Él no lo recuerda, pero en la rueda de prensa posterior a la reunión del Comité de Dirección del Partido Popular del 14 de julio del año pasado, Borja Sémper condenó los incidentes racistas en Torre Pacheco. ¿Se acuerdan de aquello? Él no demasiado. Tampoco lo recuerda, pero aquella mañana el portavoz del PP habló de la corrupción del PSOE, de Santos Cerdán, de Ábalos y de Paco Salazar. También del llamado «cupo secesionista». Respondió varias preguntas a los periodistas durante 10 minutos exactos. Luego bebió un trago de agua, dobló un taco de papeles y, con la naturalidad con la que uno anuncia la presentación de una enmienda a la totalidad, contó allí mismo, en la sede nacional del partido, que le habían detectado un cáncer. De esto sí se acuerda perfectamente. «Es una inmensa jodienda», dijo. Y ya no hubo hueco para otro titular.
Después explicó que a partir de entonces tendría que compaginar mal que bien sus funciones en el PP con el tratamiento de la enfermedad. Pero lo cierto es que no lo hizo. Ni bien ni mal. Después de aquella rueda de prensa, Borja Sémper se esfumó durante casi 10 meses.
«Viví aquel día con muchos nervios, con mucho vértigo», cuenta hoy, horas después de regresar oficialmente a la política tras superar la enfermedad. «Sabía que lo tenía que contar, porque en el mejor de los casos me iba a alterar físicamente y en el peor, iba a desaparecer. Alguien del equipo de prensa me pasó un texto para explicarlo, pero yo no era eso... Así que lo dije cómo me salió y ya está. Quería encontrar el punto correcto de naturalidad y normalidad porque, inocentemente, sí pensé que iba a poder compatibilizar el tratamiento con mi actividad política».
Sémper tampoco se acuerda del todo de qué desayunó aquel día, ni de si lucía el sol en Madrid o si se fumó o no el último pitillo camino de la calle Génova. A primera hora fue al Comité de Dirección de su partido. Como todos los lunes. Allí reveló lo que ya le había explicado en privado a Alberto Núñez Feijóo y lo que iba a hacer público un rato después. «Se creó un silencio sepulcral y me emocioné. No esperaba emocionarme... Sólo quería que pasara todo rápido y ni siquiera recuerdo la actualidad de ese día».
Habían pasado sólo dos semanas desde el primer diagnóstico: cáncer de páncreas. Hay pocas combinaciones de palabras más devastadoras que cáncer y páncreas. Está considerado el cáncer más letal del mundo. Según los datos de la Sociedad Española de Oncología Médica, sólo un 5% de los pacientes sobreviven más de cinco años tras el diagnóstico. Lo normal es que el 75% de ellos no supere el primer año.
«Es cierto es que nada fue normal durante esos días», recuerda el político. «Fui a hacerme un chequeo porque mi mujer decía que yo tosía por las noches y se empeñó en que fuera al médico. Fui un poco para pasárselo por el morro y poder decirle que estaba perfecto. Ahí me dicen que los pulmones están bien, pero me encuentran una mancha en el páncreas».
Ese día, Sémper fue al médico solo. A la salida llamó a su mujer, la actriz Bárbara Goenaga, para contarle más lo de la mancha que lo del páncreas. «Con un poco de suerte, es un quiste». Pero no.
«Es un momento especialmente malo porque desde el primer resultado y hasta que se concreta el diagnóstico pasan unos días. Primero han visto algo, luego ese algo se confirma que es malo, después hay que ver la dimensión de lo malo. Desde que sé que tengo un tumor y hasta que se confirma si está extendido o no -es decir, la diferencia entre la vida y la muerte- pasan cuatro noches en las que hay un elefante enorme en la habitación al que no quieres mirar porque sabes que marcará un antes y un después. Y mientras, vas cerrando carpetas. Nos acabábamos de cambiar de casa, los niños todavía son pequeños... ¿Cómo dejo a Bárbara colgada con cuatro hijos y una hipoteca recién firmada en una casa nueva? Y a eso se junta la pena inmensa de saber que te vas al otro barrio».
