























Todavía hoy, Apple es para muchos sinónimo de estatus. Cumplido medio siglo de vida, la empresa fundada en 1976 por Steve Jobs, Steve Wozniak y Ronald Wayne ha evolucionado sin cuestionarse la filosofía de la exclusividad. Cierto es que los comienzos fueron más audaces. Un ordenador personal de la marca de Cupertino simbolizaba toda una declaración de intenciones, como si cada comprador fuese una versión techie de la generación beat, y los early adopters se deshacían en alabanzas hacia el diseño, la interfaz y una lógica que rompía las farragosas barreras del computador convencional. Ese espíritu quedó parcialmente diluido tras la muerte de Jobs y con la llegada en 2011 de Tim Cook, cuyo enfoque más conservador no ha impedido a la Gran Manzana consolidarse como una de las empresas más valiosas del planeta, con una capitalización bursátil que ronda los 3,18 billones de euros.
Para las escuelas de negocio, Jobs era un prestidigitador. Convertía cada evento en una especie de concilio vaticano y sus buenas dotes de comunicación fabricaban, más que clientes, auténticos fans incondicionales. Requetemanida pero no por ello menos reveladora fue la presentación del primer iPhone en verano de 2007. El gran mesías tecnológico consolidó en aquel evento un aura mágica que ya contaba con ingredientes suficientes para forjar toda una leyenda en Silicon Valley: su despido y resurrección, el seísmo provocado en la industria musical con el iPod e iTunes, un estilismo sencillo y sport donde el utilitarismo prevalecía sobre la vanidad. Durante la primera década del siglo XXI, el límite de Apple era el cielo.
Los ciclos de consumo del capitalismo podrían empujar al observador a concluir que Apple se limita, con un grado de tozudez superior al de la competencia, a explotar hasta la saciedad productos consolidados con pequeñas iteraciones. Cuenta con una base leal dispuesta a renovar sus teléfonos inteligentes, aunque a la vez este conservadurismo incline al hastío a una porción minoritaria de la clientela. En conjunto, los números secundan la estrategia: si en 2010 (año en que se estrenó el iPad), se vendieron alrededor de 40 millones de smartphones, en 2024 la cifra alcanzó los 228 millones, según Statista.
Pero desde el advenimiento de Cook, Apple ha maquinado muchas cosas. Sin el carisma de su antecesor, el actual CEO hizo hincapié en la división de servicios de la compañía, que incluye la música, Apple TV, la nube, AppleCare +, la Apple store y plataformas menos populares en España como las de videojuegos, noticias y fitness. Este bloque representó, a cierre del ejercicio fiscal de 2025 (septiembre), el 26,2% de su facturación total. Bajo el mandato de Tim Cook también han surgido nuevos dispositivos, casi todos ellos exitosos, sobre todo los AirPods y el Apple Watch, ambos líderes en sus categorías, más los chips propios, mejor optimizados que los viejos Intel para propulsar los sistemas operativos. La excepción en esta secuencia ganadora son las gafas Apple Vision Pro, incapaces de rebasar, de acuerdo con varios analistas de la industria, las 45.000 unidades vendidas durante las pasadas Navidades.
Apple siempre ha hecho gala de su compromiso con la privacidad del cliente y esa actitud ha provocado varios encontronazos con el FBI y el Departamento de Justicia, que alegan dificultades adicionales para rastrear a terroristas y delincuentes cuando usan un iPhone u ordenador Mac. Tampoco se ha librado del reverso de estas políticas, por ejemplo cuando anunció una tecnología para escanear en iCloud material pederasta, herramienta que los más críticos consideraron pura y dura vigilancia mientras la fiscalía de Virginia Occidental acusaba a la multinacional (febrero de este año) de ser demasiado laxa en su lucha contra la difusión de contenidos ilícitos.
Bajo ese mismo discurso del sagrado dato anónimo edifica Apple su campaña de IA. Apple Intelligence no participa en la loca carrera de los LLM (grandes modelos de lenguaje), sino que apuesta por ofertar un cerebro más personal y discreto, capaz de correr directamente en el propio dispositivo y apoyado en las soluciones de gigantes como Google (Gemini) cuando de cubrir tareas más complejas se trata. Es tal vez esta esfera la que genera más dudas, pues a la dependencia tecnológica de terceros se suma un asistente de voz, Siri, todavía demasiado torpe, y la obsolescencia de todos aquellos aparatos carentes de los chips más musculados y por lo tanto incapaces de incorporar estas funcionalidades.
Algo parece innegable: 50 años después, el encantamiento sigue ahí. Por encima de todas las cosas, por delante de cualquier plan de futuro negocio, Apple domina como nadie la narrativa del diseño y la excelencia, igual que ocurre con Hasselblad en la fotografía, Rolex en los relojes o Louis Vuitton en la moda. Sus artilugios son reconocibles, marcan tendencia, emiten vapores premium y convierten a las marcas asiáticas del segmento en simples émulos aunque lleven años innovando. Así de fuertes son las inercias históricas.
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