




















Ha transcurrido una semana desde la contundente derrota electoral de Víctor Orbán en Hungría y todavía hay quien se empeña en explicarla recurriendo a los manuales habituales: el desgaste tras dieciséis años de gobierno ininterrumpido, la erosión de cualquier liderazgo personalista, la fatiga de un ... electorado que termina hastiándose incluso de aquellos dirigentes a los que un día encumbró. Y aunque algo (no mucho) de verdad hay en todo ello, semejante explicación resulta insuficiente para comprender lo sucedido el pasado domingo: no olvidemos que hace apenas cuatro años Orbán todavía cosechaba más del 50% de los votos y retenía los 135 diputados que le garantizaban dos tercios de la Cámara, esto es, la supermayoría necesaria para reformar la Constitución. El desplome se ha gestado íntegramente en esta última legislatura y su explicación es, ante todo, económica.
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