
























Quien piense que la biotecnología avanza despacio no ha prestado atención a lo que ha ocurrido en los últimos meses, porque las tres líneas de investigación que van a marcar este año en el sector suenan más a guion de ciencia ficción que a ciencia convencional. Lo que tienen en común es que las tres tocan aspectos de la biología humana y animal que hasta hace muy poco se consideraban intocables, y las tres plantean preguntas éticas para las que todavía no existen respuestas claras.
La primera es la edición genética personalizada, y su caso más emblemático tiene nombre y apellidos. Un bebé llamado KJ Muldoon se convirtió en el primer paciente del mundo en recibir un tratamiento de edición genética diseñado exclusivamente para él, una terapia que fue desarrollada en apenas seis meses y que con toda probabilidad nunca volverá a utilizarse en otra persona. KJ nació con una deficiencia grave de carbamoil fosfato sintetasa 1, una enfermedad metabólica rara que impedía a su cuerpo eliminar el amoniaco tóxico de la sangre. El equipo médico del Hospital Infantil de Filadelfia recurrió a una técnica llamada edición de bases, una forma refinada de CRISPR que permite corregir errores genéticos puntuales cambiando una sola letra del ADN sin necesidad de cortar la doble cadena, lo que reduce considerablemente los riesgos asociados a los métodos anteriores. A las siete semanas de recibir dos infusiones del tratamiento, KJ empezó a tolerar más proteínas en su dieta, necesitó menos medicación y alcanzó hitos del desarrollo como mantenerse sentado por sí solo.
La segunda tecnología que va a dar mucho que hablar este año es la puntuación de embriones, un sistema que permite analizar el ADN de los embriones durante un proceso de fecundación in vitro para evaluar el riesgo de desarrollar enfermedades o incluso para estimar rasgos como la estatura o el cociente intelectual. La técnica se conoce como PGT-P y ya se ofrece en más de cien clínicas de fertilidad en Estados Unidos, aunque su uso ha generado un debate enorme entre genetistas, especialistas en bioética y familias.
Lo que hace que esta tecnología resulte tan controvertida es que las condiciones y los rasgos que evalúa no dependen de un solo gen sino de la interacción de cientos o miles de variantes genéticas, lo que significa que las predicciones son probabilísticas y están lejos de ser exactas. Seleccionar un embrión por su puntuación en un rasgo determinado puede influir de formas imprevistas en otros rasgos, y sin una regulación clara ni una educación adecuada para los pacientes, las puntuaciones de riesgo pueden generar expectativas que no se corresponden con la realidad. En Estados Unidos, la técnica se encuentra en gran medida sin regular, una situación que cada vez más voces dentro de la comunidad científica consideran insostenible.
La tercera tecnología es posiblemente la más espectacular de las tres y tiene que ver con la resurrección genética de especies extintas. Colossal Biosciences, una empresa valorada en más de 10.000 millones de dólares, anunció la creación de los llamados ratones lanudos, roedores modificados genéticamente con mutaciones inspiradas en el mamut lanudo que presentan un pelaje denso y rizado junto con adaptaciones metabólicas al frío similares a las del animal extinto. El objetivo final de la compañía es utilizar esos conocimientos genéticos para crear embriones de mamut clonados y editados a partir de células de elefante asiático, el pariente vivo más cercano del mamut, e implantarlos en hembras que actuarían como madres de alquiler durante los 22 meses que dura la gestación de un elefante. La compañía mantiene como objetivo crear una cría con rasgos de mamut hacia 2028.
Que estas tres tecnologías compartan protagonismo en un mismo año dice mucho sobre la velocidad a la que se mueve la biotecnología actual y sobre la distancia cada vez menor que separa lo que la ciencia puede hacer de lo que la sociedad está preparada para aceptar.
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