























Cada año, MIT Technology Review publica su lista de tecnologías rompedoras, pero en 2026 ha optado por un formato distinto: las diez cosas que importan ahora mismo en inteligencia artificial.
La primera tiene que ver con algo que suena a ciencia ficción pero que ya está ocurriendo: la recogida masiva de datos para entrenar robots humanoides. Scale AI recluta personas que graban sus movimientos cotidianos, DoorDash paga a sus repartidores para que se filmen haciendo tareas domésticas, y en China hay centros donde los trabajadores repiten el mismo gesto cientos de veces al día con exoesqueletos puestos.
La segunda es la evolución de los grandes modelos de lenguaje, lo que el MIT llama LLMs+. La siguiente generación será más barata, más eficiente y más fiable gracias a la arquitectura de mezcla de expertos, que divide el modelo en partes especializadas y solo activa las necesarias para cada tarea, reduciendo el consumo de recursos sin sacrificar calidad.
La tercera tendencia son los modelos del mundo, sistemas que aspiran a entender el entorno físico y no solo el texto. Google DeepMind y la startup World Labs de Fei-Fei Li están impulsando esta línea, y hasta los creadores de Pokémon Go usan las imágenes recogidas por sus jugadores para construir un modelo del mundo que podría guiar a robots de reparto.
La cuarta es la orquestación de agentes de IA. La primera oleada podía navegar por internet o escribir código, pero solo en solitario. Lo que viene son equipos de agentes que cooperan entre sí para resolver problemas mucho más complejos.
La quinta se centra en los científicos artificiales, agentes capaces de investigar de forma autónoma y de colaborar con investigadores humanos. Hay quienes creen que alguno de estos sistemas alcanzará contribuciones comparables a las de un Nobel.
La sexta es una de las más inquietantes: los deepfakes. La mejora de los modelos generativos ha facilitado que cualquiera pueda falsificar la realidad de un modo cada vez más difícil de detectar, con ejemplos documentados de deepfakes utilizados para incitar a la violencia, influir en elecciones y fabricar imágenes sexuales no consentidas.
La séptima es la apuesta de China por el código abierto. Los laboratorios chinos están regalando sus mejores modelos, una estrategia que les ha ganado credibilidad global. DeepSeek publicó su modelo de razonamiento R1 en enero de 2025 con un rendimiento comparable al de los mejores sistemas estadounidenses y, según se dice, a una fracción del coste.
La octava pone el foco en las estafas potenciadas por IA, que son más rápidas, más baratas y más convincentes que nunca gracias a que la inteligencia artificial ha rebajado las barreras de entrada para los estafadores.
La novena es lo que el MIT denomina la nueva sala de guerra. La IA generativa ya tiene asiento propio en los centros de mando militares, donde los comandantes toman en serio sus recomendaciones, algo que está cambiando la forma en que los ejércitos colaboran con las grandes tecnológicas y toman decisiones sobre el uso de fuerza letal.
Y la décima es quizá la más reveladora: la resistencia ciudadana contra la IA. En febrero, cientos de personas marcharon frente a las sedes de OpenAI, Google DeepMind y Meta en Londres en una de las mayores protestas organizadas hasta la fecha. Las quejas van desde las facturas eléctricas disparadas por los centros de datos hasta la destrucción de empleo, pasando por el impacto en la salud mental de los adolescentes y las infracciones de derechos de autor.
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