
























EEUU todavía vende al público occidental la fábula del sueño americano. Si usted es valeroso, estoico y cabezón, es muy probable que aterrice como humilde inmigrante y despierte una buena mañana de primavera tocado por una corona de laurel y varios cientos de miles de dólares en la cuenta. En tiempos de Donald Trump, el ICE, una inflación galopante y la persistente sospecha de que China adelantó hace años al gigantón estadounidense por la derecha, esta hermosa novela de superación apenas subsiste ya. De hacerlo, el último reducto sería Silicon Valley, esa franja californiana donde coexisten firmas tan influyentes como Alphabet, Meta, Amazon, Apple, OpenAI, Anthropic o Nvidia. Aunque con frecuencia asociado a esa plutocracia de distinguidos CEOs, Elon Musk, timonel de SpaceX y Tesla, trasladó las sedes de dichas compañías a Texas.
Una lectura sosegada deconstruye inevitablemente la música celestial tocada desde ese soleado rincón del mundo. Todavía se sublima, por ejemplo, el arte de la meritocracia, cuando en realidad la pasta se la reparten unos pocos, las verdaderas fortunas, cuyos conglomerados societarios dificultan muy mucho el ingreso en las grandes ligas de nuevos competidores. La única excepción la constituye la emergente industria de la IA, de la que provienen Sam Altman (en realidad varias veces emprendedor antes y con un pasado a menudo oscuro) y Dario Amodei, y de la que surgirá sin ninguna duda el próximo transatlántico corporativo made in USA. Fíjese como referencia el caso de Meta, propietaria de Facebook, Instagram y la app de mensajería WhatsApp, cada vez más parecida a una red social. La única alternativa surgida a la hegemonía de Zuckerberg y sus herramientas ha sido la china TikTok, sometida en varias ocasiones a la presión y el bloqueo del ejecutivo estadounidense.
También se lanza una oda al efecto democratizador de las tecnologías moldeadas en California, a su aura descentralizadora, a su aroma a libertad. La verdad es otra: plataformas como X se pliegan a los antojos de su editor jefe, Google hace y deshace los entresijos de su algoritmo, condenando al ostracismo a empresas y organizaciones que antes despuntaban, y son habituales las cuentas bloqueadas, las campañas de intoxicación en periodos electorales y la figura hoy ya clásica del troll, ese ser anónimo al que sólo le queda el odio como propósito vital, siempre parapetado tras la seguridad de una pantalla.
¿Puede, por otra parte, alegarse algo frente al halo de infalibilidad que acompaña a los mesías milmillonarios, visionarios ellos de un tecno-planeta que aguarda sediento sus píldoras de sabiduría para sobreponerse a cualquier desafío pequeño, mediano o inconmensurable? De hecho, sí. Twitter se dejó en dos años un 71% de su valor en bolsa tras comprar Musk la red social. Zuckerberg apartó ingentes cantidades de dinero para desarrollar ese metaverso enterrado en lo más profundo del cementerio de los negocios. Sam Altman prometió que OpenAI sería una iniciativa altruista. Y Jeff Bezos hizo perder a Amazon 20.000 millones de dólares entre 2022 y 2023 con Alexa porque, aunque el dispositivo vendía, la estrategia de monetización fue un desastre. Todas estas empresas y otras como Oracle y Microsoft han recurrido antes o después a los despidos masivos, otra señal de miopía, bien al fichar, bien al incorporar herramientas que convierten esos fichajes en lastre.
La batalla judicial que libran Musk y Altman a propósito del propósito de OpenAI conecta con la siguiente trola americana, que describe la IA como un pincel al servicio de la humanidad, lo cual es cierto en muchos de sus usos (medicina, abogacía, productividad en general), bastante dudoso en otros (esos despidos que comienzan a tomar formas masivas en Occidente), directamente falso allá en la China comunista entregada a sus ejércitos de robots y radicalmente imposible desde la siempre sensible perspectiva de la protección del dato, un elemento crucial para Europa que ha llevado a la UE a multar y chocar con las big tech en diversos tramos de la historia reciente.
Basta escuchar alguna de las intervenciones de Neil DeGrasse en su estupendo podcast (StarTalk) para entender que las ínfulas marcianas de Musk no se sostienen ni económica ni astrofísicamente. Colocar a un millón de personas en Marte para 2050 exigiría estar enviando contingentes a diario desde ya, contar con hiperpotentes naves que no existen y disponer de soluciones inimaginables para problemas tan concretos como la toxicidad del suelo de aquel planeta o la brutal exposición a la radiación. El propio Musk ha dado la vuelta a la tortilla expansionista y apunta ahora a la Luna.
Queda la píldora más difícil de tragar, relativa a la inmortalidad, como si implantar en el disco duro de un ordenador un cerebro humano fuese cosa de millones (los que ponen sobre la mesa Musk, Altman o Peter Thiel). De momento, las investigaciones sufragadas por los bolsillos más atiborrados no dan resultados tangibles. Voces como la del gerontólogo Aubrey de Grey advierten desde hace años que es más realista alcanzar los 120 años y taponar los achaques del envejecimiento en lugar de aguardar la vida eterna. En paralelo, algunos analistas con escrúpulos plantean el problema del acceso a esa economía de la longevidad: ¿Estará al alcance del tendero de Bangladesh o sólo servirá a los miembros del club más elitista de EEUU?
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