¿Duerme algo durante esos días?
No, no. Duermes raro. Mal. Pero te da igual. De repente todo pasa a estar suspendido, como en una nebulosa. Es como si todo esto no te estuviera pasando a ti. Tu sensación vital es como cuando te quitas las gafas y lo ves todo borroso. El tiempo pasa a ser otra cosa. No avanza ni se detiene. Todo es muy raro.
El día que los médicos le confirman que el tumor no está extendido, arranca en Madrid el Congreso Nacional del Partido Popular. Pero Sémper tampoco se acuerda del todo bien. Es el viernes 4 de julio de 2025. «A mí me la trae al pairo el Congreso», admite ahora. «En el chat del partido se especulaba con los nombramientos de unos y otros y a mí ya todo me daba igual». Entonces nadie en el PP conocía la enfermedad de su portavoz. Ese mismo viernes, se lo contó a Feijóo.
¿Qué le respondió él?
Yo le digo: ‘Oye, mira, me pasa esto y entenderé que no quieras contar conmigo o que quede todo en suspenso’. Y él me dice que ni hablar: ‘Tú cúrate, céntrate en esto y te esperamos sin problemas’. Los del norte tenemos una relación particular con los sentimientos, pero él ha sido muy cariñoso desde ese momento y hasta ahora. Alberto tiene una dimensión humana extraordinaria.
¿A quién le costó más contarle que tenía cáncer?
Me lo detectan un viernes y justo ese día venían mis padres a pasar el fin de semana a Madrid. El diagnóstico no era concluyente todavía, así que para no asustarles, no les conté nada ni a ellos ni a los niños. Lo supieron muy poco antes de hacerlo público. La palabra cáncer es sinónimo de muerte en nuestra familia, porque los padres de mi mujer habían fallecido de cáncer. Los niños identifican cáncer con muerte y había que decirles que éste era un cáncer que se podía curar.
Y se curó. «Ahora mismo estoy limpio, pero no me engaño y soy consciente de que puede volver». Atrás quedan cinco meses de quimioterapia, 10 sesiones de radioterapia y una operación. Sémper lo ha documentado todo en una colección de retratos y autorretratos que guarda en la intimidad. «El cambio es brutal».
Cuenta que después del chute inicial de quimio supo que eso de compaginar los médicos y la política no iba a ser tan fácil. «Ese día ya empecé a notar que mi cuerpo no lo iba a gestionar bien y supe que no me iba a permitir una vida normal. La primera sesión fue bien, la segunda mal y la tercera fue un espanto. La sensación es indescriptible. Notas cómo el veneno entra en tu cuerpo y cómo tu cuerpo lo rechaza. A nadie le sienta bien la quimio, pero yo enseguida tuve escalofríos, un agotamiento muy grande y tenía siempre febrícula. Siempre. Día tras día. Semana tras semana. Mes tras mes. En el ecuador del tratamiento ya no podía casi caminar porque se te hinchan las piernas, te queman y notas cómo tus órganos empiezan a fallar. Primero el hígado, luego los riñones, los pulmones... Y te miras en el espejo y no te reconoces. El pelo, las cejas, las pestañas... Se te cae la barba, el pelo de tooooodo el cuerpo. Psicológicamente aguanté el tipo porque todo iba funcionando bien y con eso tiraba. Me ingresaban, me estabilizaba y seguía».
"Yo me creía inmortal y de golpe sentí una pena terrible por dejar de vivir. Una profunda pena como no he sentido nunca en mi vida"
¿Más allá del tratamiento médico, cómo es su rutina durante esos meses? ¿A qué dedica el tiempo libre?
