


























España ha puesto la alfombra roja a las multinacionales chinas bajo el Gobierno de Pedro Sánchez que genera costes ocultos, grandes hipotecas a pagar y un déficit de 40.000 millones.
Hace tiempo que se normalizó que China haga trampas al resto de países con los que comercia gracias a un tipo de cambio intervenido, semianclado al dólar, que le permite hacer más atractivos sus productos para que sean importados desde otros países, a la vez que incentiva producir allí y desincentiva exportar a su mercado porque no se puede competir en precio.
Es y ha sido una de las fórmulas de competencia desleal permitidas al comunismo capitalista chino mientras tuvo sentido deslocalizar allí fábricas europeas para abaratar costes. Quizá siempre fue un sinsentido cortoplacista porque el precio a pagar fue carísimo: transferencia tecnológica, pérdida de propiedad intelectual, patentes violadas... Así devoró la gran industria renovable china a la europea hace dos décadas, como ha vuelto a hacer el automóvil ahora.
Son algunas de las claves olvidadas que han facilitado que llegue a ser una superpotencia económica y tecnológica que genera desequilibrios comerciales con cualquier país con el que mantiene relaciones. No porque exista desde hace décadas hay que dejar de recordarlo, sobre todo, si ocurre como ahora la tentación pekinesa llama a Europa por la puerta de atrás en España, a quien generó el año pasado un déficit de -42.000 millones de euros, el doble que cuando Pedro Sánchez llegó al poder hace cerca de ocho años.
El presidente español se ha convertido en un asiduo de Pekín, año tras año, desde que Albares es ministro de Exteriores y Zapatero asesor de cabecera en política exterior. El viaje a China de esta semana ha estado cargado de simbolismo y una necesidad real: escenificar buenas relaciones con Xi Jinping después de haberse convertido 'de facto' en un enemigo diplomático de EEUU e Israel. En un momento en que Washington lo mismo impone aranceles que lanza misiles o invade países, cualquier gobierno europeo busca diversificar sus apoyos, pero acercarse tanto a China supone para Europa, y España en particular, el riesgo de sufrir otro 'abrazo del oso' exterior como lo ha sido en el área energética con Rusia o en lo tecnológico y militar con EEUU.
Sánchez ha encontrado en esa grieta geopolítica su oportunidad: convertirse en el interlocutor privilegiado entre Bruselas y Pekín, posicionarse como voz de un multilateralismo que tanto Xi como él mismo describieron con el manido "lado correcto de la historia". El problema no es la estrategia de fondo sino la tentación de confundir la cercanía con la confianza, y la confianza con la reciprocidad. Es ingenuidad estratégica o astucia personal pensando en el futuro?
Sonroja ver la galería fotográfica del presidente español con empresas semiestatales bajo control férreo del partido único, el comunista, que ha demostrado ser capaz de hacer desaparecer y silenciar cualquier voz contraria con su sistema. Lo hizo con el empresario Jack Ma, fundador del imperio Alibaba, en cuanto puso algo de rebeldía en sus palabras hacia Pekín, pero nadie dijo nada entonces. Desde Xiaomi a Huawei, pasando por Hithium, otra de las empresas a las que se ha puesto alfombra roja para abrir fábricas en España, en opacas condiciones, como lo hizo anteriormente con Chery en Barcelona.
Y ahí, los números siguen siendo despiadados: el valor de las importaciones chinas en España quintuplica al de las exportaciones españolas hacia ese mercado. La inversión española en China, por su parte, se hundió un ochenta y cuatro por ciento en 2025, alcanzando el nivel más bajo en treinta años. Mientras el gigante asiático aumenta su presencia en España, las empresas españolas se alejan de China.
Pero el yuan es apenas el prólogo. El verdadero capítulo se escribe en las plantas de baterías, los laboratorios de semiconductores y fábricas automovilísticas en los que ningún fabricante occidental podría sostener la actividad sin quebrar, a no ser que el Estado cubra la diferencia. Múltiples investigaciones han intentando documentar un sistema en el que empresas como CATL,Xiaomi, Huawei o SMIC acceden a crédito estatal a tasas de favor, reciben contratos públicos garantizados, se benefician de suelo industrial cedido a precio simbólico y operan en un mercado doméstico sin competencia extranjera salvo los operadores del lujo que venden iPhones o bolsos de Louis Vuitton a precios desorbitados.
China exigía a cualquier empresa extranjera que opere en su territorio asociarse con un socio local y transferir tecnología como precio de entrada. Sus propias empresas acceden, mientras tanto, a los mercados abiertos de Occidente sin condición equivalente. Cuando España y Europa están acelerando el paso en la estatalización de determinados sectores estratégicos como Energía, Defensa, Inteligencia Artificial, sistemas de pagos o nube soberana, no estaría demás que Sánchez -si se reunió en calidad de jefe de gobierno- hubiese recordado a Xi Jinping que China debe respetar las reglas del juego. Probablemente no sucedió. En cambio, Pekín difundió que España se pliega a la tesis de la China única y la anexión de Taiwan en un momento de lo más inoportuno.
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