

























En 2022, quien decidía seguir trabajando más allá de la edad legal de jubilación cobraba, de media, 112 euros más al mes que quien se retiraba en el momento que le correspondía. Era la lógica tras el incentivo. Más años cotizados, mayor base reguladora, más complemento por demora.
La reforma de pensiones de 2023 reforzó precisamente ese mecanismo, elevando los porcentajes adicionales por cada año trabajado más allá de la edad ordinaria, con el objetivo de alargar la vida laboral y con ello contribuir a la sostenibilidad del siste. Cuatro años después, el incentivo no solo no ha crecido, se ha invertio. En los primeros cuatro meses de 2026, quien se jubila de forma demorada cobra de media 1.545,93 euros al mes. Quien lo hace a la edad ordinaria percibe 1.673,79 euros. Una diferencia de 128 euros, pero esta vez en sentido contrario.
Los números son del propio Libro Evolución mensual de las pensiones de mayo de 2026, publicado por el Instituto Nacional de la Seguridad Social. Y evidencia una anomalía que no es puntual. La inversión se produjo en 2024, cuando la pensión media de la jubilación ordinaria superó por primera vez a la demorada. Desde entonces la brecha no ha hecho más que ampliarse.
En 2024 fue de 82 euros en contra de la demorada; en 2025, de 122 euros; en los primeros meses de 2026, de casi 128 euros. Una tendencia que, de consolidarse, pone en cuestión uno de los pilares sobre los que se asienta la sostenibilidad de la reforma.
La primera explicación que se impone es aritmética. Las pensiones de jubilación ordinaria han crecido mucho más rápido que las demoradas.
Desde 2022 hasta el acumulado de 2026, la pensión media de la jubilación ordinaria ha subido un 31,1%, de 1.276,58 a 1.673,79 euros. La demorada, en cambio, solo ha crecido un 11,3%, de 1.388,67 a 1.545,93 euros, apenas por encima de la inflación acumulada del periodo.
¿Por qué esa diferencia de ritmo? La respuesta no está en la revalorización anual de pensiones (que afecta por igual a todas las modalidades en vigor) sino en el perfil de los nuevos pensionistas que acceden a cada modalidad.
Los miembros de la generación del baby boom que acceden ahora a la jubilación ordinaria tienen carreras laborales más largas y bases reguladoras más altas que las generaciones que las precedieron, lo que eleva la media del conjunto.
La jubilación demorada, en cambio, parece estar captando un perfil diferente al que quizá la reforma tenían en mente.
Entre los 40.952 trabajadores que se jubilaron de forma demorada en 2025 (el máximo histórico, un 132% más que en 2022) hay un peso creciente de personas que necesitan esos años adicionales no porque puedan permitirse el lujo de seguir trabajando, sino porque su historial de cotización no les permitiría alcanzar una ba se reguladora suficiente sin ellos.
El dato de la edad media lo confirma de forma indirecta. La edad media de acceso a la jubilación demorada no ha aumentado en paralelo al volumen. Estaba en 68,5 años en 2022 y se sitúa en 68,3 años en los primeros meses de 2026.
En términos prácticos, quien se jubila de forma demorada trabaja de media poco más de dos años adicionales respecto a la edad ordinaria. No es el perfil del profesional que alarga su carrera una década por "gusto", más bien apunta al trabajador que añade dos o tres años para completar su pensión.
El análisis por sexo añade una capa de complejidad. Las mujeres que se jubilan de forma demorada cobran sistemáticamente menos que los hombres en la misma modalidad: 1.468 euros frente a 1.589 euros en el acumulado de 2026, una brecha de 121 euros que se ha mantenido estable en los últimos años.
Esa diferencia no hace más que reflejar la brecha de cotización histórica entre géneros (carreras más interrumpidas, empleos a tiempo parcial con mayor prevalencia femenina), pero su persistencia en la jubilación demorada sugiere que las mujeres que prolongan su vida laboral lo hacen desde la necesidad de compensar lagunas de cotización previas.
La reforma apostó por el incentivo universal. Los datos muestran que el incentivo funciona de forma desigual según el punto de partida de cada trabajador. Y que, cuando llega el momento del cobro, quien más ha esperado no es necesariamente quien más recibe.
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