El día a día deja de tener el orden que tiene en la vida cotidiana. Todo salta por los aires. Duermes por la mañana porque por la noche no has dormido, desayunas a las cuatro de la mañana, comes a las cinco de la tarde. Tu universo pasa a ser el cáncer, porque se mete en tu vida y lo coloniza todo. Todo es cáncer.
¿Ha tenido tiempo para leer, ver películas, series...?
He pasado noches en vela viendo la trilogía de El Padrino. Tiré mucho de cine porque no me exigía intelectualmente. Cuando no podía dormir, me bajaba a ver películas. Cine antiguo. Mi padre es un cinéfilo y yo desde pequeñito he ido mucho al cine con él. Me he visto otra vez casi toda la filmografía de John Ford, pero con una sensación enorme de nostalgia por los tiempos pasados, por la vida. Lo he vivido con una sensación de emoción permanente.
¿Ha llorado mucho?
No soy muy llorón, pero he llorado un par de veces que recuerdo perfectamente. Hubo un día que estaba agotado, no podía ni levantarme de la cama. Vino Bárbara y le dije: ‘Es que no puedo más’. Estaba tan cansado, tan dolorido, que me eché a llorar.
¿Y el otro momento?
El otro tuvo más que ver con mi miedo a dejarles colgados. Cuando pensaba que me iba a morir me venía abajo por el marrón que le dejaba a Bárbara.
¿Y cuándo dejó de pensar que se iba a morir?
Cuando me dicen que no está extendido y que tengo un 50% de posibilidades de sobrevivir. Es una cifra mágica, porque es una moneda al aire. Pero bueno, te agarras a eso. Yo siempre me ponía en la peor situación. Es como cuando hacías un examen en la carrera. Voy a pensar que saco un cuatro y si luego saco un cinco, pues me llevo una alegría de la pera. Y si suspendo, pues ya estoy mentalizado. Psicológicamente te intentas preparar para el peor escenario posible y vas cerrando esas carpetas que decía antes. No tenía que haber dejado el trabajo que tenía en la empresa privada, un seguro cojonudo, no teníamos que haber cambiado de casa... Seré gilipollas...
¿Empieza a planificar su propia muerte?
Claro, empiezas a planificar cómo dejar lo menos mal posible a los que se quedan. Y entonces te entra una profunda pena. Yo me creía inmortal, no me han operado ni de apendicitis, y de golpe sentí una pena terrible por dejar de vivir. Una profunda pena como nunca en mi vida. No he conocido una tristeza más profunda. Como decía Woody Allen, no es que me asuste la muerte, es que no quiero estar allí cuando ocurra.
Hay un momento en la nueva vida de Borja Sémper que explica bien cómo drásticamente se trastoca su calendario. Toda la familia se acababa de mudar a una nueva casa a las afueras de Madrid. Cuando llegó el cáncer todavía no había llegado el sofá. Y su mujer compró una planta para el balcón. Una planta era el plan perfecto. «Tenemos una pared de un ladrillo espantoso y Bárbara compró una planta trepadora para que con el tiempo tapase el muro. Recuerdo que me dijo: ‘En dos años va a estar muy crecida la enredadera y ya no se verá’. Y yo pensé: ‘Hostia... Dos años... Pues igual no lo veo’. De un día para otro el futuro se acorta, la perspectiva de futuro pasa a ser mañana, pasado, el mes que viene. Quedan en suspenso los análisis futuros. Todo deja de ser posible».
¿Queda algo de esos primeros días que todavía no haya podido procesar?
Todo está en un sitio. He tenido mucho tiempo para ir asentando y una inmensa suerte porque todo ha ido bien y he estado muy rodeado. Siempre me he creído muy autosuficiente, pero me he dado cuenta de que tengo unos amigos cojonudos. Han sido un apoyo vital.
¿Ha necesitado terapia?
No, en algún momento estuve a punto de recurrir a ella. Tenía claro que antes de caer pediría ayuda, pero al final no lo necesité porque el miedo pasó a otro lugar.
¿El miedo ha estado presente durante los 10 meses o es algo que se va difuminando?
