

























Walmart ha empezado a racionar el uso de su herramienta de IA interna entre sus empleados. La cadena minorista ha pasado de ofrecer acceso ilimitado a asignar una cantidad fija de tokens por trabajador para usar Code Puppy, un agente desarrollado internamente que ayuda con tareas que van desde hojas de cálculo hasta presentaciones. La decisión responde a la alta demanda: el uso intensivo de IA tiene un coste real, y la empresa ha optado por establecer límites antes de que ese gasto se dispare.
La cadena no es la única que se enfrenta a este problema. Uber agotó su presupuesto anual de IA en tan solo unos meses, y Microsoft ha retirado algunas de sus ofertas. A medida que las empresas integran estas herramientas en sus flujos de trabajo, descubren que el entusiasmo inicial choca con una realidad incómoda: cuanto más las usan los empleados, y cuanto más complejas son las tareas, mayor es el consumo de recursos computacionales y, por tanto, el gasto.
Sin embargo, el frenazo es de consumo, no de ambición. La compañía sigue siendo una de las más avanzadas en adopción de IA del sector minorista, con aplicaciones que abarcan desde la gestión de la cadena de suministro hasta la experiencia de compra. Sus empleados también tienen acceso a plataformas externas como Claude y ChatGPT, y la empresa afirma que su objetivo es que el uso de la tecnología genere valor real, no que se convierta en un gasto sin retorno medible.
En ese equilibrio entre adopción y coste se mueve ahora toda la industria. Algunas empresas rastrean el uso que hacen sus trabajadores de estas herramientas; otras, como Starbucks, han ido más lejos y contemplan ya el nivel de aplicación de la IA a la hora de calcular los bonus. El mensaje implícito es claro: usar IA ya no es opcional, pero usarla bien —y de forma sostenible— es el nuevo reto.
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