



















Hace sólo unos días, Nintendo anunciaba que comercializará en la UE una Switch 2 con batería intercambiable. El tótem de los videojuegos, la compañía que amamantó a iconos del píxel pop como Super Mario y Zelda, podría parecer víctima de un rapto de altruismo con el jugador en mente, pero en realidad el mandato proviene de Bruselas y dos de sus normas más rompedoras bajo la lógica capitalista: la Directiva de Empoderamiento de los Consumidores y el Reglamento de Ecodiseño.
Lo que este cuerpo legislativo persigue es el fin de la obsolescencia programada. Se trata probablemente del mayor ataque occidental contra las esencias del único sistema económico adoptado en masa y casi sin fisuras por la humanidad, desde EEUU hasta la nominalmente comunista China. Frente a ciclos de lanzamiento caracterizados por un ritmo frenético e ilógico, con iteraciones minúsculas en subcategorías de la electrónica de consumo como el smartphone o los wearables, las autoridades comunitarias protegen el bolsillo del ciudadano con productos que deben alargar su vida útil y han de quedar libres de publicidad engañosa.
Nintendo suele renovar sus consolas cada cinco o seis años, aunque en el caso de la segunda versión de la Switch la espera se alargó una década. En esos intervalos, con la nueva ley en la mano, la multinacional originaria de Kioto venderá desde luego más baterías, pero no está claro que venda menos consolas: al jugón le gusta renovarse y dar el salto tecnológico inherente a la siguiente generación. De momento, Nintendo no aclara detalles más allá del breve comunicado oficial.
Lo más interesante es que lo dispuesto por Bruselas afecta, además de a las consolas, a teléfonos móviles, tabletas, ebooks, ordenadores portátiles y de sobremesa, auriculares inalámbricos, altavoces, relojes inteligentes y pulseras de actividad. Es decir, marcas como Apple, Samsung y Google, Garmin y Whoop, JBL y Kindle (Amazon), tendrán que rascarse el cogote para repensar sus estrategias de producto y ventas… ¿O no será realmente así?
A partir de febrero de 2027 entrará en vigor el reglamento de baterías de la UE. Ya se sabe que el plato estrella de Apple es su iPhone, convertido en un mito para techies desde aquella primera y eufórica aparición de 2007. Pero Apple ha controlado siempre los tiempos. Bajo su batuta, un dispositivo móvil dura bastante y suele permitir una buena reventa, pero si alguien ajeno a la organización toquetea el terminal, las garantías quedan anuladas.
Ahora, en teoría, los de Cupertino tendrían que dejar sobre la mesa la llave de su cofre del tesoro, pero hay truco: la ley incluye como excepción aquellas baterías que conserven el 80% de su capacidad tras 1.000 ciclos completos de carga, característica que Apple ya introdujo en su iPhone 15, lanzado hace casi tres años. Donde no hay escapatoria es en lo otro: un taller independiente podrá cambiar esa pantalla rota o esa cámara trasera arañada sin que la compañía esté autorizada a bloquear ciertas funciones como represalia.
iPads y Macs también sufrirán cambios, salvo que Apple decidiese renunciar a un mercado de 450 millones de habitantes. Las tabletas tendrán que recurrir a tornillos estándar y los ordenadores deberán renunciar a las baterías soldadas. Respecto al software, la normativa veta la tentación de camuflar la obsolescencia programada mediante actualizaciones del sistema operativo.
Una alternativa probada en diferentes ocasiones por marcas variopintas es la modularidad telefónica. La holandesa Fairphone resiste en el mercado con su sexta generación a la venta, pero otros como LG, Motorola e incluso Google (project Ara) se han topado con un muro que, más que con la propuesta, tiene que ver con un consumidor que prefiere terminales finos, ligeros y resistentes al agua y el polvo frente al trasiego del cambio de piezas.
Apple ya transigió con la adopción forzosa de una ranura universal (USB tipo C) para sus puertos de recarga, pero lo que la UE pide en esta ocasión afecta al corazón de su filosofía, presente también en muchas otras empresas: renovaciones anuales con retoques mínimos que se venden como saltos cuánticos para que el cliente sienta que se pierde algo que no necesita. La buena noticia es que la fiebre de la IA y su sed de hardware revuelve la cadencia de fabricación y el calendario de lanzamientos de decenas de gigantes de la electrónica de consumo. Y ése, más que los reglamentos comunitarios, puede ser el gran aliado contra el desfase prematuro del smartphone o el computador comprado con sangre, sudor y lágrimas.
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