























Un presidente sin poderes ejecutivos pero ejecutor. Un consejero delegado con capacidad de mando pero sin poderlo ejercer. Unos consejeros dominicales coaccionados por la política de contratación estatal. Unos vocales independientes presionados hasta la extenuación por el Gobierno. Semejante sainete ha sido, sin entrar ... en detalles, lo ocurrido en Indra para desalojar a Ángel Escribano de la presidencia y situar a otro «ángel» de mayor devoción, Simón. Al margen de sus capacidades y cualificación como profesional, y si, por tanto, es el más adecuado o no. Ahí no entro. Pero lo peor no es que haya ocurrido, sino que es el pan nuestro desde que allá por 2021 Moncloa se desvergonzó y decidió tomar por la fuerza Indra para echar a Fernando Abril-Martorell y situar a Marc Murtra, exjefe de gabinete del ministro Joan Clos, sin experiencia alguna entonces en compañías del Ibex ni en un sector tan estratégico como la defensa. Y lo dicho, independientemente de su valor y capacidad de trabajo, que lo desconozco. Era solo el aperitivo de lo que estaba por llegar. Las normas de buen gobierno corporativo se habían derogado por el artículo 33 y a plena luz del día.
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