












El número de satélites en órbita no deja de crecer, impulsado principalmente por el despliegue de grandes constelaciones comerciales. Si en 2019 había alrededor de 2.000 satélites activos, actualmente ya superan los 14.000 y las previsiones apuntan a que esta cifra seguirá aumentando de forma acelerada durante la próxima década.
El problema al aumentar las constelaciones de satélites es que esto repercute en las comunicaciones con mayor número de posibles interferencias. Así, a mayor número de satélites, mayor presión sobre el espectro radioeléctrico, un recurso limitado y esencial para garantizar las comunicaciones satelitales.
Precisamente, desde el inicio de la era espacial el 4 de octubre de 1957, cuando la Unión Soviética lanzó con éxito el Sputnik 1, se han lanzado aproximadamente 7210 cohetes (sin incluir fallas) y se han puesto en órbita terrestre 25920 satélites, de los que alrededor de 17.610 todavía permanecen en el espacio y 15.200 de ellos funcionan a día de hoy, según los datos de la ESA.
La cifra de satélites en órbita se ha multiplicado en los últimos años gracias, casi en su totalidad a Elon Musk, SpaceX y su enorme constelación Starlink de enrutadores de banda ancha en órbita terrestre baja. De los 15.000 satélites que están en órbita y funcionando, cerca de 10.000 son Starlink, según la última estimación de Jonathan McDowell, astrónomo del Centro Harvard-Smithsonian de Astrofísica y destacado observador de la mayoría de los fenómenos orbitales.
En este contexto, la capacidad para identificar interferencias, prevenir incidencias y optimizar el uso de las frecuencias resulta clave para asegurar la continuidad y fiabilidad de los servicios espaciales.
«Estamos asistiendo a un crecimiento sin precedentes del número de satélites en órbita, y eso está incrementando la complejidad del entorno espacial. A medida que aumenta la ocupación orbital también lo hacen las interferencias radioeléctricas y el riesgo de que estas afecten a servicios críticos de comunicaciones», afirma María Antonia Ramos, responsable de políticas STM y desarrollo de negocio en GMV.
Ahora, esta compañía española ha desarrollado una solución que permitirá monitorizar las bandas de frecuencia más comunes para las comunicaciones por satélite, y será compatible con distintos tipos de sensores, tanto embarcados en satélites como instalados en tierra. El sistema integrará además otras fuentes de información, como datos meteorológicos, catálogos orbitales o registros de frecuencias autorizadas, con el objetivo de mejorar la detección y caracterización de señales anómalas.
Como parte del proyecto, se desarrollará un caso de uso orientado a la detección y localización de interferencias en órbita baja y geoestacionaria mediante técnicas avanzadas de análisis de datos de radiofrecuencia reales y simulados. La plataforma permitirá diferenciar emisiones legítimas de posibles señales interferentes que puedan afectar a la seguridad o disponibilidad de las comunicaciones espaciales.
Además de las capacidades de monitorización, el sistema incorporará herramientas de análisis y simulación para apoyar la toma de decisiones de operadores satelitales, organismos reguladores y entidades gubernamentales.
La solución está cofinanciada por la Agencia Espacial Europea (ESA), y reforzará la seguridad y resiliencia de las comunicaciones espaciales en un contexto de fuerte crecimiento del tráfico orbital.
Para llevar a cabo este sistema, GMV basa el proyecto en tecnologías desarrolladas para Focusear, su red de antenas pasivas de radiofrecuencia que son utilizadas para determinación orbital, y en Ecosstm, su suite software para servicios de vigilancia y conocimiento del entorno espacial.
La iniciativa se desarrolla en colaboración con la Universidad Politécnica de Madrid, que aportará capacidades avanzadas de investigación y algoritmia, e Hisdesat, que contribuirá con la visión de un operador satelital experimentado y potencial usuario de la solución.
«En GMV queremos ofrecer a nuestros clientes una visión cada vez más completa del entorno espacial, combinando capacidades de vigilancia orbital y monitorización del espectro. Nuestra apuesta es avanzar hacia una gestión integral del tráfico espacial, incorporando la detección y caracterización de interferencias a los actuales servicios de alerta de colisiones, para ayudar a operadores a tomar que garanticen un uso seguro del espacio», subraya Ramos.
Precisamente, más allá de los satélites en órbita que permanecen activos, la ESA alertó en un informe reciente en mayo de la basura espacial y su el problema que representa para el medio ambiente cercano a la Tierra a escala global, al que “todas las naciones con capacidad espacial han contribuido” y para el cual solo una solución con apoyo global puede ser la respuesta.
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