El miedo siempre está. Es como un ruido sordo, muy grave. Mmmmmmmmm. Cáncer. Páncreas. Mmmmmmmmm. Todo el rato. Mucho tiempo. Nunca desconectas porque el cáncer es una enfermedad que nunca te permite olvidarla. Recuerdo madrugadas sin dormir viendo en internet páginas sobre el cáncer, las operaciones, los porcentajes de éxito. Buff...
¿Le preguntó alguna vez a ChatGPT?
En ChatGPT metíamos las analíticas y cosas de estas. Pero en momentos puntuales. La condición humana es así y buscas respuestas. Pero en general creo que he estado bien psicológicamente.
Sí ha reconocido que con el diagnóstico comienza un descenso a los infiernos. ¿Cuál es la parte más oscura de este proceso?
Es un túnel muy oscuro, sí. Ves el sufrimiento y el miedo en tu entorno. Ves la cara de póquer de tus amigos cuando te visitan. Percibes el impacto en los demás. De tu familia, de tus padres... Yo tengo la amarga sensación de haberle hecho la vida imposible a mis padres durante los últimos 30 años. Primero por ser del PP en el País Vasco y por tener un hijo amenazado por ETA y ahora por tener un cáncer. Hay que ser cabrón para hacer eso a tus padres.
Cuando Borja Sémper tenía sólo 21 años, hace ya tres décadas de esto, aparecieron unas pintadas en Irún, su ciudad natal, que decían: «Sémper, vas a ser el próximo». Enmarcadas en una diana. Y por si no pillaba la indirecta, abajo decía: «Te vamos a matar». El político era entonces militante de Nuevas Generaciones y el concejal del PP más joven de la localidad. Luego le informó la Guardia Civil de que hasta tres veces intentó ETA acabar con su vida. En Todos los futuros perdidos, el libro que escribió años después sobre el fin de la banda terrorista junto a su amigo Eduardo Madina, ex político socialista, Sémper hablaba de aquellos tiempos en los que el miedo organizaba su agenda y la muerte apareció demasiado cerca demasiado pronto.
"Tengo la amarga sensación de haberle hecho la vida imposible a mis padres durante los últimos 30 años. Primero por la amenaza de ETA y ahora por el cáncer. Hay que ser cabrón para hacerles eso"
¿A nivel emocional es muy diferente la amenaza de muerte de ETA a esta nueva amenaza?
Esto lo he pensado mucho. Y sí, es diferente. Pasé muchas noches en vela cuando ETA me intentó matar, pero yo me encerraba en mi casa, daba dos vueltas a la llave e incluso llegué a dormir con un arma en la mesilla. Sabía que allí no me iba a pasar nada. Con el cáncer no puedes hacer nada. En tiempos de ETA sabía que había momentos en los que la muerte no me acechaba. Ahora el cáncer siempre está. Si me encierro, el cáncer sigue ahí. Y si viajo, el cáncer viaja conmigo.
¿Y hay alguna similitud entre el día que le llaman y le dicen que ETA le quiere matar y el día que le llaman y le dicen que el cáncer de páncreas le quiere matar?
Sí. Los dos momentos suponen un antes y un después. Adquieres conciencia de la posibilidad de morir. Yo sabía que ETA asesinaba, había matado a algún amigo, la violencia no era algo ajeno. Pero cuando te va a pasar a ti... Con el cáncer pasa lo mismo. El cáncer existe, lo hemos tenido cerca, lo hemos vivido, pero cuando te pasa a ti es un antes y un después. Pasas a ser el protagonista de la posibilidad de morir.
¿Ha vuelto el miedo a organizar su agenda?
El miedo es uno de los sentimientos más poderosos que existen. Dicen que es más poderoso incluso que el amor. Te transforma y te impide hacer cosas, pero es gestionable. Yo siempre creí que el miedo no podía condicionarme y creo que en la época de ETA lo conseguí. Ahora también creo que lo he conseguido.
