




















Keir Starmer parece tener los días contados al frente del Gobierno británico. El laborismo se ha levantado y reclama su cabeza después del resultados en las recientes elecciones locales. Los miembros de su gabinete están dimitiendo en bloque pero el primer ministro reclama tiempo y asegura que luchará por permanecer en su residencia del número 10 Downing Street.
Al cierre de esta edición, Starmer se mantenía en el cargo y resistía pese a las cuatro dimisiones encadenadas durante el martes: Miatta Fahnbulleh (Descentralización), Jess Phillips (Protección), Alex Davies-Jones y Zubir Ahmed. Todos ellos reclamaron en su salida del gobierno un cambio de liderazgo, al igual que cerca de un centenar de diputados laboristas, aunque los desafíos no llegaron a cristalizar. Andy Burnham, alcalde del Gran Mánchester, Wes Streeting (Sanidad) y Shabana Mahmood (Interior) emergen como potenciales sustitutos.
Los mercados tomaron buena nota de las turbulencias políticas que se cuecen en Londres y están golpeando como un huracán a la deuda pública británica. Los rendimientos de los gilts a 10, 20 y 30 años del Tesoro británico se han disparado en cuestión de dos sesiones hasta niveles no vistos en décadas, o caso de los plazos más largos, desde finales de los años 90, entre el 5,1% y 5,8%, respectivamente, según los datos consultados por Business Insider.
Que la crisis coincida casi con el décimo aniversario del Brexit no es casualidad. De hecho, Nick Farage, aliado de Donald Trump e instigador de la salida británica de la Unión Europea (UE), emerge ahora como probable futuro primer ministro si cae el actual Ejecutivo laborista al frente del Partido Reform UK y se convocan elecciones generales.
La magnitud de la derrota laborista explica por qué los mercados se instalaron en el temor a un relevo laborista que abogue por mayor gasto público y desequilibre las finanzas públicas. El 23 de junio de 2016, la sola sorpresa del Brexit desencadenó un terremoto histórico en las bolsas y los mercados que solo la pandemia de 2020 superó.
El partido de Starmer ha perdido cerca de 1.200 concejales y el control de 36 ayuntamientos. Según Julius Baer, los conservadores o tories "tampoco han salido bien parados" con 428 concejales menos y ocho ayuntamientos perdidos, pero el verdadero terremoto lo ha protagonizado Reform UK, que se ha hecho con unos 1.350 escaños municipales, capitalizando un discurso antiinmigración y el hartazgo del electorado con el bipartidismo tradicional.
Además, en términos 'autonómicos', se amplificaron las distancias y tendencias electoraless. En Gales, el laborismo sufrió una derrota histórica frente a Plaid Cymru y quedó reducido a apenas nueve escaños, con Reform UK colándose como segunda fuerza. En Escocia, el SNP mantuvo el liderato sin mayoría absoluta y los laboristas se desplomaron hasta los 17 escaños, los mismos que Farage.
David Meier, economista de Julius Baer, resume así el escenario: "Las cuantiosas pérdidas en las elecciones locales aumentan la presión sobre el primer ministro Starmer. El ascenso de Reform UK como beneficiario también señala una profunda insatisfacción con el sistema bipartidista", explica el experto de la firma suiza. "Los riesgos de un cambio hacia un liderazgo laborista fiscalmente menos responsable siguen siendo amplios".
La velocidad a la que se están moviendo los rendimientos esta semana ha reactivado en 'la City' un recuerdo doloroso: el otoño de 2022, cuando el efímero gobierno de Liz Truss desencadenó la mayor crisis del mercado de bonos en décadas y provocó su salida fulminante. Todo porque decidió anunciar más gasto y menos impuestos (e ingresos) sin pensar en cómo se tomarían los inversores ese agujero.
Entonces, la libra se desplomó y el rendimiento del bono a 30 años se disparó hasta el 5%, una cifra que obligó al Banco de Inglaterra a intervenir de urgencia comprando deuda para evitar el colapso de los fondos de pensiones. Hoy, la foto de rentabilidades es peor pero la velocidad del movimiento ha sido menor.
Sin embargo, la presión de los mercados es elevada. La sola sospecha de que un relevo en Downing Street podría abrir la puerta a una política fiscal más laxa y eso ha bastado para que los inversores empiecen a exigir más dinero e interés por financiar al Tesoro británico. La canciller Rachel Reeves se enfrenta ahora a un escenario en el que cualquier desliz puede recordar a los mercados aquel 2022.
La tregua en los mercados ante el resultado electoral fue de relativa calma la semana pasada. La comparecencia de Starmer para asegurar que no piensa abandonar el cargo inoculó la idea entre los inversores de lo contrario. Las próximas elecciones están programadas como máximo para agosto de 2029, pero el ascenso de Farge y Reform augura un escenario más inestable y la posibilidad de un adelanto electoral.
Thomas Hempell, responsable de análisis macro y de mercados en Generali AM, resume lo ocurrido así: "La promesa del primer ministro Starmer de no 'abandonar' calmó los temores de que un nuevo líder laborista pudiera abrir la puerta a un gran impulso fiscal, lo que dio apoyo a los gilts y a la libra esterlina. Sin embargo, la presión sobre Starmer aumentó durante todo el fin de semana".
La libra, de momento, aguanta gracias al carry atractivo -tipos máss altos que otras monedas- que ofrece la política hawkish del Banco de Inglaterra, pero Meier advierte de que "el descuento fiscal podría aumentar si se acerca un cambio de liderazgo", manteniendo su previsión de una libra más débil para lo que queda de año.
A todo ello se suma un factor externo: la escalada geopolítica en el estrecho de Ormuz ha llevado al petróleo Brent por encima de los 105 dólares y reaviva los temores inflacionistas en una economía británica que aún no ha domado del todo al IPC. Además, la sombra de posibles interrupciones en el suministro de destilados como queroseno o diésel amenaza el sueño británico antes del verano.
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