




















Cada vez son más los españoles que comparan el sistema de pensiones en España con los modelos europeos, viendo cómo hay algunos países que tienen una mejor estructura y un mejor equilibrio entre la sostenibilidad y la protección social. De hecho, aunque el modelo español está sustentado principalmente en el sistema de reparto de la Seguridad Social, lo cierto es que empieza a haber otros modelos que llaman la atención como el caso de Suiza.
El modelo suizo no se apoya en una única fuente de financiación, sino en una arquitectura de tres pilares complementarios que reparten el peso del sistema. El primer pilar es el equivalente al sistema público: el Seguro de Vejez y Supervivencia (AVS), financiado mediante cotizaciones obligatorias. Su función es garantizar una base mínima para todos los ciudadanos. Sin embargo, esta pensión pública cubre solo entre el 16 % y el 31 % del salario medio, por lo que no está diseñada para mantener el nivel de vida por sí sola.
El segundo pilar introduce una diferencia fundamental respecto a España: la capitalización obligatoria. Los trabajadores acumulan ahorro en cuentas individuales gestionadas por fondos de pensiones, vinculados a su empleo. Este capital pertenece al trabajador y crece con el tiempo. Por último, el tercer pilar es voluntario y privado, con incentivos fiscales que fomentan el ahorro adicional.
El resultado de esta combinación es que el sistema busca garantizar alrededor del 60 % del último salario al jubilarse, sumando los tres pilares.
La principal diferencia entre ambos países radica en el modelo de financiación. España funciona casi exclusivamente con un sistema de reparto: las cotizaciones de los trabajadores actuales financian las pensiones de los jubilados. En cambio, Suiza combina reparto y capitalización, lo que diversifica el riesgo.
De esta manera, en España las cotizaciones superan el 36 % del salario bruto, mientras que en el caso de Suiza solo llevan al 12,8 %. Esto significa que el esfuerzo contributivo es mucho mayor en España, donde el sistema depende casi exclusivamente de los ingresos actuales.
Otra de las claves del modelo suizo es que el Estado no asume todo el peso del sistema. Mientras que en España la pensión pública es el eje principal, en Suiza el sistema se reparte entre el sector público, el empresarial y el ahorro individual.
Este reparto reduce la presión sobre las cuentas públicas y permite mayor estabilidad a largo plazo. De hecho, informes internacionales sitúan a España en niveles bajos de sostenibilidad dentro de los sistemas de pensiones, mientras que países con modelos mixtos obtienen mejores resultados.
Eso sí, las pensiones en Suiza son menos generosas que en España. En nuestro país, la pensión puede alcanzar alrededor del 55 % de la renta media, mientras que en Suiza la pública apenas llega al 28 %. Sin embargo, esto se compensa con el resto de pilares, por lo que la pensión deja de ser un derecho garantizado, sino que se construye siendo una responsabilidad individual de cada uno.
Es por eso que el modelo suizo se basa en la flexibilidad. Es decir, es el trabajador el que puede anticipar o retrasar la jubilación, ajustar las aportaciones privadas o beneficiarse de incentivos fiscales. Por ejemplo, retrasar la jubilación puede aumentar la pensión hasta en un 31,5 %, lo que incentiva prolongar la vida laboral.
A pesar de las comparaciones, trasladar el modelo suizo a España no es sencillo.
Los sistemas de pensiones están profundamente ligados a factores como la estructura del mercado laboral, el nivel de salarios, la cultura de ahorro o la demografía. Y cambiar todo esto no es fácil. Además, la introducción de cambios y de un sistema de capitalización requiere tiempo y una transición compleja, ya que implica financiar simultáneamente las pensiones actuales y el ahorro futuro.
Por otro lado, el caso suizo no es único. Otros países europeos también han optado por sistemas mixtos, combinando reparto y capitalización, y podrían servir de ejemplo para España en caso de que el sistema de pensiones necesitara un cambio y una transformación profunda, si bien no parece que vaya a ocurrir a ese nivel.
Aun así, el modelo de Suiza se diferencia de todos los otros porque está plenamente consolidado y forma parte de la cultura económica del país. Algo que se ha conseguido con el tiempo y ha permitido a los trabajadores ser conscientes de su futuro e ir poco a poco construyéndolo según sus necesidades o intereses.
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