¿Cuántas vidas tiene Borja Sémper?
Está claro que tengo mucha suerte. Soy un tipo al que la muerte persigue desde hace muchos años, pero de momento yo corro más. Soy más consciente de la suerte de estar vivo porque soy consciente de que la muerte está muy cerca.
¿Ya no se cree inmortal?
Desde luego, no estaba en mis variables vitales la posibilidad de morirme. Sabía que me iba a morir algún día, pero piensas que será cuando tengas 90 años, cuando seas abuelo... Ahora tengo otra consciencia porque igual no veo crecer la enredadera.
¿Durante estos meses cuál ha sido su refugio? ¿En qué momentos se encontraba realmente en paz?
Pues, aunque suene terrible y chungo, cuando me ingresaban. Era un momento de alivio porque te estabilizan y pasas de vivir con una molestia y un dolor continuo a estar tres o cuatro días en el hospital calmado y tranquilo.
Antes me contaba los momentos más oscuros de estos meses. ¿Cuál diría que ha sido el más luminoso?
Momentos bonitos ha habido muchos y casi todos tienen que ver con la familia y los amigos. Antes decía que había llorado dos veces, pero hubo una tercera. Cuando me dijeron que el cáncer no estaba extendido. Llamé a Bárbara y lloramos los dos por teléfono. Cuando la operación sale bien y me dicen que el tumor está prácticamente resecado fue un día brutal. No pude celebrarlo con champán, pero fue maravilloso. Haber estado en ese túnel oscuro te permite valorar lo extraordinaria que es la vida y la maravillosa suerte que es estar vivo. Y no me hace falta ir al mejor restaurante o viajar a ningún sitio para flipar.
El nombre de Bárbara Goenaga ha aparecido varias veces durante la conversación. ¿Ha descubierto algo de su pareja que le haya sorprendido?
No. Sólo ha confirmado lo que ya sabía o intuía. Bárbara ha sido mi sustento y el de la familia. Me ha salvado la vida, sin duda. Y esto es una putada decirlo públicamente porque es un peaje que voy a pagar el resto de mi vida [ríe a carcajadas].
El pasado lunes, el portavoz y vicesecretario de Cultura del PP volvió a participar en el Comité de Dirección del partido. 294 días después. «A veces los partidos damos buenas noticias», celebró Elías Bendodo, vicesecretario de Política Autonómica y Municipal. Sémper se volvió a emocionar.
«Me considero afortunado por el volumen de afecto que he recibido y no sé cómo voy a ser capaz de devolverlo. De mi círculo más cercano, pero también de gente anónima», explica. Cada día recibe decenas de mensajes privados por Instagram de enfermos de cáncer de todo el país. «Nunca habría imaginado semejante cariño y la generosidad a raudales que he recibido desde que lo conté. Es acojonante y tengo un compromiso vital para devolverlo».
"Desde la distancia ves las costuras de la política, lo que no funciona y la basura en la que se ha convertido la conversación pública. Y entonces todo parece aún más espantoso"
¿Qué se siente al abandonar de golpe la vida pública y ver que todo sigue igual sin usted?
Me daba absolutamente igual la vida pública y no me importa reconocerlo. Centré todas mis energías en salvarme. Y mi partido me dejó claro que no pasaba nada y que todo me esperaba.
Las cosas no han cambiado mucho desde que usted se fue...
Lamentablemente.
¿Cómo ha visto la política desde la barrera estos 10 meses?
Con una perspectiva absoluta, una distancia radical. Con lo cual las costuras se ven mucho más. Ves lo que no funciona y la basura en la que se ha convertido la conversación pública, y entonces todo te parece aún más espantoso. Me he dado cuenta de que hemos normalizado cosas que no deben ser normales. Y esto me interpela en lo personal y me obliga a ser consecuente en esta nueva etapa política.
¿Qué va a hacer para cambiar este clima?
