






























Imagina que recibes una llamada de tu hijo pidiéndote dinero con urgencia. Su voz suena exactamente como siempre, con las mismas muletillas, el mismo tono nervioso que pone cuando algo va mal. Pero tu hijo no te ha llamado, lo ha hecho un sistema de inteligencia artificial que ha necesitado apenas tres segundos de un audio suyo, quizá un mensaje de voz que envió por WhatsApp, para construir una réplica con un 85 por ciento de precisión.
Y la voz es solo una parte. Los vídeos deepfake generados en tiempo real han crecido un 700 por ciento durante 2025, según los datos de las principales empresas de ciberseguridad. Solo en el último trimestre de ese año se registraron más de 159.000 incidentes documentados. Interpol viene alertando desde hace meses de que los centros de estafa del sudeste asiático, muchos operados por redes de trata que obligan a trabajar a personas secuestradas, han abrazado estas herramientas porque les permiten multiplicar víctimas sin apenas aumentar costes.
Lo que ocurrió en Hong Kong dejó claro que nadie está a salvo, tampoco las grandes corporaciones. Un empleado de finanzas de Arup, la firma de ingeniería detrás de la Ópera de Sídney, se conectó a una videollamada donde estaban su director financiero y varios compañeros. Habló con ellos, les vio gesticular, recibió instrucciones. Todos eran deepfakes generados en directo. Cuando quiso darse cuenta, había autorizado quince transferencias que sumaban 25,6 millones de dólares. Entre abril de 2024 y abril de 2025, una sola compañía de seguridad bloqueó fraudes por valor de 4.000 millones de dólares vinculados a contenido fabricado con IA.
El timo romántico ha mutado en algo que los especialistas llaman pig butchering 2.0. El esquema clásico ya era devastador: alguien construía durante semanas una relación sentimental con la víctima para convencerla de invertir en plataformas de criptomonedas fraudulentas. Ahora el estafador puede aparecer en una videollamada con un rostro inventado por IA, sonreír, asentir, reaccionar a lo que dice la otra persona durante diez minutos seguidos sin levantar sospechas. Desde 2020, este tipo de estafa ha drenado 75.300 millones de dólares en todo el mundo.
Quienes peor lo están pasando son las personas mayores. Las pérdidas individuales por encima de 100.000 dólares entre víctimas de la tercera edad se han multiplicado por ocho en seis años, llegando a 445 millones de dólares. En Hong Kong las estafas telefónicas dirigidas a ancianos subieron más de un 50 por ciento, tanto en el número de casos registrados como en el volumen de dinero robado.
¿Qué ha cambiado para que todo esto esté pasando a esta velocidad? Básicamente, que fabricar un deepfake o clonar una voz ya no exige saber programar ni disponer de equipos caros. En internet circulan aplicaciones gratuitas capaces de reproducir cualquier voz a partir de unos pocos segundos de grabación, y en foros de la dark web se venden kits completos para crear vídeos falsos por el precio de una cena. Ese abaratamiento brutal ha democratizado el fraude, y los delincuentes combinan la tecnología con algo mucho más antiguo: la manipulación emocional, la urgencia inventada, el miedo a perder algo importante.
El correo electrónico tampoco se ha librado. Hubo un tiempo en que un mensaje de phishing se delataba solo por las faltas de ortografía o por una traducción que parecía hecha con el traductor del navegador. Esa época se acabó. Los modelos de lenguaje producen correos indistinguibles de los que enviaría cualquier empresa legítima, con el tono justo y los detalles adecuados para que incluso alguien con formación en ciberseguridad lo tenga difícil para detectar la trampa.
Lo que todo esto deja claro es algo que incomoda pero que conviene decir sin rodeos: la misma tecnología que se presenta como el gran salto productivo de nuestra generación ha acabado convirtiéndose, en paralelo, en el mejor aliado que han tenido nunca los estafadores. Y por ahora, van ganando la partida.
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