgos de su bienestar cuando tomamos decisiones que les afectan», dice.
La idea central de Sebo es que no hace falta demostrar que una mosca sufre como un perro para dejar de tratarla como una mota de polvo. «La sintiencia, la capacidad de experimentar placer y dolor, es la base más plausible del bienestar y del estatus moral», explica. Pero añade que también existen argumentos para tomar en consideración otras posibilidades. Por ejemplo, que la agencia —la capacidad de actuar con algún grado de orientación propia y responder al entorno de una manera que no sea puramente mecánica— baste para conferir algún tipo de estatus moral incluso sin sintiencia; o que la misma condición de ser vivo posea un cierto peso incluso sin agencia.
¿Y a dónde nos lleva todo eso? «En las granjas, eso puede significar reducir progresivamente la cría de insectos e incrementar las alternativas vegetales», propone el profesor. «En la investigación, puede significar considerar el bienestar de los insectos y evitar daños innecesarios durante los estudios». Para los insectos salvajes, aboga por priorizar soluciones estructurales que prevengan los conflictos y por investigar métodos menos dolorosos cuando matar sea necesario.
«No propongo que tratemos a los insectos o a los sistemas de IA como equivalentes legales de los humanos», precisa. «Propongo extenderles protecciones legales que tengan sentido, incluida la protección contra el sufrimiento evitable».
La IA aparece así como el otro extremo del mismo hilo. Sebo admite que es «demasiado pronto» para saber qué querrían o necesitarían los sistemas artificiales si alguna vez llegaran a tener algún tipo de experiencia. Pero cree que ya pueden explorarse intervenciones de bajo coste que, además, encajan con la seguridad tecnológica. Y como ejemplo, el profesor cita la decisión de Anthropic de permitir que Claude ponga fin a interacciones que puedan ser dañinas o abusivas.
Bob Fischer, profesor de Filosofía en la Universidad Estatal de Texas y especialista en ética animal, coloca la frontera del círculo moral en unas coordenadas de pensamiento cercanas a las de Sebo. «La lechuga es moralmente distinta de una cucaracha porque probablemente no puede sentir dolor, mientras que las cucarachas bien podrían tener esa capacidad», sostiene. Un vegetal puede ser destruido sin que haya nada dentro a quien le duela. Con una cucaracha, dice Fischer, eso ya no está tan claro.
Tampoco Fischer afirma que los insectos sufran como una vaca o un pájaro. Lo que sostiene es que la forma estándar de avanzar consiste en buscar paralelismos con animales cuya capacidad para sentir dolor nadie cuestiona. «Buscamos similitudes conductuales y neurofisiológicas. Y pensamos en términos evolutivos sobre el valor adaptativo del dolor y cuándo pudo haber emergido». Y según este profesor de Filosofía, hay buenas razones para tomar en serio el caso porque los insectos responden a estímulos negativos de formas compatibles con la experiencia de dolor, poseen parte de la maquinaria biológica que podría ser necesaria para sentirlo y muestran conductas lo bastante sofisticadas como para que el dolor tenga sentido evolutivo.
Fischer no predica la rendición ante la plaga. Pero sí que si aceptamos que causar dolor innecesario está mal, entonces la posibilidad de que los insectos puedan sentirlo nos da alguna razón para evitarles daños no justificados. «Nadie piensa que debamos dejar que los niños quemen hormigas con lupas por diversión», dice.
Óscar Horta, profesor de Filosofía Moral en la Universidad de Santiago de Compostela y cofundador de Animal Ethics, ha aterrizado en España toda esta discusión intelectual.
«El término 'dañar' se puede pelear de distintas maneras», explica, «pero el más relevante es el que considera que, para que exista daño, debe haber un 'alguien' que lo experimente». De nuevo, el 'alguien'. Una perspectiva. Un punto de vista propio. Alguna forma de experiencia: un ser para el que lo que sucede no sea indiferente.
Recurre a un ejemplo extremo: una persona que sufre un daño cerebral irreversible y ya nunca volverá a tener ninguna clase de experiencia. Su cuerpo podría seguir vivo, pero el sujeto habría desaparecido. Una lechuga, una piedra o una mesa no forman parte de ese territorio porque no hay razones para pensar que tengan la base física que permite experiencias.
El problema empieza justo después. Porque muchos animales sí tienen sistema nervioso, y en los artrópodos —el grupo en el que están insectos y crustáceos— aparecen sistemas nerviosos centralizados, cerebros, conductas complejas y, en algunos casos, cifras nada despreciables de neuronas. Las abejas, recuerda Horta, son las más estudiadas y algunas superan incluso el millón de neuronas. Vuelven a la colmena, transmiten información, organizan conducta social, manejan señales. «Parece muy difícil de explicar considerando que sean autómatas», dice. ¿Podemos entonces trazar la frontera exacta y decir aquí empieza la sintiencia y aquí termina la máquina? No. «No sabemos dónde está», resume. Pero no saberlo no equivale, en su opinión, a descartarlos. «Yo no estoy levantando la espada flamígera del arcángel San Gabriel y diciéndole a la gente: haced lo que yo os digo», advierte. «Lo que planteo es: hay estas evidencias, estos argumentos, y deberían ser tenidos en cuenta».
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