
























Invitado a StarTalk Radio, el podcast del astrofísico Neil DeGrasse, lo primero que advierte Jaron Lanier (Nueva York, 1960) es que su condición de científico divulgador en Microsoft no le impide criticar con dureza los pecados de las big tech. Se trata, dice, de un pacto entre caballeros: formar parte de la élite tecnológica no significa desviar la mirada ante sus imperfecciones.
Lanier vendría a ser una suerte de Chema Alonso vitaminado, amplificado y de corte más humanista. Músico aficionado a los instrumentos de viento, autor prolífico con un puñado de ensayos y manifiestos a cuestas, la figura del gurú es recordable por sus sempiternas rastas, intactas mientras él envejece; por ese timbre melifluo que convierte su voz en una nota musical débil y firme a la vez, y por la contundencia de sus postulados. El hombre es, además, uno de los pioneros de la realidad virtual, en cuyo Mount Rushmore queda tallado su rostro.
Con la realidad virtual, Lanier quiso contribuir al estrechamiento de lazos entre humanos, un discurso que también ondeó Facebook en sus albores y que luego quedó engullido por las fauces del capital. Pero la RV, igual que su reformulación a través del fracasado metaverso, configuran entornos a los que precede internet, verdadera base de la cultura digital contemporánea. Y la red, según Lanier, tampoco funciona ya, pues la descentralización ha sido aplastada por el efecto red, principio que dicta que el valor de un servicio aumenta cuantas más personas lo usan, situación que conduce al monopolio. Las plataformas más grandes se comen a las más pequeñas y el pastel humea en la mesa de un puñado de tiburones tecnológicos. Es lo que sucede cuando Meta-Facebook compra Instagram y WhatsApp.
Ya lo decía Steve Jobs. La especialidad de Apple en su etapa más innovadora consistía en difundir una ficción tan rentable como hacer creer al consumidor que necesita algo que ignora necesitar. Este principio se ha universalizado en internet, a juicio de Lanier. “Al abrazar un modelo gratuito financiado con publicidad, las plataformas han hecho de la modificación masiva de conductas su verdadero producto”. Nadie vende ya sus espacios de influencia como un lugar donde colocar anuncios: se vende la capacidad de alterar sutilmente lo que uno piensa, compra o vota. Y, además, se seduce al individuo con suma precisión gracias al robo descarado de datos.
Orientados a la “biología del miedo”, los algoritmos hegemónicos parten hoy del principio de que los mensajes negativos se propagan más rápido y persisten en la memoria más tiempo que los demás. Buena prueba de ello es la portada de cualquier medio de comunicación generalista. El miedo, la ansiedad y la indignación son mejor combustible que cualquier relato cargado de belleza y altruismo y las redes sociales son el exponente más salvaje de ello, pues premian por defecto las conductas más ruidosas y extremas. El fotógrafo Brandon Stanton, autor del muy reconocido compendio Humans of New York, añade aquí una coda: “Quien piense que tiene más alcance en redes porque su trabajo encierra más calidad, no tiene ni idea. La calidad de un trabajo no depende de ese alcance porque ese alcance lo decide el algoritmo”.
A propósito de la inteligencia artificial, regresa el tecnólogo estadounidense a la casilla originaria de la realidad virtual para reivindicar que funcione no como “un refrito que recopila y rehace el trabajo de miles de escritores, científicos y programadores”, sino como un ecosistema colaborativo. “La IA no existe de forma independiente”, zanja, espantando el fantasma de Matrix.
Sin apartarse de los grandes modelos de lenguaje, Lanier exige la creación de un canon a favor de quien presta sus datos a las big tech para que entrenen sus LLM o atiborren de publicidad sus redes sociales. Esta data dignity no hará especial ilusión a ninguno de los gerifaltes de Silicon Valley, pero podría estudiarse en latitudes como la UE, donde el marco regulatorio es menos permisivo que en Estados Unidos.
Hacia el final de su reflexión el directivo de Microsoft su bala de plata, dirigida al corazón del sistema: “Debemos sustituir este modelo basado en el espionaje y la modificación de conductas por alternativas de suscripción, cooperativas de datos o servicios de pago directo donde el éxito de la empresa dependa de aportar valor real a la sociedad y no de manipularla”.
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