Pues no anunciarlo tanto, sino hacerlo. Yo soy el más imperfecto de todos pero si, por ejemplo, un ministro de Transportes se mete conmigo a través de un tuit, pues yo no voy a entrar. Igual hace 10 meses le hubiera contestado. Pero no he vuelto a la política para eso.
¿Y esto lo ha comentado en su partido? Porque la polarización y la bronca no son ajenas hoy a ninguna formación. Tampoco a la suya.
Yo no soy quién para dar lecciones a nadie. Todos tenemos una cuota de responsabilidad. También los medios de comunicación. Pero creo que esa responsabilidad es asimétrica y que quien tiene el gobierno tiene una responsabilidad superior al resto. Del clima político en la Comunidad de Madrid, en Andalucía o en Euskadi son mucho más responsables quienes gobiernan en cada territorio. Y en España pasa lo mismo. Quien gobierna tiene unos resortes para inocular o marcar una tendencia de conversación. Hoy es como si todo el mundo llevara un cuchillo en la boca, cada uno en su trinchera. A ver quién pega el zambombazo más gordo, a ver quién pone el tuit más potente. Es un circo de siete pistas en el que jugamos todos mientras la política pasa a un segundo plano.
¿Cuántas veces ha pensado en dejar la política durante estos meses?
Lo he pensando, sí. Pero no lo he hecho porque de verdad creo que Feijóo es un tipo que puede cambiar la conversación pública, puede hacer que la política vuelva a ser un poco más aburrida y previsible. Y para mí eso es muy tentador.
¿Vuelve más por usted o por el clima?
Por una mezcla de circunstancias. Es cierto que tengo una parte de yonqui. Me gusta la política como servicio público y tiene algo que me parece apasionante. No hay otra cosa que te proporcione la posibilidad de conseguir con tu acción que a la gente le vaya mejor. Eso es una oportunidad extraordinaria y no hay sueldo en la empresa privada que lo compense.
¿Hay algún mensaje de los que ha recibido de sus rivales políticos durante este tiempo que le haya sorprendido?
Tengo que decir, y no voy a dar los nombres, que me ha sorprendido la reiteración en los mensajes privados que me han mandado varios ministros. Y lo agradezco mucho. También he recibido mensajes de apoyo de gente del PSOE, de Sumar, de ERC, del PNV, de Junts...
¿De Puigdemont?
No, no.
¿Le ha escrito alguien de Bildu?
No.
¿Está preparado para volver a cambiar el ritmo de su vida y para volver a meter la cabeza en la centrifugadora?
Sí, pero no para aceptar las revoluciones a las que la centrifugadora iba antes. La política es una exigencia extraordinaria y eso lo asumo. Pero también sé que la política no lo es todo y cada vez lo tengo más claro. Si solo te dedicas a la política, si solo estás con gente que hace política, si solo piensas en clave política y partidista, no harás bien tu trabajo.
¿Hay algo de su vida de antes que tiene claro que no va a volver?
Sí, no voy a volver a enfadarme. Me he enfadado mucho y no me quiero volver a enfadar.
¿Y hay algo que le parezca urgente ahora que antes no lo fuera?
Toda la urgencia tiene que ver con mi familia y con los niños. Quiero pasar más tiempo con ellos.
¿Qué le ha enseñado el cáncer?
He aprendido un huevo de cosas. Es un aprendizaje que me podría haber ahorrado porque es una inmensa putada que nadie debería pasar. Pero si lo superas, deja unos aprendizajes brutales. Sobre todo valorar la inmensa suerte que es estar vivo.
¿Le agradece algo a la enfermedad?
No sé... Al cáncer no le agradezco nada. Es un hijo de puta... pero es nuestro hijo de puta.
¿Tiene miedo de que vuelva?
Mentiría si dijera que no. Pero tampoco estaría diciendo toda la verdad si dijera que sí. Es algo que está ahí, sé que es una posibilidad cierta, pero no me ocupa tiempo. Cuando lo pienso, sí me da un poco de miedo.