























La ola de despidos en el sector tech tiene todo que ver con la Inteligencia Artificial. Hay trabajos y modelos de empresa en extinción, pero necesidades urgentes e inesperadas.
El temido día ha llegado: la Inteligencia Artificial está devorando empleos tecnológicos en decenas de empresas por todo el mundo. Estaba anunciado pero no por ello causa menos daño y alarma. Desde Capgemini a Microsoft, pasando por Meta y una larga lista de empresas de consultoría, ciberseguridad y software están anunciado despidos citando efectos colaterales de la adopción de la IA como la búsqueda de eficiencia. La realidad es que se han declarado obsoletas en algunas de sus servicios y negocios, pero están llevando al paro a los empleados de guante blanco (white collar workers).
Como los fabricantes de hielo en la época de los frigoríficos, de los conductores de carretas de caballos con la invención del coche o cuando iPhone revolucionó la fotografía, la IA es otro punto y aparte pero va a un ritmo vertiginoso que puede hacer en minutos u horas el trabajo de días o semanas, cambiando sectores y empresas en meses en lugar de años o décadas. El verdadero problema con la revolución IA más allá de su velocidad es la capacidad de adaptación, sobre la que están trabajando gobiernos y gobernantes... O eso es debieran.
Sam Altman, cofundador de OpenAi, vaticina que para 2028 habrá "mayor capacidad intelectual dentro de centros de datos que fuera de ellos", es decir, que los mejores 'cerebros' estarán dentro de un servidor. Desde programadores a ingenieros, ejecutivos, banqueros, científicos, abogados, pasando por analistas, profesores, políticos o periodistas, la espada de Damocles del impacto de la IA se cierne sobre los profesionales mejor preparados intelectualmente. También Dario Amodei, cofundador de Anthropic, ha augurado un futuro poco halagüeño para este tipo de profesiones.
Ahora bien, no hay que confundir que la IA vaya a desplazar a una parte del empleo con que pueda ser sustituido... por cualquiera. El influjo mágico de ChatGPT o Claude está confundiendo y desenfocando a buena parte de la población profesional. Con la IA, hay ejecutivos creyendo saber escribir con un prompt, políticos que se aventuran a legislar sobre redes sociales tras descubrir que son de Mark Zuckerberg y fontaneros presentando demandas en los juzgados en plan turno de oficio porque la IA se lo da todo hecho (se disparan las personas autorrepresentadas en tribunales de EEUU).
No solo se trata de tareas automatizables, sino que aquellas que requieren conocimiento que hasta ahora parecían reservadas a las mejores mentes y con mejor formación. Es como si en el universo de Harry Potter, los mugles (humanos sin habilidad mágica según J.K. Rowling) tuviesen la varita el poder de Voldemort, Dumbledore o el propio Potter de un día para otro. La diferencia está en la experiencia y el criterio con que se usa esa magia para el bien o para el mal, junto con la ética y la buen fe. De lo contrario, la posibilidad de que una mente perversa haga el mal se multiplica, pero lo que puede ser incluso peor: un inconsciente creyendo hacer el bien hace el mal.
Esa hiperinflación mágica está sucediendo con el conocimiento en 2026. Saber ya no es tan importante, por ejemplo, en un idioma o lenguaje de programación. Como ejemplo, la última IA de Anthropic sabe traducir COBOL, un idioma oculto y muerto en los sistemas tecnológicos de los grandes bancos del mundo que era muy seguro porque, precisamente, casi nadie sabía COBOL. Ahora un hacker de poca monta en la isla más lejana de Oceanía puede ser capaz de desnudar los sistemas de su caja de ahorros más cercana.
En términos económicos es como si el Gobierno español esté dando 1.000 millones de euros a cada uno de sus ciudadanos (unos 49 billones de euros en total) para hacerles ricos en un primer momento. Nos dice la teoría que el problema es que todo subiría de precio de forma proporcional porque se produciría un episodio hiperinflacionario. Sin embargo, la inteligencia de unos humanos sobre otros puede generar situaciones de 'esclavitud' económica o laboral en cuestión de poco tiempo. De unos sistemas políticos sin libertad sobre otros que, hasta hoy, disfrutan de ella.
Por eso Sam Altman alertaba también la necesidad de establecer unas reglas antes del advenimiento de la superinteligencia artificial (la superIA) en solo dos años porque concentrar esta tecnología en manos de una sola empresa o de un único país "podría llevar a la ruina" en todos los ámbitos, desde la economía, la seguridad o la gobernanza porque la superIA representa un riesgo sistémico y global.
La buena noticia es que el mundo y las empresas siguen necesitando a las mejores mentes y profesionales mejor preparados o motivados. Pero resurge la necesidad urgente del criterio y el sentido común ante de tomar caminos irreversibles o en dirección opuesta a lo conveniente. Pararse a pensar y tomar decisiones con cabeza, de crear y de usar los superpoderes de la IA con responsabilidad.
Seguro que hay empresarios y ejecutivos frotándose las manos con el aumento de productividad de sus empresas y márgenes. Pero deben mirar más allá. Las nuevas 'armas' también las tiene la competencia, como admitía un pesimista Jamie Dimon (JPMorgan) cuando se le preguntaba hace unos días sobre la mejora de la eficiencia en los bancos. Parece probable que quien se llevará el gato al agua será aquella empresa que arme a su plantilla con IA con formación para aumentar sus capacidades y competir mejor, no las empresas que usen IA para tener menos empleados pensando en su modelo y negocio actual. La diferencia entre lo uno y lo otro es radical.
Hace algunos días, el director de tecnología de una de las empresas más grandes en España confesó que en un par de días, con ayuda de Claude Code, redefinió en solitario una herramienta crítica para su empresa y clientes, hasta entonces externalizada con tecnología de un proveedor. Luego lo validó con dos programadores senior en dos semanas, pero con un alto componente de olfato humano en todo.
La idea, el criterio y la definición: qué, por qué, para que... Y llegó la magia: el ahorro en el coste operativo de la empresa lo situaba en el 94%, pero la mejora en agilidad o en la funcionalidad que describía al contarlo no tiene precio. Ahora bien, en una reflexión mucho más profunda, ese mismo CTO (Pérez Agüera, Mercadona Tech) advertía de que el actual 'momento thermomix' en la tecnología puede ayudar a cualquiera a cocinar pero no convierte a todos en cocineros.
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