




























El anunciado advenimiento de John Ternus como CEO de Apple en sustitución de Tim Cook no arroja demasiadas pistas sobre un posible cambio de estrategia a propósito de la IA, herramienta de herramientas y santo grial del mundo tecnológico. De momento, pues, hay que quedarse con la huella dejada hasta la fecha por la compañía de Cupertino, una impronta que muchos calificarán de anticlimática si se compara el desempeño mostrado con el de firmas generalistas como Alphabet, Microsoft y Meta u otras más especializadas como OpenAI o Anthropic.
Apple ha basado su ecosistema de inteligencia artificial en dos conceptos clásicos inherentes a su filosofía: la integración y la discreción. Si los procesos pueden ejecutarse de forma local y eficiente, Apple lo prefiere, como prefiere colocar la protección a la privacidad en el pedestal de su narrativa. Elegir este camino implica ciertas limitaciones, pues, más que embarcarse en la creación de un LLM capaz de competir con Perplexity o Gemini, lo que la marca implementa es un esquema híbrido donde se recurre a grandes modelos externos para resolver asuntos universales mientras se reserva el músculo casero para entender y gestionar el microcosmos de cada usuario. Lo vago de subcontrata, lo concreto se trabaja desde dentro.
Siri es el mejor ejemplo de la vía adoptada y, a veces, también el más terrible. El discurso oficial exalta la transformación del asistente de voz en un “sistema con conciencia del contexto personal”. Quizás no se trate del léxico mejor elegido, pues las máquinas carecen de conciencia y Siri ni siquiera destaca en aquella función que la vio nacer (hay asistentes de voz mucho más competentes).
El caso es que ahora, sobre el papel y gracias a sus no tan resultones motores de IA, Siri puede seguir el hilo de las peticiones que lanza el humano incluso si se trastabilla y corrige al dictar instrucciones; actúa como copiloto o descubridor cuando el comprador se enfrenta a un nuevo producto; y se apoya en una extensión a ChatGPT para escribir texto, urdir imágenes y resolver dudas. Si los demás hablan de agentes autónomos en esa segunda ola después de la IA generativa, Apple todavía encumbra a Siri como su agente responsable y limitado.
Se hablaba de discreción y esa premisa opera con un segundo significado. Pretende Apple orquestar una suerte de mini world model, esto es, una IA que, más que nutrida de datos precocinados, se alimente y funcione a partir de lo que observa a través de las fotos del usuario, de los vídeos que graba, las apps que utiliza, las pestañas que abre al navegar en internet, los correos electrónicos que envía y sus hábitos de consumo tecnológico. Pero la magia de esta pirueta reside, según los rectores de la multinacional, en que dicha capa es invisible y actúa sin que nadie sea capaz de percibirla. Una aproximación que, nuevamente, puede resultar descorazonadora para los tecnófilos más militantes.
A la marca se le puede achacar una clara asimetría entre lo que dice que es Siri y lo que Siri realmente es, del mismo modo que la IA se aprecia menos contundente en sus dispositivos que en los Pixel de Google, por citar una referencia innegable. Ha habido dilaciones, limitaciones de funciones y esa obsolescencia programada que tanto gusta a Apple y a los demás y empuja a todos los aparatos de cierta edad a un desierto sin actualizaciones ni grandes novedades. Por otra parte, la externalización de las misiones propias de los LLM depara cierta debilidad, pues la casa quedará siempre a expensas de los acuerdos que suscriba con OpenAI y otros jugadores estadounidenses.
Pero el principal fallo de Apple no reside en la invisibilidad de su ecosistema de IA, ni en la dudosa pericia de Siri como súper agente, ni en esas alianzas con terceros. La piedra en el zapato de Cook y Ternus es el deterioro del concepto mismo de integración, un aspecto donde la IA, por cierto, juega su papel. Basta con hacer un experimento doméstico: si tienen un Macbook, un iPhone y unos AirPods, prueben a hacer una vídeo-llamada. El caos que se desata a continuación es digno de thriller.
Si a esa integración desintegrada se suma la percepción de que el producto no luce la robustez del pasado, con teclas que se atascan, móviles que se apagan y cascos que agotan la batería en cuestión de un suspiro, sobre la coronilla de los jefes debería dibujarse una advertencia. A Apple, sometida a las exigencias de una durísima rivalidad asiática, bien podría sucederle lo mismo que a Tesla, con o sin la IA más vanguardista del planeta.
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