























Pocos nombres resumen tan bien lo que significa abrirse camino contracorriente como el de Marie Curie, la científica nacida en Varsovia que terminó sus días en Francia siendo la mujer más respetada del mundo académico de su tiempo. Su biografía está llena de obstáculos que hoy resultan casi increíbles: una universidad cerrada a las mujeres, un país ocupado por una potencia extranjera, un laboratorio que era poco más que un cobertizo y una sociedad convencida de que la ciencia no era cosa de señoras. Aun así, consiguió reescribir las reglas del juego y dejar dos descubrimientos que cambiaron la física y la química del siglo XX.
Vino al mundo el 7 de noviembre de 1867 con el nombre polaco de Maria Salomea Skłodowska, en una Varsovia ocupada por el imperio ruso, donde el polaco estaba prácticamente prohibido en las aulas y donde, además, las mujeres tenían vetado el acceso a la universidad. Con quince años recién cumplidos, Maria se topó de bruces con esa barrera, y la solución que encontró no fue resignarse sino apuntarse a la llamada Universidad Volante, una institución clandestina que cambiaba constantemente de ubicación para esquivar la vigilancia rusa y que, eso sí, admitía a alumnas. Allí empezó a formarse en serio mientras trabajaba como institutriz para reunir el dinero que necesitaba.
El plan que cambió su vida lo pactó con su hermana Bronya: una pagaba los estudios de medicina de la otra en París y, cuando esta terminara, devolvería el favor. Funcionó. En 1891 Maria llegó a la Universidad de París con el nombre afrancesado de Marie, se matriculó en física y matemáticas, y se licenció en ambas disciplinas en apenas tres años. Por el camino, en 1894, conoció a un físico francés llamado Pierre Curie que estudiaba propiedades magnéticas y al que terminó casándose un año después, no tanto por arrebato romántico como por una afinidad intelectual difícil de encontrar en cualquier otro sitio.
A partir de 1897, el matrimonio Curie empezó a trabajar codo con codo en lo que entonces era un campo casi virgen: el comportamiento de minerales como la pechblenda, que emitían una energía misteriosa cuya naturaleza nadie comprendía del todo. Trabajaban en un cobertizo mal ventilado anexo a la Escuela de Física y Química, sin saber que aquellas largas jornadas rodeados de muestras radiactivas les estaban pasando ya factura. En julio de 1898 anunciaron el descubrimiento de un nuevo elemento al que bautizaron polonio, en homenaje a la tierra natal de Marie, y meses después llegó otro hallazgo todavía más importante, el radio, junto con el término que hoy todo el mundo utiliza, radiactividad.
El reconocimiento oficial llegó en 1903, cuando la Academia sueca le concedió el Premio Nobel de Física compartido con Pierre y con Henri Becquerel, lo que la convirtió en la primera mujer de la historia en recibir ese galardón. Tres años más tarde, en abril de 1906, Pierre murió atropellado por un carruaje en una calle de París, y Marie tuvo que rehacer su vida casi de cero, aceptando la cátedra de física que había dejado vacante su marido y siendo, también ahí, la primera mujer en dar clase en la Sorbona.
En 1911 llegó el segundo Nobel, esta vez en solitario y de Química, por el aislamiento del radio puro. Con eso se convirtió en la única persona que ha ganado el Nobel en dos disciplinas científicas distintas, un hito que sigue sin repetirse. Murió el 4 de julio de 1934 víctima de una anemia aplásica provocada por la exposición prolongada a la radiación, y sus cuadernos de laboratorio siguen guardados, más de noventa años después, en cajas forradas de plomo porque continúan siendo peligrosamente radiactivos. Una herencia, en todos los sentidos, imposible de olvidar.
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