




















Nick Bostrom (Helsingborg, 1973) podría ser el mejor amigo de Kazuo Ishiguro. El primero es filósofo, el segundo conocido escritor galardonado en 2017 con el Nobel de Literatura. Ambos abordan, desde la imaginación, todo el enjambre futurista que componen los superalgoritmos, la eugenesia y la robótica humanoide. Aunque el sueco nunca se ha animado a internarse en la ficción, en 2003 publicó un famoso artículo, El Trilema de Bostrom, que ha servido a la comunidad científica para dividirse respecto a una inquietante posibilidad: que todo esto (usted, su casa y su hipoteca, su país, la Tierra y el cosmos) no sea más que una inmensa y muy lograda simulación o, si lo prefieren, el videojuego que ninguna consola u ordenador es todavía capaz de albergar.
En su artículo, Bostrom propone tres escenarios. El primero (el más probable) dicta que las civilizaciones se extinguen antes de alcanzar su madurez tecnológica. Un asteroide, una guerra nuclear, el cambio climático o incluso la IA pueden ser la causa del zambombazo. En el segundo (no tan imposible), la humanidad alcanza ese grado de perfección necesario para simularse a sí misma, pero aparca la idea ante los riesgos inherentes a la iniciativa (un ser simulado y perfecto tendría algo parecido a la consciencia y por lo tanto sufriría como sufre su padre creador). La puerta queda abierta con la tercera hipótesis: las civilizaciones que sobreviven a sus propias estupideces, logran suficiente madurez tecnológica y se deleitan con la programación de mundos virtuales, depararían si quisieran un megacerebro capaz de ejecutar miles de millones de simulaciones simultáneamente.
Ninguna película ha plasmado como The Matrix un escenario similar al que sugiere el filósofo, pero más allá del cine existen ciertas evidencias que dan alas al tercer vértice del trilema. Las matemáticas constituyen, al fin y al cabo, el lenguaje en que está codificado el universo. En un plano más terrenal, esta evidencia se observa, por ejemplo, en la conducta algorítmica de las hormigas, capaces de optimizar rutas; o en el vuelo de los estorninos, explicado mediante tres reglas matemáticas de vecindad: alineación, cohesión y separación. Además, la espiral de Fibonacci, recurrente también en la fotografía como regla compositiva, se destapa indistintamente en las escamas de una piña o la corola de una flor. Las abejas construyen sus paneles con hexágonos simétricos. Los helechos o el brócoli romanesco copian a pequeña escala, con total fidelidad, el objeto completo.
Brian Greene, físico teórico, matemático y profesor en la Universidad de Columbia, alaba el experimento mental de Bostrom y anima a hallar errores de programación como fórmula más eficaz para probar la teoría de la simulación.
Melvin Vopson, físico de la Universidad de Portsmouth, complementa el tercer punto del trilema argumentando que la información en el universo tiende a contraerse y ordenarse de manera muy parecida a un código informático optimizado.
Neil de Grasse, director del Planetario Hayden en el Centro Rose para la Tierra y el Espacio y mucho más mediático que sus colegas, consideró inicialmente muy alta la posibilidad de que los humanos vivan atrapados en un videojuego, aunque con el tiempo ha suavizado su postura y endosa un 50-50 a la quiniela a partir de este dilema: Dado que la civilización actual no dispone del poder informático para crear una simulación perfecta con seres conscientes, sólo caben dos opciones: A. Somos el universo original, el de carne, hueso y polvo de estrellas; un mundo real que avanza con paso firme pero que aún no es capaz de programar mentes virtuales. B. Somos la última matrioska de la cadena, es decir, un programa informático creado por alguien superior, pero estamos atrapados en el último eslabón virtual porque todavía no hemos evolucionado lo suficiente para hackear el sistema y crear nuestras propias sub-simulaciones.
Otro par de físicos de reconocido prestigio desmonta el estupendo entramado del filósofo sueco con argumentos de plomo. Frank Wilczek, premio Nobel de su disciplina en 2004, arguye que el universo encierra demasiadas complejidades innecesarias, certeza que no cuadra con la eficiencia computacional necesaria para hacer correr una simulación tan gigantesca. Además, apunta, las leyes de la física contienen detalles masivos a escala cuántica que no tendría sentido renderizar. Por otra parte, Lisa Randall, física teórica en Harvard, baja a un terreno más mundano cuando afirma que hay un 0% de probabilidades de que Bostrom tenga razón, ya que no hay evidencia científica alguna que respalde su pensamiento, “basado más en la fe que en las leyes de la física”.
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