























España se queda fuera de la mesa de defensa europea E5 y de la Pax Silica, la alianza que lidera EEUU para apuntalar el futuro al que nos lleva la IA.
Que el impacto de la corrupción es difícil de medir es verdad, pero no es menos cierto que se puede situar entre devastador y desastroso, con lo cual deberíamos darle una puntuación alta. Mientras el mundo se mueve a gran velocidad, España se está quedando atrás en una serie de movimientos en el tablero geopolítico global mientras el debate público sigue ligado a la supervivencia política del Gobierno de Pedro Sánchez, afectado por múltiples casos de corrupción en fase de investigación (Cerdán, Zapatero) o ya bajo condena (Ábalos). Lo que era un riesgo ya es en realidad una amenaza.
Se está viendo, por ejemplo, en política exterior. España se ha queda fuera de la principal mesa de defensa europea, el llamado club E5, en la que se sientan Reino Unido, Francia, Alemania, Italia y, ahora también, Polonia. También estamos fuera de la Pax Silica, una alianza impulsada por Estados Unidos que busca el mutuo respaldo de sus miembros en tiempos de la inteligencia artificial (IA) y todo lo que conlleva más allá de su gobernanza, aunque se centra en chips, energía, infraestructura o telecomunicaciones, entre otras.
No parece un asunto menor o de protocolo diplomático cuando la guerra sigue activa en el flanco Este sobre Ucrania y los países bálticos se ven amenazados. La diferencia es que si no se está en la mesa donde se diseña el nuevo orden del mundo, normalmente es porque acabarás formando parte del menú. En un momento en que Europa se rearma a marchas forzadas, quedarse fuera del grupo principal de países europeos que decide la política de defensa de Europa tiene un coste estratégico irrecuperable para el sector Defensa en España.
Al Gobierno actual parece darle igual que se haya caído el proyecto de caza europeo (FCAS) o la ausencia en el futuro tanque europeo que desarrollará KNDS, la nueva empresa de defensa que une a París y Berlín. Los bandazos en torno a Indra y la posición de debilidad del Gobierno por los problemas de corrupción tienen mucho que ver con ese aislacionismo no voluntario. También pese la ausencia de presupuestos, un documento básico si de lo que se trata es planificar el gasto militar de un país junto a tus socios. Salvo la existencia de un tratado secreto de España con EEUU, Rusia y China, no es de sentido común que un país vaya por su cuenta en defensa e IA.
Que los aliados europeos vean falta de fiabilidad en España no es una buena noticia en un momento en el que todo sucede rápido. La revolución de la Inteligencia Artificial se está gestando justo ahora y afecta no solo a la economía, al empleo o la política, sino especialmente a la defensa y seguridad tanto ciber como física. El Gobierno Sánchez ha optado por mantenerse al margen de la denominada Pax Silica, una alianza impulsada por EEUU junto a sus (presuntos) aliados bajo la idea de plantar cara al bloque de China.
Es lo más parecido a una OTAN con carácter tecnológico en la que se definen quién tendrá acceso preferente a la infraestructura IA como chips, energía, cables y modelos LLM sobre la que se va a construir la economía del siglo XXI. Perder ese tren no es un tropiezo, sino un descarrilamiento en toda regla. Aunque la Unión Europea va a formar parte potencialmente de esa Pax Silica, cada uno de los países miembro debe negociar su adhesión. Lo acaba de hacer Italia, por ejemplo, pese al desencuentro diplomático que ha tenido no hace mucho tiempo su líder Giorgia Meloni con Donald Trump.
Con cuellos de botella recurrentes como las tierras raras, los chips avanzados de Nvidia, la nube soberana o, el más reciente, la memoria para centros de datos de Micron y Samsung, no estar en la alianza en la que nacerá, con toda probabilidad, la futura superinteligencia artificial puede ser un error fatal e irreversible. En esos términos tan contundentes se han expresado Dario Amodei o Sam Altman, dos de las figuras occidentales que están a la vanguardia de la futura IA que lo cambiará todo. La cuestión con España no es solo de imagen o credibilidad ante sus habituales socios de países democráticos. Es una vulnerabilidad que haya lazos al más alto nivel, como con el expresidente Zapatero, con regímenes donde la libertad es un valor de ficción. Lo es más si ha sido por un puñado de dólares.
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